La izquierda, los hijos de puta y el fascismo

Todo individuo que disguste al intelectual de izquierda merece la muerte. NGD

Ser izquierdista es juzgar a nuestro adversario no sólo culpable de sus crímenes sino también de los nuestros. NGD

Internet nos ha mal acostumbrado a que cualquier idiota con un poco de tiempo libre para leer Wikipedia y ver unos cuantos videítos en YouTube se crea en condiciones de exigir respeto por cualquier pelotudez que se le ocurra decir, amparado en una limitada concepción del derecho a la libre expresión. Y la llamo limitada porque ésta no suele contemplar la libertad de su enemigo para devolverle los puñales que arroja, tienden a absolutizarla para los propios y estrangularla para “los contras”. Los límites los pone (e impone hasta por la brutalidad legal y verbal) para castigar a todo aquel que infiere a priori como alguien capaz de problematizar su infantil concepción binomial del mundo. El caso paradigmático es, sin duda, el INADI y su tilingo sistema de cartitas públicas para advertir y conminar (muy amistosa y diplomáticamente, claro está) a la reflexión a todo aquel ose juntar dos oraciones contra la ideología de género y sus detritos. Y ahí nomás viene la horrorosa nota de un tal Carlos Almenara celebrando el epítome de la podredumbre política provincial: Declarar a un economista mendocino “custodio de los intereses de los grupos financieros internacionales”.

(Para leer la nota: http://www.mdzol.com/opinion/550145-claudio-loser-un-alumno-brillante)

A estos fundamentalistas de la corrección política se los puede leer  vomitando su dialéctica tercermundista en las versiones digitales de los diarios, que suelen ser el espacio más rastrero del periodismo, donde se apiñan para lanzar libelos adjetivados hasta el ridículo, debilitados conceptualmente de tanto echar mano del lugar común. Intentan presentarse como culturosos de gran prosa y no pasan de adolescentes panfletarios (con el detalle de que están por arriba de los cincuenta y sin perspectivas de alcanzar un mínimo de sabiduría).

Vale decir aquí que no me refiero a todos los que boquean cuanta mierda intrascendente se les cruza por la cabeza sobre el amor, la violencia, la guerra, la patria y pelotudeces por el estilo, estos son inofensivos y difícilmente provoquen algo más que una pequeña sonrisa conmiserativa. Hablo de quienes ocupan espacios de poder, grandes, medianos o pequeños y cuya posición debiera, al menos, invitarlos a realizar algún tipo de reflexión previa, investigar un poco más allá de los primeros diez resultados de Google o de los manualitos para ingresantes a Derecho o Ciencias Políticas. Pero no lo hacen ni lo harán, porque ello precisa de una cuota mínima de honestidad intelectual que no solo no tienen, sino que evitan rozarse con ella por todos los medios posibles so color de correr el riesgo de tropezar con un espejo que les devuelva su deformidad moral.

Son izquierdistas de la peor calaña, dado que en lugar de apropiarse de la hermenéutica de su ideología como herramienta  legítima de análisis (tan legítima como la de los pensadores de derecha) prefieren la cobardía intelectual de los violentos aburguesados, esos que con pleno conocimiento de las consecuencias de sus palabras, inflaman la brutalidad de sus camaradas mientras se recuestan a fumarse un habano y seguir los acontecimientos que provocan por la televisión o por el monitor, protegidos por la mísera cuota de poder que supieron conseguir. Por esto son fácilmente calificables de hijos de puta (ahora seguro no faltarán los seguidores de estos esperpentos que se indignen porque utilizo la capacidad descriptiva de un insulto… ustedes lo generaron, a bancársela).

Son la quintaesencia del progre pelotudo oficialista, tipo que al saber que no puede (por la conjunción de cobardía y mediocridad) batirse con los enemigos de porte que socavan sus dudosos ideales, busca otros más débiles donde concentrar y descargar sin misericordia toda su barbarie reprimida.

Pobres de toda pobreza y pequeños de toda pequeñez resultan estos pigmeos envalentonados por la impunidad, capaces de ser tan viles como la situación requiera, tan hipócritas y desalmados como sea necesario, fascistas de tomo y lomo que supraordinan los medios a los fines, Maquiavelos de barrio pero sin la inteligencia ni la visión del maestro florentino.  Fachos que parecen creerse vacunados ideológicamente contra la doctrina del Duce, como si ambas condiciones no pudieran coexistir, cuando la realidad de su praxis los ubica como herederos privilegiados de su calificativo predilecto. Al fin, parece ser cierto aquello que lo que más se critica de otro es lo que no se puede soportar de uno mismo.

ETIQUETAS: