Fue Foul – Objetivo: la Elisa

Llegué tarde al club a propósito. Sabía que podía pilotear la situación en la cancha y después escapar con cualquier pretexto. No sabía cómo iba a reaccionar Traviata después de haberme portado tan tristemente mal con su prima Jimena, y tampoco había preparado a mi autoestima para las burlas de los demás.  La Elisa era ya un objetivo muerto, pero lo que más temía era perder la amistad con Traviata. ¡Justo la Jimena viene a ser prima de Traviata! Está claro que en mi vida no deberé contar jamás con el factor suerte. Pero en el fondo sabía que no podía escapar, que tenía que hablar con Traviata del asunto, pedirle disculpas, y hasta tal vez salir de manera oficial con Jimena. Sería una maldad de su parte, pero estaba preparado hasta para eso.

Apenas llegué, evité cualquier pregunta y me metí a jugar para los que iban perdiendo. Seguimos perdiendo un rato más hasta que apareció Traviata. Estaba inusualmente serio. Caminaba lento y todavía no se había cambiado. Parecía como un volcán que humeaba, como una bomba latente a la que están por cortar el cable rojo. De pronto me miró, y volvió a tomar la sede robusta de su postura.

-Marcos -dijo Traviata-, hablé con mi prima. ¿Saliste con Jimena?

Me quedé duro, no supe qué hacer.

-Sos un pelotudo, un calentón pelotudo…  -dijo con amargura-. ¿Vos no te das cuenta de que es amiga de la Elisa, forro? Además, si la Elisa no está y estás caliente, ¡pagate algo más decente! ¡Quéhijode…! Caíste muy bajo, Marcos…

Me volvió la sangre al cuerpo, sonreí ampliamente y respiré aliviado. Traviata no estaba enojado, empecé a reírme de nervios… aunque al rato me di cuenta de que algo no estaba bien. Las miradas de todos estabas serias, los muchachos estaban mal. No entendía por qué…

-Decime que es joda que saliste con la Jimena, Marcos –me dijo muy serio el Tano-. ¿Sabés lo que tuve que hacer para conseguirte el teléfono de la mina más fuerte de todos los seminarios de la región? –el tano estaba enojado-. ¿Sabés una cosa, forrito? Nunca, pero nunca más te paso un teléfono.

El Bocina, lejos de calmarlo, le pasó la mano por los hombros y le murmuró “Dejá, Tano, ni vale la pena calentarse…”, y se alejaron en una caminata mortuoria. Faltaban veinte minutos para que termine la hora de fútbol, pero uno a uno fueron dejando la cancha y metiéndose en el bar.  Yo me quedé un rato largo afuera tratando de entender qué conjuro me habrían hecho, cuando la puerta del bar se abrió y apareció Teresita. Sonreía con toda la alegría que la vida le da a los demás y llegó hasta donde estaba yo.

-Oíme, Marcos –me dijo con esa voz femenina y sólida con la que se puteaba con el cocinero. Escuché a los tontitos de tus amigos. Dejame decirte una cosa: olvidate de lo que te dice Traviata, y mucho más de lo que te dicen los otros. Vos podés cambiar toda esta situación –y mientras dijo esto dejó escapar una risita que pareció como el caer de tres campanitas atadas-. Marcos, cuando una mujer es imposible, más posible es. Pero la apuesta tiene que ser mayor.

La frase de la apuesta mayor me dio un poquito de angustia, y muchísimo cagazo.

-Por lo pronto –continuó Teresita con sus ojos de esmeralda marrón, de topacio negro, de ópalo oscuro–, Carozo dice que vayas a la mesa y les digas a todos que vas a salir con la Elisa, que no te importa, que salís igual.

-Pero ¿cómo voy a salir con la Elisa si la cagué con la J…?

-Marcos, yo te voy a ayudar. Pero no seas pelotudo y no les digas nada a tus amigos. Vas a ser el glorioso vencedor, el más macho de la mesa…

Aaahhh, ¡Macho!” La palabra “macho” en la boca de Teresita, sonaba a “Batman” en la boca de mi madre cuando yo era chiquito. El desafío era atractivo, pero me daba terror. Teresita lo notó.

-Si lo hacés, te hago un regalito –y cuando dijo esto los focos de las luces de la cancha se encendieron en sus pupilas, y sus ojos se aplastaron con el subir de sus pómulos, y una sonrisa demoledora me arrancó el “sí” contra cualquier otra voluntad que pudiese haber existido.

Todos siempre sospechamos que a la Teresita le gustaba Traviata, por eso la insinuación de algún regalo me confundía. Pero ahora no importaba el regalo, sino esa fuerza que me inyectaron sus ojos para salvar mi dignidad.

-Después de que yo entre, andá. Todos creen que estuve destapando el baño. Acuña sigue con su dieta de repollitos de brucelas.

Abrí la puerta con absoluta seguridad y fui hasta la mesa sin mirar ni a Teresita ni a Carozo en el mostrador. La mesa apenas giró la cabeza para verme, pero igual llegué erguido, y apoyándome sobre el respaldo de Bocina, les dije con voz confiada y serena: “Muchachos, me impresionó el drama que hicieron por tanta pavada. ¿Quieren ver cómo salgo con la Elisa? Muy bien, les voy a cerrar el orto a todos. ¡Voy a salir con la Elisa!

Menos Traviata, todos se incorporaron y me miraron sorprendidos. Me encantó esa reacción.

– Y ¿saben qué? –Seguí con placer-. Voy a salir dos veces con la Elisa…

Teresita y Carozo empezaron a hacer gestos con las manos. Yo ardía de euforia.

-¡…y hasta tres veces voy a salir con la Elisa! Van a ver, ¡manga de cagones!

Recién cuando lo vi a Carozo agarrándose la cabeza entendí el mensaje.

-Bueno, no… no, tres veces con la Elisa no, es un embole, pero voy a salir con la Elisa. Van a ver… Una vez nomás, pero voy a salir. ¡Qué tanto que imposible ni ocho cuartos…!

Traviata me miró con su cara de que yo era un forro.

-No me esperaba algo de testosterona en tus tetas, Marcos, pero si lo cumplís yo te invito con una cerveza y digo en voz alta que me equivoqué –no había ningún entusiasmo en la voz de Traviata–, pero si no lo cumplís –ahora sí había–, te vas a ganar un apodo nuevo. Vas a ser El Mariquita, y te lo vas a bancar. ¿De acuerdo?

Pensé que Traviata se iba a impresionar con mi discurso heroico, pero en cambio estaba como con rabia. El desafío no me gustaba nada. El “Mariquita” era parecido a la pena que les daban a los violadores en Afganistán… Desde el mostrador Carozo me guiñó el ojo.

-Dale, estoy de acuerdo –dije, agarré mi teléfono, los puchos, y me fui. Me fui al estacionamiento, y, despacito, me metí por la puerta de atrás de la cocina. Si alguno me veía estaba perdido.

-¡Chst! –la llamé a Teresita que se estaba cagando de risa con Carozo. Me vio y vino enseguida.

-Boludo, cuando dijiste que ibas a salir tres veces con la Elisa casi lo mando a Carozo para que te cague a trompadas. ¿Cómo se te ocurre?

-Bueno, Teresita, no importa. Decime qué tengo qué hacer para salir con la Elisa.

-Mirá, Marcos, yo no te quise adelantar nada para que vayas confiado, pero quiero que sepas que la apuesta que vas a tener que hacer es grande…

-Sí, Teresita, no me asustes. Dale…

-No, dale tres carajos…

¡Uhhh! Otra cagada a pedos…

-…porque yo soy mina y no me gustó nada cómo te portaste con esa chica Jimena. Me pareció de décima incluso el llanto fingido.

-No lo fingí… -traté de convencerla.

-Una mujer sabe bastante más de llantos que un pelotudo como vos, Marcos. Y si te ayudo en esta es porque me caes bien, que si no hubiese dejado que te digan mariquita de por vida. Tu apuesta va a tener que ser grande, y si te animás… –y otra vez, mutando su enojo en una sonrisa tentada, dejó escapar una risita que fue como el golpeteo de las primeras gotas de una lluvia de primavera sobre copas de cristal–, si te animás, Marcos, yo te aseguro de que no va a haber mina que se resista a salir con vos.

La última frase me hizo sentir millonario, exéntrico, poderoso, dueño del mundo, superior a Traviata…

-Sí, Teresita –le dije y la miré a los ojos–, sí, me animo. ¿Qué tengo que hacer?

(Continuará…)

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