“La fille est morte”: una enigmática y terrorífica historia

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Me llamo Agathe, tengo 37 años y nací el 24 de marzo de 1977. Mis viejos, o mejor dicho, mi viejo, me nombró así por mi bisabuela. Ella era francesa, desembarcó en Buenos Aires con su familia en 1911 y casi inmediatamente se mudaron a Mendoza. Acá conoció a mi bisabuelo Claude, también francés. Se casaron en 1913, poco después de que Agathe cumpliera sus 13 años y Claude sus 18. En agosto de 1914, cuando la guerra empezó, mi bisabuelo tuvo que viajar a Europa a servir a su país, falleció en combate, nunca se supo en qué batalla, Agathe recibió la noticia recién en marzo de 1919, después de 47 meses sin recibir una carta suya, el día que su hija cumplía 4 años.

No pudo soportar la muerte de su hombre, empezó a perder la cordura muy de a poco… Rosario jamás supo que tenía un padre, su madre nunca se lo mencionó y decidió cargar con ese dolor por sí misma.

Los primeros meses no comía, no dormía, no hablaba casi con nadie y lo único que hacía era cuidar de su hijita, ella era todo lo que tenía de su marido.  La única familia que le quedaba era su hermana menor Emilie, quien se había mudado con Agathe cuando ambas quedaron solas, sus hermanos y su padre también partieron a la guerra y jamás volvieron; y su madre falleció muchos años antes. Aunque a Agathe siempre le dijeron que su madre se había caído accidentalmente a ese lago, ella siempre supo que había algo más.

El día en que Rosario cumplió sus 5 años, Agathe pasó todo el día aún más deprimida de lo normal, según su hermana sus ojos verde esmeralda se volvieron de un color gris tan claro que casi eran blancos, pero cuando Emilie preguntaba preocupada por qué, Agathe y Rosario la miraban desconcertadas y respondían que sus ojos eran tan verdes como siempre.

Esa noche Emilie tejía en la cocina, cuando escuchó un grito desgarrador de su hermana y a Rosario estallar en llanto. Fue corriendo hacia la habitación donde estaban y vio a Agathe sosteniendo un cuchillo y llorando al grito de “La fille est morte”. Emilie apenas pudo detenerla y sus gritos llamaron la atención de todos los vecinos. Cuando éstos llegaron, Agathe estaba en shock, sólo repetía la misma frase: “La fille est morte” y en ese estado pasó toda la noche; mientras Emilie no dormía ni se movía de al lado de la cama de Rosario, sólo tejía y escuchaba a su hermana repetir una y otra vez “la fille est morte…” Nadie jamás pudo encontrar el cuchillo con el que Emilie dice que vio a su hermana, simplemente desapareció.

Agathe no superó su estado en los próximos días, y lo único que decía era la misma frase. Emilie no sabía qué hacer, temía por la vida de su sobrina y por la salud de su hermana, y no encontró otra solución que enviar a Agathe a un psiquiátrico en Córdoba, y cuidar de la pequeña.

Emilie jamás habló con Rosario sobre el tema y la niña no parecía recordar en absoluto lo que había pasado esa noche, el día que Agathe se fue de su casa para no volver, sólo Emilie lloró desconsoladamente, mientras madre e hija no emitieron ni un esbozo de cualquier emoción, ni un frío adiós hubo entre ellas dos.

Cuando Rosario se hizo mayor, conoció a mi abuelo Alejandro, se casaron en 1943 y se mudaron a una tranquila casa en las inmediaciones de la ciudad.

Emilie nunca pudo vivir en paz sabiendo que había mandado a su hermana a ese lugar, por lo que decidió ir a buscarla, ahora que ya no tenía que cuidar de su sobrina. Cuando la vio, Agathe la recibió con inmensa alegría sin una pizca de rencor en sus ojos, que habían vuelto a ser verdes como la primavera. Emilie se sintió tan aliviada que habló con el personal para llevársela inmediatamente de ahí.

Los doctores dijeron que no encontraron nada extraño en Agathe, ni siquiera pudieron probar algún recuerdo sobre lo que había pasado esa noche, jamás la escucharon mencionar “la fille est morte” y supusieron que Emilie había exagerado los hechos sobre un desborde emocional de Agathe por la muerte de su marido. Sólo observaron en ella una leve depresión que tuvo durante el primer año en la institución pero luego mostró una increíblemente rápida mejoría, y jamás había vuelto a deprimirse después de eso, al contrario: era extremadamente feliz, alegre y amable, no suponía ningún peligro para nadie.

Ese mismo día partieron a Mendoza. Agathe realmente parecía no recordar lo que había sucedido pero tampoco se preguntaba por qué la habían enviado ahí. Sólo preguntaba por su hijita y sus ojos denotaban un amor de madre incondicional.

Madre e hija se reencontraron entonces en marzo de 1945, pocos días antes del cumpleaños de Rosario, pocos días después del nacimiento de mi papá, Daniel. Rosario demostró una alegría inmensa por ver a su madre volver, tampoco parecía recordar lo que había pasado, tampoco hizo ni una sola pregunta, no hizo más nada que abrazar a su madre y llorar de felicidad. Agathe desde entonces desarrolló un cariño especial por mi papá, mayor al que demostraba por sus otros nietos y por eso es que él siempre la quiso tanto.

Emilie llevó a Agathe a vivir a su antigua casa, pero Agathe insistía incansablemente en vivir con Rosario, iba a visitarla todos los días y cuando Emilie le decía que era hora de volver a casa Agathe se rehusaba a hacerlo. El 8 de marzo de 1949, la familia se juntó a festejar el cumpleaños de Daniel, al terminar la velada Emilie volvió a armar la misma rutina de todos los días: convencer a Agathe de volver a casa, pero esta vez al hacerlo notó en sus ojos verdes ese tono gris de años atrás y se quedó prácticamente sin voz; Agathe se volvió violenta no quería dar un paso para abandonar esa casa, Rosario actuaba como si nada extraño estuviera pasando y Daniel insistía como niño encaprichado que su abuela viviera con ellos. Alejandro estaba en el fondo por lo que no presenció la escena, sólo Emilie notó el terror en los ojos de Agathe y sólo ella pudo salir corriendo y llegar a su casa, pero no pudo dormir esa noche.

Rosario acomodó una habitación para Agathe y le dijo que desde entonces viviría ahí.

Al día siguiente, Rosario se levantó y mi abuelo no estaba ahí, fue al baño y escuchó el ruido del agua de la bañera caer, la puerta tenía una ventana en su parte superior de un vidrio translúcido y sólo se podía observar que del otro lado había vapor, intentó abrir pero la puerta estaba cerrada. Observó por el cerrojo y la llave estaba del lado de adentro bloqueando su paso.

Fue a la cocina y preparó el desayuno para Agathe y Daniel. Pasaron 30 minutos y fue al baño, llamó a mi abuelo pero no obtuvo respuesta. Volvió a la cocina donde Daniel insistía en salir a andar en su nueva bicicleta, pero Rosario estaba muy preocupada para prestarle atención por lo que Agathe decidió llevar a Daniel a la plaza para que estrenara su regalo.

Luego de unos minutos o tal vez horas, Emilie llegó a la casa de Rosario y Alejandro y los buscó por toda la casa. No los encontraba por ningún lado, hasta que llegó al baño, la puerta estaba apenas entreabierta y a través de la ventana vio la luz encendida y escuchó el ruido del agua, golpeó, llamó a Rosario, llamó a Alejandro y ninguno respondió. Preocupada abrió la puerta y se encontró con la desgarradora imagen…

Rosario sangraba, por todos lados, al lado del cuerpo de mi abuelo, tendido en la bañera, ambos con sus ojos grises, casi blancos, mirándola directamente. Emilie vio en los ojos muertos de Rosario todo lo que había pasado esa mañana.

Su sobrina estaba muerta y sabía quién era la culpable, cuando Agathe llegó, Emilie encerró a Daniel en su habitación y empezó a gritarle a su hermana.

Los gritos de Emilie y el llanto de Daniel llamaron la atención de su vecina quien acudió inmediatamente y sólo encontró a Emilie, gritando sola. La mujer llamó a la policía sin saber lo que había ocurrido y cuando éstos llegaron, encontraron a Emilie catatónica repitiendo “la fille est morte, tu es une assassine”… Revisaron la casa en busca de Daniel y al llegar al baño, vieron sangre correr por debajo de la puerta, pero cuando intentaron abrirla, la puerta estaba cerrada con llave desde adentro, sólo se veía vapor del otro lado de la ventana de la puerta, sólo se escuchaba el ruido del agua corriendo en la bañera. Derribaron la puerta y encontraron los cuerpos.

Los médicos reportaron que Alejandro habría sufrido un infarto mientras se duchaba y Rosario se había apuñalado ella misma, según el ángulo de las heridas, lo extraño fue que jamás encontraron el cuchillo.

Se llevaron a Emilie creyendo que ella era la asesina, pero jamás encontraron prueba alguna y todo lo que ella repetía era “la fille est morte, tu es une assassine.” A partir de esto, la internaron en un hospital psiquiátrico.

Las autoridades fueron al domicilio de Emilie y ahí encontraron a Agathe, tranquilamente tejiendo, y le informaron la noticia. Daniel quedó a cargo suyo y a partir de entonces ella fue como una madre para él.

Me llamo Agathe, tengo 37 años, el 24 de marzo de 1981, fuimos con mi papá, Daniel, mi mamá, Graciela y la que creí era mi abuela: Agathe, a festejar mi cuarto cumpleaños a un camping del Carrizal. Mi papá tenía una lancha y fuimos a navegar por el dique después de almorzar, Agathe decidió quedarse en el camping, todavía recuerdo sus ojos, por alguna razón no tenían su color verde normal. Atravesamos el dique y cuando casi llegábamos a una orilla la lancha se detuvo.

Mientras mi papá se ocupaba de hacer andar el motor, recuerdo a mi mamá, quitándose el chaleco salvavidas y parada en la orilla de la lancha, estuvo un rato así antes de que mi papá se diera cuenta.

-Graciela, ¿qué hacés? No se puede nadar acá… Graciela…

Mi mamá se dio vuelta y me pareció ver sus ojos marrones volverse grises, mientras observaban fijamente el vacío que había al lado mío… Todavía recuerdo ver cómo se dejaba caer al agua.

Mi papá se tiró a intentar salvarla, yo me quedé sola en la lancha, sin entender realmente qué estaba pasando. Cuando al fin mi cuerpo reacciona, giro hacia mi derecha y ahí estaba, mi abuela Agathe sentada a mi lado, con sus ojos grises, casi blancos. No recuerdo haber sentido más miedo en mi vida que ese que sentí viéndola ahí, ella sólo sonreía.

Mi papá jamás salió a la superficie, un bote nos encontró horas más tarde y Agathe les pidió ayuda, les dijo que la lancha se había roto y que estábamos sólo nosotras dos ahí. Yo no entendí por qué no dijo nada sobre mi papá y mi mamá. Cuando llegamos a la orilla pregunté por ellos pero Agathe me explicó que ella era mi madre y que yo no tenía padre. Agathe me llevó a casa y jamás volví a preguntar sobre el tema, jamás volví a pensar en ellos, la verdad es que tenía mucho miedo de confrontarla, opté por llamarla mamá, porque cada vez que se me escapaba decirle abuela o Agathe sus ojos se tornaban grises, terroríficamente grises.

Cuando cumplí 18 conocí al amor de mi vida, Franco tenía 21 años y una familia un poco complicada. Vivía solo y en 2 meses me mudé con él. Él me ayudó a juntar fuerzas para confrontar a Agathe, aunque la verdad con sus 95 años cualquiera hubiera pensado que no podría ser una amenaza, pero jamás dejé de temerle. Agathe sorprendentemente nos dio su bendición, y ese mismo día me mudé a casa de Franco, antes de partir me pareció ver sus ojos grises y la misma sonrisa que tenía en el dique. Corrí antes de paralizarme de miedo, entré en el auto y decidí jamás volver.

Una semana después, mi ex vecina Elba, gran amiga de Agathe, vino con un policía a casa de Franco a darme la noticia: Agathe llevaba 6 días muerta. Había entrado a tomar una ducha y aparentemente resbaló y se golpeó la nuca.

Tenía que organizar su velorio y se me ocurrió pensar ¿quién iría? Agathe no tenía más familia que yo, pero Elba me contó que varias veces había tenido que acompañara al psiquiátrico a ver a Emilie, aunque Elba jamás la había conocido y no sabía si aún estaba viva ya que hacía 12 años que Agathe no iba a visitarla ni hablaba de ella. Tenía que conocer a Emilie.

Cuando fui por primera vez al hospital del Sauce, Emilie me recibió con gran alegría, me dijo que me parecía mucho a Rosario cuando era joven. Nunca le expliqué a Emilie ni a los empleados del hospital mi parentesco con ella. Emilie me llevó al jardín, me sentó y me preguntó:

-Y tu papá… ¿cómo está?

-No tengo papá señora…

Sus ojos se humedecieron en una profunda tristeza.

-¿Vivís con tu mamá entonces?

-Mi mamá… es su hermana señora…

-Agathe…- murmuró –  Agathe… ¿estaba ahí? ¿La viste, cuando tus padres murieron?

Me quedé atónita, todo este tiempo había negado lo que pasó ese día, en el fondo lo sabía pero cómo podía saberlo esta mujer.

-Eh… creo que si… mucho no recuerdo. – le dije y estallé en llanto.

Emilie me contó toda la historia. Me dijo que Agathe había provocado todas esas muertes. Me dijo que nunca pudo superar la muerte de Claude y que sus ojos escondían una gran envidia cuando veía gente que no sufría lo que ella sufrió, como Rosario que tenía a su esposo y su hijo… como mis viejos. Nunca había entendido cómo Agathe hacía para provocar esas muertes, hasta que la internaron en ese hospital y entendió que cuando el deseo de una persona es tan fuerte, puede lograr cualquier cosa.

Cuando le conté que Agathe había muerto, sus ojos se pusieron tristes pero en menos de un segundo levantó sus manos al cielo y agradeció. Creo que por dentro y junto a mi ateísmo yo también agradecí que ya se hubiera ido. Me quedé con ella un rato más, y prometí volver a visitarla, pero falleció esa misma noche mientras dormía. No quise organizar un velorio para Agathe, no quise volver a saber jamás de ella.

Me llamo Agathe, tengo 37 años. Mi primer novio, Franco, falleció en un accidente de auto camino a verme en un restaurante, donde íbamos a festejar nuestro cuarto aniversario.

Me casé con Emiliano a los 28 y hace 7 años queremos tener un bebé. He logrado quedarme embarazada 4 veces, pero cada embarazo termina cuando en mi cabeza escucho una voz que repite “la fille est morte”…

Escrito por Marian para la sección:

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