La Posada del Fracaso – Prólogo

En realidad el complejo no tiene nombre, al menos no un nombre comercial como ahora le ponen a las conejeras de departamentos, todos lo conocen como “Complejo Benítez”. El Ingeniero Rafael Benítez los construyó en la década del 60 y aún se ven borrosas las letras de su nombre sobre la puerta de entrada. Los impuestos llegan con el nombre de la calle, General Levalle 1311, pero de los ocho departamentos que forman el complejo, siete lo nombran como “Complejo Benítez”… todos menos yo.

Yo le he apodado como “la posada del fracaso”, son varios los motivos, los cuales ahora no tengo ganas de explicar, pero principalmente le he llamado así porque encuentro en todos mis vecinos la suma de todas las características más miserables del ser humano. Pero estas miserias no son sinónimo de fealdad, sino que las encuentro bellas, por ser propias a los seres humanos. Por eso no es extraño que ame este lugar, para mi es mágico, es hermoso. Creo que La posada del fracaso sin mis vecinos sería definitivamente el “Complejo Benítez”, una construcción vieja y absurda, vacía e intrascendente, como un moribundo errante en un mar de gente. Entre estos ocho departamentos descansan los fracasos de nosotros, los habitantes.

Se entra por una pequeña puerta de rejas. Supo ser blanca en algún momento, pero el tiempo y el smog de los micros que pasan por la calle se encargaron de teñirla de un gris triste, como sus paredes. La vereda aún conserva su amarillo viejo, ondulada como las dunas del desierto. La geografía de la vereda es brillante… aumenta al acercarse a las raíces de los dos tamarindos que la decoran, haciendo trizas sus baldosas y precipita entre ellos. La acequia está deformada por las raíces también, estos árboles deben tener los años del edificio. Este semblante desmoronaría la vista de cualquier insensible arquitecto de moda, pero embellece el espíritu de cualquier nostálgico, de cualquier romántico. Es la perfecta imagen de la preciosa decadencia humana, tan perfecta y única como la figura de cualquier Dios.

La puerta da a un lúgubre y húmedo pasillo descubierto, como una pequeña galería, o intento de ella. Hacia la izquierda se levanta la pared gris que separa la Posada del fracaso de la casa de al lado. El tiempo y la escasa luz natural la han descascarado entera sin piedad, dejando agujeros aleatorios y profundos que a veces muestran ladrillos al descubierto. Hacia la derecha están ubicados los cuatro departamentos de la planta baja, todas sus puertas de ingreso dan al pasillo. El frío se respira, congela las fosas nasales e inunda los pulmones de un gélido aire.

Al final hay una escalera en caracol que sube al primer piso. Allí están los otros cuatro departamentos que conforman los ocho de la Posada. Todos ubicados de la misma forma que los de abajo, con sus puertas de entrada hacia el pasillo. Cada cual con su ventana y su respectiva ornamenta… o no. Con solo ver este diminuto cuadro uno se puede imaginar quien vive dentro. A veces pienso que, tanto observar en la Posada del fracaso, podía describir en detalles extremos que tipo de gente vive en una casa con solo mirar una foto de la puerta de entrada. Los humanos somos tan simples que me enternece solo pensarlo.

Las ventanas de los dos departamentos que dan a la calle están permanentemente cerradas. Visto desde afuera esto le da un barniz de tristeza y soledad a la Posada, pero lo que más tristeza da es el viejo silencio en general. No es que no se escuchen ruido de platos lavándose, gritos, música, radios, televisores o duchas, como en cualquier complejo, sino que no se sienten ruidos de niños, de chicos jugando, cantando, llenando de felicidad los recovecos del alma de algunos, por lo menos algunos como yo. Salvo esos momentos donde Aída, la bebe de Azul llora, la Posada está sumida en un viejo silencio que me amarga el alma. Aunque el balance es positivo, por lo lindo de lo demás.,

En el primer departamento de la planta baja, el que da a la calle, de ventanas cerradas, viven Matías y Romina, la señora Inés vive en el 2º, los esposos Sofía y Juan en el 3º y Ernesto en el 4º. Arriba, en el primer piso (para algunos el segundo, porque olvidan que la planta baja ya es un piso en si) viven Azul y Aída en el 5º departamento, que es el otro que da a la calle, la familia Vrodsky en el 6º, yo en el 7º y en el 8º viven Guillermo y Rodrigo.

La Posada del Fracaso es nada más que eso, un horriblemente hermoso y mundano lugar donde se esfuman mis días, pero hay algo más… algo que nadie puede ver, algo que solo yo sé o creo saber, algo oscuro… quiero que perciban la importancia que este lugar tiene para mí, es por ello que voy a comentarles sobre todos y cada uno de los que habitan la Posada. Prepárense para conocerlos…

Continuará el jueves que viene…

El año pasado escribíamos:
Narcotismo de una noche sin luna