La jodita más chota del mundo

El Garabito tiene serios problemas con el alcohol. No es que sea un ebrio consuetudinario o que deba asistir (aún) a Alcohólicos Anónimos, sino que se toma tres vasos y pierde el control absoluto sobre su cuerpo y sus acciones, como infante quinceañero recién ingresando al vicio del chupi, pero con veintinueve años y olor a viejo. En la vida diaria el chabón es un laburante, profesional, serio y pacífico, pero cuando el vino (o cualquier bebida con graduación alcohólica) ingresa a su torrente sanguíneo, el tipo se saca, se pierde, se olvida y se transforma en un vendaval. En un demonio de Tasmania menduco.

Ese viernes nos juntábamos con los chicos a comer un asado en la casa del Negro Videla, casado con dos hijitos que son pura dinamita. La idea era apersonarnos temprano, para que no se haga tarde para el baile, por lo que a las nueve ya estábamos ahí. El Garabito había llegado a las ocho y media y, cerveza, pileta y sol mediante, a las 8 y cuarenta y cinco ya estaba escavio mal. Haciendo alarde de cómo se meaba en la pileta.

Prendimos el fuego y abrimos un par de tubos de los de abajo de la góndola del supermercado, los que no llegan a los siete pe, esos que se toman sodeados, con mucho hielo y en vasos largos o botellas de coca cortadas. El Garabito nos acompañó con alegría y ritmo tropical. Al cabo de copitas se le enrronchó la cara, efecto típico que le produce el sol y el chupi a la vez. Cuando pusimos el asado, el calor del fuego nos llevó indefectiblemente a destapar un par de birras, el Garabito se prendió al pico como ternera a la teta e intentó hacer unos vergonzosos fondos blancos. Entretanto se le cayó un envase al piso, minándolo de vidrios.

Al momento de servir el asado, el Negro Videla descorchó unos vinos pulenta, casi tan pulenta como los de Pulenta, pero de Norton. Esos que se toman sin soda. Lógicamente el Garabito había perdido todo interés por las costillas o el vacío y estaba plenamente abocado a la degustación absurda del tinto, poniendo cara de serio y elevando ridículamente el dedo meñique de la mano que empuñaba el vaso con cada sorbo. Finalizada la cena, el espécimen ya estaba como él quería, ebrio como una cuba. Arropado con sus brazos en una silla y suspirando hondo para bajar el mareo.

Se destaparon las bebidas de la previa, bah… el Garabito las destapó, y comenzó a girar el ron con coca y el campari para los más afeminados (yo, por ejemplo). El nivel de alcohol en sangre del muñeco era el ilegal hacía dos horas. Tomaba ron puro y ponía un increíblemente mal pronunciado acento cubano, que se parecía más a un norteño viviendo en córdoba. Esto lo hacía mientras movía sus caderas intentando bailar como salsa un ritmo tropical y cumbiero.

A todo esto, mientras estábamos de sobremesa, los dos hijitos del negro Videla correteaban de fondo con unas armitas muy copadas que tiraban chorros de agua. Similares a unas Colt M1911 (no se de armas pero si se de Google y del Counter Strike). Tipo doce el Negro los mandó a dormir y las armitas quedaron sobre la mesa, una en posesión del Garabito, que no paró de tirarnos chorros de agua en la cara durante toda la previa. Solamente la cortó cuando el Gordo Tulio le quiso pegar por tratar de llenar con meada el armita.

A eso de las dos partimos al boliche. De camino, el Garabito me pidió que parara a en un kiosco, tenía que comprar puchos y chicles, íbamos en mi auto con tres amigos sentados atrás. Todos bien, salvo el Garabito que le había afanado el armita al pendejo del Negro Videla e iba mojando a cuanto auto y mina se le pasaran por la ventanilla del acompañante al tiempo que se reía enfermizo y nos decía ¡no saben la que me voy a mandar jajajaaja! Llegamos a un kiosco de la San Martín Sur y paré. El Garabito se bajó solo y apurado. Al cabo de cinco minutos, nos pareció raro que no viniese, así que me mandé a buscarlo. Lo que vi fue impresionante…

El hijo de una camionada de putas se había sacado la remera y se la había puesto “modo pasamontañas” al peor estilo terrorista de las Farc y estaba apuntando con el armita poronga al pobre chabón que atendía el kiosquito. En cuanto entré me miró y a los gritos me dijo ¡arriba las manos hijo de puta que te quemo! Totalmente confundido levanté las manos sin saber qué hacer.

La escena continuó mientras un sudor frío me recorría la espalda… estaba tieso con las manos en alto, nunca en mi vida me había pasado de tildarme de esa manera. El Garabito continuó con su show, sin dejar de apuntar al pobre flaco le dijo: ¡dame la guita gato que te quemo! imitando a Lombardito de El Puntero pero más parecido al Pacheco del Rodri Galdeano, ¡dame también los puchos y esos Toffi’s! El quiosquero hacía caso a todo. Mientras este sacaba la plata de la caja y ponía los puchos en una bolsa, el Garabito me apuntó a mí y me dijo ¡vos careta!, bigote de leche, dame la billetera y sacate el reloj o te la doy. Sin dejar de pensar en lo que podía pasar si entraba un cana, otro cliente o se arrebataba el quiosquero y lo tostaba al Garabito le hice caso, mirándolo con cara de “cortala culiado”, rojo como un tomate. Una vez que tenía todo sobre el mostrador le dijo al aterrado pibe, ahora sacate la ropa puto… toda… y la dejás sobre el mostrador. Sin titubear el flaco se sacó todo y quedó en calzoncillos. El calzoncillo también o te lleno de plomo gil de cuarta. El Garabito levantó el arma, la puso de costado al mejor estilo película de mafiosos y lo apuntó sin descaro. El flaco entre “no, por favor, no” y sollozos más que justificados se comenzó a sacar el calzoncillo. En eso el Garabito gatilló violentamente una y otra vez, sin cesar, onda Tony Montana al final de Scarface.

Un chorro de agua bañó al chabón de pies a cabeza, yo lo miraba atónito. Con la otra mano se sacó la remera de la cara (sin dejar de empapar al pobre pibe) y cagándose de la risa le dijo al flaco ¡eeeeessaaa papelón! ¿te la creíste no? ¡como caíste Miguel! ¡El lunes cuando pase a cobrarte el seguro te vas a acordar de mí!

Creo que recién el lunes nos dejamos de reír. Lógicamente, ese mismo lunes, el Garabito perdió un buen cliente.

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