Fue Foul: “La enfermera del lugar”

Se la toqué a Traviata y se fue por el medio. Yo mientras pensaba en la noche anterior con la Elisa. Me gustó la inocencia con que mostró su temor, pero no me gustó que me haya llenado los ojos para pedirme algo. No era necesario. Sentí que me quiso engañar, que me quiso robar la respuesta. Viene el Tano con la pelota, lo cruzo, corremos juntos y le pateo la pelota que queda en los pies del Morsa… pucha, del Morsa. Corro a acompañarlo pero se la saca el Toni que es una bala. Ya es asunto de Chuleta y de Tribilín que está en el arco. Gol.

Lo miro a Tribilín que la patea embolado al centro. Soy el único que sabe que es puto. Pobre tipo, nunca se queda a la cerveza porque tiene miedo de que se den cuenta, y ni se nota. El Toni es mucho más marica y nadie le dice nada. Me da pena, es macanudo. Traviata mueve la gamba y parece que lo hace en tres actos. Es de piedra jugando, pero tiene, ahí va, tiene una patada de la puta madre. Travesaño, ¡quéhijodeputa! Saca el Asturiano que hoy vino a hacer número. Es más malo jugando que la gripe aviar. Ahí ta, sacó y se la deja al Morsa. Pucha, al Mosra, ahí va Acuña a acompañarlo, se la saca el Toni, ¡mierda! Es el sexto gol que hace el Toni. Es un amigo, pero lo voy a tener que barrer o vamos a pagar cervezas hasta Navidad.

¿Por qué mierda la Elisa no vino de frente a hablarme? ¿No me tiene confianza? Le conté todo de Teresita, ella misma vio cómo le puse el límite a la Tere en el baile flamenco, fui el pelotudo que dijo que éramos novios… qué pelotudo… Acuña me la toca para el orto, este pibe tiene que dedicarse al tenis. Llegué justo antes que el Tano, corro, corro, esquivo al Toni, jaja, corro, el Asturiano sale a taparme, qué choto que es, clavo la pelota al piso, giro, qué divertido, el Asturiano cae para la izquierda, jaja, hago un paso a la derecha, otro más, giro, miro el arco, estoy solo, miro el ángulo, levanto la gamba… ¿sigo girando? Ya estoy bajando la gamba para patear pero… ¿sigo girando?

Partido de mierda. Tengo el tobillo como un zapallo. ¡Cómo no pisé fuerte! Por suerte solo me doblé el tobillo, porque si seguía girando me quedaba de sacacorcho. Traviata se acerca para ayudarme. Me llega a tocar y lo pateo. Va de puntín en la cara. Se lo digo. Es un gorila para cualquier cosa que sea medio delicada. Llega Tribilín y me acomoda el pie perfecto, me saca el botín como un artista. En cualquier momento se dan cuenta de que es puto, o cirujano amateur, porque ni apreto los dientes. Me quieren levantar pero le pongo una trompada a Acuña que me toca el brazo y desisten de la mariconeada. Traviata me ayuda a levantarme y me hace de muleta para no pisar. No puedo dejar de pensar en la cagada de la Elisa. Qué cagona. La Tere sale a buscarme con los botines de punta, que hasta yo me cago, y esta que prepara un copetín para que “satisfecho”, como si yo fuese una bestia que hay que calmar, me diga lo que le pasa. ¡Y porque yo se lo pregunté, que si no…! ¡Uylaputaquelpmf…! Pegué con el pie en el escalón. Lo busco a Tribilín para que me ayude con la gamba pero el muy puto se fue. Puto por partida doble esta vez. Mierda. Travi… ¡Ffffssssss! Laputamadre, Traviata es lo peor.

Me sientan en la mesa. Acuña dice que una cerveza me va a hacer bien. Acepto de buena gana automedicarme con una Stella. La Elisa me da rabia. No me dio la oportunidad de demostrarle que no necesito que me endulcen la píldora, me forreó mal. Me quieren poner hielo. Alguien tiene una crema, no soporto el dolor, apretó más los ojos. Todo es negro. Que me mueva a la cocina, dice alguien. No me quiero mover. El Morsa pregunta quién va a manejar mi Renault 18. Nadie quiere. ¡La puta madre, manga de forros! Traviata me levanta. Realmente no puedo mover más la gamba. Acuña no sé qué carajo hace y me da un golpe en el pie. Como una cortina suelta me doblo y caigo al piso, no doy más. Me arrastran… ¿Me arrastran? No lo puedo creer, ¡cómo me van a arrastrar! Ya siento el piso frío de las baldosas de la cocina, cambiaron los ruidos, el olor, se achicó el eco del ambiente. Y siento el sedante, una crema fresca empieza a calmarme el dolor. Mi pie pocas veces estuvo tan contento. Es la paz de la vida. La espalda se afloja, los brazos, los hombros ceden, respiro, y me doy cuenta de que puedo, y respiro más hondo, y mi cuello se ablanda. Dios se apiadó de mí y un ángel vino a terminar con mi purgatorio. Lentamente abro los ojos, las luces me duelen. Los cierro. Los vuelvo a abrir. Quiero ver. Y me quedo impactado. La Tere es una mujer monumental. En cuclillas hacía algo en mi pie que era perfecto. Era una madre, una mujer adulta entre miles de chiquitos que no sabíamos qué hacer. Se fue el Tano para la mesa y quedamos Tere, el cocinero gigante y yo. Me sentía tan mal… La mujer a la que desprecié todo este tiempo, la que me quiso ayudar a que no me digan El Mariquita”, estaba arrodillada untándome el pie, sanándome, devolviéndome la vida.
– Teresita…
– ¡Shhh! –contestó sin mirarme.

Me quedé callado mirándola. Sentía que la Teresita era dueña de un mundo aparte. Ella hacía lo que le parecía. Bien o mal, era un mundo propio. Nunca había nadie más en ninguna decisión que tomaba. Hace falta mucho carácter para eso. Sus manos sobaban mi tobillo y mi pie estaba acercándose a algo aproximado a un orgasmo de pie. No pude evitar ver su figura, su cintura delgada, su cadera perfecta, sus tetas en la proporción justa… Teresita no necesitaba prepararme un banquete para decirme nada. Es que no necesitaba nada. Ella iba por lo suyo. Se proponía para bailar flamenco y le ponía la cara a sus miedos, se exponía a perder. De hecho, hasta ahora siempre había perdido. La recordé en esa noche en que me dijo que iba a tomar su oportunidad. No iba a perder nada en la vida sin saber que hizo todo por conseguirlo. Seguía pasándome la crema. No me miraba.
– Teresita…
– ¡Shhh!
¿Y Eli? ¿Estaría preparando un postre para sugerirme que vayamos el fin de semana a algún lado? Me reventó su actitud. Qué bronca. Me hizo sentir…
– Marcos…
– ¿Qué, Teresita? –pregunté, y se me afinó la voz.
– ¿Te duele el tobillo?
– No, la verdad que creo que no.
– ¿Y si te toco la pantorrilla, acá…?
Vi las estrellas. El muslo encendió un fogonazo interno que me dobló como un libro y puse cara como si me estuvieran serruchando la gamba.
– Por… favr… no toq… s ahí, Tere…
– Sacate el pantalón, Marcos.
Antes de poder decir nada, el cocinero enorme dijo que lo haga, que Teresita había hecho unos seminarios de primeros auxilios pagados por el club justamente para estas ocasiones. Y mientras decía eso, me levantó sin ningún esfuerzo y me llevó a una oficinita llena de carteleras y papeles, me depositó en el piso y se fue dejándome a solas con la Tere. Yo no me movía. No sabía qué hacer. Estaba parado sobre un fleje moral. Estaba muy embolado con la Elisa, pero eso no justificaba nada con la Tere, pero al mismo tiempo … No, no. Si me sacaba el pantalón sabía que no iba a poder contra esa mujer que se quería tomar su oportunidad.
– Tere, perdóname, no te ofendas, pero no me voy a sacar el pantalón.
– Marcos, en este momento soy la enfermera del lugar. No puedo hacerte nada raro porque a cada rato viene gente. Pero tampoco te podemos sacar de acá sin que te evalúe, porque para eso hice el seminario de primeros auxilios, y es mi responsabilidad.
– Tere… perdóname, pero no…
– Marcos, ¿a qué le tenés miedo? ¿Acaso te gusto, y tenés miedo de no poder aguantarte? Yo soy menos que la Eli para vos, Marcos… por ahora –y después de decir eso sonrió, y su sonrisa fue mermelada, fue paz, todo estaba suelto, todo estaba libre en su cara, nada debía ser, todo era o no era, y punto.
– No, Tere… -dije ya dudando de mi negativa.
– Marcos, ¿hace cuánto que estás saliendo con la Eli? ¿Vas a definir tu relación sin saber si tenés una historia conmigo? Yo, si fuera Eli, querría que te definieses ahora, y no que esto salte más adelante. Yo también quiero definirlo ahora. Eli tal vez esté definiendo otras cosas ahora.
Y sin preguntarme nada, llevó sus manos a mi pantalón, metió sus dedos por dentro buscando los piolines del elástico, los sacó para afuera y desató el nudo. Tomó con sus manos el borde del elástico del pantalón, lo bajó tal vez un centímetro y me miró. Yo la miré. Me sacó la vista y bajó el pantalón que, ella no lo sabía, pero era traje de baño, y quedé desnudo, con remera y una zapatilla. Me volvió a mirar con una expresión débil, mordiéndose suavemente el labio, con sus cejas en inclinada bondad y la frente fruncida, como si algo le resultara difícil, intolerable, y, sin sacarme nunca los ojos de mis ojos, agarró el borde de mi camiseta y lo metió por debajo de mis huevos, haciendo un improvisado taparrabos. Después ya sí, me sacó los ojos y se dedicó a mi muslo, masajeándolo, sacudiéndolo hasta la ingle… Yo no tenía interés en ocultar mi erección evidenciada bajo la remera. No tenía interés en no prestarle atención a la Tere. Había tanta franqueza en sus actitudes… No le importaba cómo la vieran los demás, ella tenía sus códigos que eran claros, eran de ella. Terminó, se levantó y me pidió que me vistiera. La pierna estaba muy bien, me dolía muy poco.
– Yo no te voy a coger, Marcos. O me cogés vos, o no me interesa.
Levanté la vista y vi que se refregaba los ojos con una servilleta de papel que tiró en un tacho, se enderezó, abrió la puerta y salió.

Me sentía arrollado por un tren. Me senté pesadamente sobre la silla de la oficina, y lo supe. Tenía que terminar con este tormento. Tenía que terminarlo ya.
(Continuará…)

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