La noche que me cagué en un prócer

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Sábado por la noche, llego a la casa de mi actual señora que por ese entonces se adjudicaba el título de “novia” y la veo a la guacha de punta en blanco para salir. Yo venía de un día complicado. Viernes de salida con los chicos, con una buena cantidad de aquella bebida hecha con yuyos digestivos llamada fernet, asado, baile y after en Mr. Dog, llevándome dos panchitos puestos encima re gula. En el almuerzo del sábado, mitad cagado de hambre y mitad abombado de dormir tanto y tan mal, me clavo el guiso invernal de mi vieja.

Los guisos de las viejas son como… no se, como esa sensación de hogar de antaño. Cada guiso tiene su historia, su mano, su motivo, su cariño. Los guisos son como entrar a una casa de adobe, husmear entre muebles densos y antiguos y ver una máquina de escribir sobre una mesita al lado de una ventana que da a un jardín descuidado por el correr de los años. Tienen esa sensación de llegar, de terminar, de abrir un libro viejo y encontrar un separador especial. Todo eso tienen los guisos… pero el guiso de mi vieja tiene además el poder de ser ultra picante y bravísimo. El tuquito con el que lo hace es espeso como el alquitrán y le mete unos chorizos que arden como el mismo infierno. Calculen la ingesta endiablada que me clavé, junto a no menos de un litro de agua fría apagaincendios.

Tarde de fulbito para bajar la toxicidad en las venas… absoluta mentira ya que más que bajar la condesó, porque no hay fulbito de sábado sin cerveza y maní. En fin, el tema es que el sábado a la noche tenía la panza en ruinas, había estallado el inodoro más de dos veces y andaba con cero pilas para salir, pero llego a la casa de la susodicha y la veo emperifollada para matar, habiendo estado todo el día encerrada estudiando, con el fatídico y conocido latiguillo “con tus amigos si podes salir y ahora conmigo queres ver una peli” en la punta de la lengua y sobre todo, con razón. No podía decirle que no, no me podía hacer el choto, así que como un señor, me erguí, inflé pecho, metí panza, se me escapó un pedito y le dije “si mi amor, esta noche salimos, ¡obvio!” y la sonrisa le llegó de oreja a oreja.

“¿Qué queres comer?” fue la peor pregunta que hice, “tacos” fue la peor respuesta. Así que ahí estábamos los cuatro con mi cuñada y el novio, todos comiendo comida mexicana y yo un pedacito de pollo, pero… ¡con una tonelada de picante! Mexicanos y la puta que los parió, ¿no tienen piedad de un esfínter lastimado? ¿No está en sus planes que algún comensal puede ser alérgico al picante? Evidentemente no.

El tema es que si entré al restaurante con una pareja bailándome malambo en las tripas, salí con todos los participantes de ballet del teatro Ópera danzando una obra completa de Boris Eirman, para colmo eran las doce de la noche, de un día sábado… ¡la salida no podía terminar ahí!

Nos fuimos a conocer un bar nuevo (para nosotros) que queda en la alameda. Por suerte mis retorcijones quedaron de lado cuando vi que detrás de la barra estaba el dueño del lugar ¡y era harto traba! Tenía más espalda que Meolans y la cara más rústica que jugador del Cicles Club Lavalle. Lo lindo de la situación y la cantidad de chistes que le esboce a mi novia y a mis cuñados fue monumental, así que el dolor por un momento pasó… por un momento.

Encima por rata me pido una cerveza a medias con mi cuñado, la misma venía acompañada con unos nachos del más allá… ¡siii, seguro, como tengo tanto control de mis impulsos travesti mal parido! Al cabo de dos sorbos ya estaba pidiendo otra cerveza y más nachitos. A la leña la prendí fuego y al fuego le tiré nafta. La panza me empezó a hacer ruidos de gordos eructando.

– Amor… nos tenemos que ir.

– ¿Qué?

– Eso, nos tenemos que ir… agarrá la campera y vamos…

– ¡Pero Bomur! ¡Todavía no me termino el helado!, además son la una y media… ¡quedémonos un ratito más!

Abro los ojos y le hago una seña, como señalando el origen del problema, mi panza.

– ¿Qué te pasa?

– Estemmmm… nada, estoy medio cansado

Parece que la srta. Bomur no se dio cuenta de mi malestar.

– ¿Cansado? ¡Si has dormido hasta las dos de la tarde!

– Pero… pero…

– ¿Sabes que pasa? Que anoche te debes haber quemado, entonces ahora estas cansado… seguro, el señor con sus amigos está hasta las siete de la mañana y a la novia la quiere despachar a las dos…

Sinceramente la hubiese matado. Mientras decía eso me imaginaba tomando en cámara lenta el matafuego que había colgado y al ritmo de un movimiento marcial, estallándoselo en la cabeza. Pero no… era solo un sueño. Apagué la ira de mis ojos, si hubiésemos estado solos o no fuese tan vergonzoso mi asunto, todo sería tan fácil, pero no… mi problema a comentar cosas del baño fue menor que las ganas de cagar y decidí deshonrar mi dignidad.

– No, es eso… el problema es que quiero ir al baño.

– ¡Y anda al de acá!

– A hacer lo segundo…

– Aaaaa, bueno… vamos entonces.

Y puso una cara tan triste, mitad porque se dio cuenta de que se había subido a la moto al pedo y mitad por lamentarse de tener un novio tan imbécil, que te puede hacer el ridículo bailando en una fiesta con desconocidos pero que no se anima a cagar ni en el baño de los abuelos, que me dio cosa.

– Deja, mi amor, voy al baño acá.

Me paré y enfilé al sanitario. Todo el barcito se veía muy bien parado, era bastante lindo, de buena calidad, los tragos se veían bien preparados, todo limpio, el traba se veía pulcro, el baño debe de estar más o menos potable, pensé. De pronto me paro frente a la puerta de mi enemigo, linda madera, gruesita, antirruido. Entro al baño, cierro la puerta y no se escucha nada desde el bar… ¡que buena acústica tiene!, suspiré en paz. Piso limpio, canillas limpias, espejo limpio, abro la puertita del inodoro y ¡bingo! Inodoro limpio, los huevos me bajaron a la altura de las rodillas y la panza rugió feliz… Observo bien el armatoste y… ¡por el amor de Dios tenía tapa y estaba limpia! No había una gota de meada, no había un pelo, no había ceniza, ¡totalmente limpio como el de mi mamita! Entro, cierro la puerta detrás de mi y veo la gloria… ¡la puerta tenía ganchito señores!, ¡pero que bien travieso y la reputísima madre que tiró de las patas!, ¡si abras sufrido de joven que te abran la puerta y te vean meando sentado!, ¡te amo traba, te amo! Cierro la puerta, me froto las manos cual sexópata que se está por entotorar a un caramelito y me siento en el trono sagrado.

La batalla campal que sufrió ese estanque artificial fue indudablemente el peor evento de su vida. No solamente lo bombardeé despiadadamente, sino que arañé todas sus paredes y teñí de un negro profundo todo su fondo. Las explosiones llegaron a lugares insospechados, y el antaño transparente contenido líquido de densidad estable, ahora se había transformado en un horroroso pantano, espeso y burbujeante.

Termino casi exhausto mi ópera maestra, con obertura de fuegos artificiales y cierre de colitis rabiosa, orgulloso de tan grata sensación de alivio y placer, cuando de repente mis segundos de gloria acabaron… Miro desesperado para un lado y otro, miro para arriba, hago un movimiento dislocador de cadera y miro detrás del inodoro y nada… ¡no había papel higiénico travesti hijunagransiete! Me paro rápido para ver si estaba sobre la pared y nada, abro la puertita para ver si había papel para secarse las manos y nada. ¡Era como levantarte tremenda mina y cuando se la estas por poner te das cuenta que viene con sorpresa! ¡Con razón vivaracho! ¡Me estabas haciendo sentir esa sensación tan feísima! ¡¡¡Mamaaaaa, te juro que nunca más me río de un travesti!!!

Me volví a sentar en el inodoro con las manos sosteniendo mi preocupada cara, ¿Qué mierda hacía ahora que tenía una pista de manteca hedionda en el culo? ¿Cómo higienizar este fresco de inmundicia? Una gota fría me corrió por toda la espalda, ¡maldita costumbre de no usar medias!

Me miro con cariño el calzoncillo, ¡minga! Era el primer boxer que me regalaban y aunque me parecía extremadamente incómodo, era facherito y calculo que caro, porque era Kevingston. Otra vez las manos en la cara… ¿Qué hago? ¡Pensa Bomur, pensa!

Me meto la mano en el bolsillo y saco la billetera, esperando encontrar el ticket de la nafta, alguna cartita de la srta. Bomur o por lo menos una tarjeta de esas que te da gente que en tu puta vida vas a llamar. Nada, ¡la puta madre! En eso sigo revisando, saco algunos billetes que tenía, me los pongo en la rodilla y vacío la billetera frente a mí. Nada, si la tarjeta de Falabella estuviese a un par de meses de vencerse les juro que la usaba de pala, pero le faltaba como un año aún… Entonces vuelvo a meter los chirimbolos que había tirado, desahuciado ya por no hallar solución, meto un billete de cincuenta que estaba reluciente de nuevo, uno de veinte bastante maltrecho, uno de diez un poco mejor, uno de cinco destrozado y mugriento y lo veo… ¡un Mitre viejo y querido como recién salido del horno! ¡Hasta calentita estaba la impresión del guacho!, creo que el imprentero y yo habíamos sido los únicos en manosearlo. Lo miro, lo huelo, lo palpo… ¡que suave! ¡Que textura, que dulzura, que finura! Lo miré a los ojos y fue como que me decía ¡estoy aquí para ayudarte Bomur! ¡úsame, úsame!

Y fue así como ese día,la NaciónArgentinaperdió dos pesos, le manché de caca la cara a un prócer y volví livianito y feliz a la mesa con mi novia.

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Las cagadas de Bomur

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