Manteca: “Amor Salvaje”

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— ¿Cómo se llama el perro, Negro?
— Pinchi.
— En serio, boludo.
— Se llama Pinchi, Curuchet.
— ¿Un depredador de esa magnitud y se llama Pinchi?
— Pinchi. Sí.

Pasaron por debajo de un alambrado de seis hilos y aparecieron en un camino de tierra a medio kilómetro de la casa del Bufoso. La noche tenía una luna cubierta de nubes claras.

— ¿Y si nos enrolamos en el ejército?
— Curu, no jodas más. Mi mayor miedo es que la carne empiece a ponerse fea. La tuviste todo el día fuera de la heladera.
— ¿Trajiste la cartita con la disculpa?
— Sí, firmada anónimamente.
— No la firmaste.
— Sí, la firmé como “anónimo”.
— Me estás jodiendo, ¿no?
— No, no te jodo.
— ¿Pero sos pelotudo? ¡A mí me dicen “Anónimo”!
— ¿Quién te dice Anónimo?
— ¡En el equipo de handball…! Listo. Estoy en el horno.
— ¡Pero mirá si el Bufoso va a saber…!
— El Bufoso jugó en el equipo del pueblo hasta hace ocho años. Es fanático del handball. Buen delantero.
— ¿El Bufoso?
— Sí.
— ¿Y por qué te dicen anónimo?
— Porque no soy un jugador muy vistoso, nadie se acuerda si jugué o no. Cuentan los jugadores y cuando hay uno que nadie recuerda es porque jugué… ¡Pero bien que siempre me llaman para jugar!
— ¿Y no te jode que te digan anónimo?
— Me jode un poco cuando en el partido abrevian el sobrenombre.
— Claro. Entiendo.

Llegaron al cerco de la casa del Bufoso y la luna teñía todo de un monocromo celeste que hacía más complicada la visión.

— Qué raro que Pinchi no haya ladrado todavía —murmuró el Negro.
— ¿Y si le tiramos un pedacito de carne?
— ¡Mirá, Curuchet! ¡La puerta de la casa está abierta!
— ¡Qué raro!
— Pero parece no haber nadie…
— Che, ¿lo de Pinchi no será una leyenda?

Antes de escuchar el gruñido ya habían comprendido, tal vez por el ancestral sentido de detección neandertal de conocer la garra crujiendo el pasto, que Pinchi no estaba en el patio sino afuera, precisamente detrás de ellos. Se quedaron quietos, estáticos. El gruñido era muy leve, lo que daba todavía más miedo. El perro intentaba que no escuchasen su gemido de odio, su gutural reclamo caníbal, su agitación suspirada con la erre francesa, y si intentaba que no lo escuchasen era porque quería matar. Curuchet de reojo lo miró al Negro y movió sus ojos hacia la puerta abierta de la casa del Bufoso, como si con el globo ocular pudiese arrojar una piedra en esa dirección. El Negro movió sus pupilas de izquierda a derecha negándose a semejante odisea. Curuchet parpadeó fuertemente y arrugó el entrecejo visiblemente molesto. El Negro torció sus cejas en un lamento patético y volvió a mecer sus ojos de izquierda a derecha. Curuchet levantó sus pupilas hacia arriba en un gesto de fastidio. El gruñido se escuchó un poco más fuerte, los ojos del negro se abrieron como el dos de oro y Curuchet dijo “¡Ya!”, y los dos dieron un salto sorteando la tranquerita y corrieron hasta la puerta que cerraron tras su paso.

Como esas cosas que uno hace con pánico y analiza después, Curuchet y el Negro se miraron y, al mismo tiempo, subieron la vista hacia arriba de la puerta. Un fuelle con un silbato en la punta se había aplastado al cerrar la puerta. No se había sentido nada pero el fuelle estaba cerrado, y siguiendo con la vista el piolín que ataba uno de los extremos, vieron que iba hasta una viga, bajaba por una columna, seguía sostenido por grampas en la pared y llegaba hasta el picaporte de la puerta.

— Al cerrar la puerta se tira la cuerda y se aprieta el fuelle.
— Sí, la idea era que suene el silbato, pero creo que falló.
— Sí —dijo el Negro acercándose más al fuelle—, parece como que falló…

Hubo unos segundos en que Curuchet miraba expectante al Negro y el Negro inspeccionaba el silbato.

— Es absurdo que un sistema absurdo falle —dijo el Negro mientras continuaba su inspección—, porque absurdo sobre absurdo se simplifican y da uno…

Afuera Pinchi ladraba como si lloviese ácido.

— ¿Sabés qué es lo raro, Curuchet?
— ¿Qué, Negro?
— Que el fuelle se sigue apretando… Es como si siguiésemos cerrando la puerta…

Curuchet se acercó al picaporte.

— Negro, el picaporte está girando como la cuerda de un reloj, como el portarrollo de una persiana y sigue tirando de la piola. Sigue apretando el fuelle como para que siga sonando el silbato.
— Pero qué raro… Es que…, lo que pasa… es que… ¡Curuchet, este es un silbato para perros!

Pinchi había saltado la tranquera y pegaba con sus patas sobre la puerta de entrada.

— Pero ¿para qué pondría el Bufoso un silbato p…?
— ¡El Bufoso tiene oído de lobo! ¡El Bufoso tiene oído de lobo! ¡Ahora sabe que hay alguien en su casa, Curuchet!
— ¿Quién te dijo que tiene oído de lobo, Negro?
— ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Dale, dejá la carne en la heladera, yo voy a poner la carta acá…! No acá… No, mejor acá. ¿Acá te parece bien, Curu? ¿Curu, la letra se entiende? ¡Puse “anónimo” sin acento, Curu!
— ¡Negro, pará, calmate! ¡Pensemos!
— ¡Curu, puse anónimo sin acento! ¡Curu, vamos a morir! ¡Vamos a morir!
— ¡Negro, la puta que te parió, calmate un poco, querés! Ya dejé la carne en la heladera, y la carta esa dejala ahí, en la mesa. Ahí está bien. Listo. Ahora vamos a recorrer la casa para ver si hay algún lugar…

En ese momento escucharon los dos el sonido de una camioneta lejana acercándose.

— ¡Curu, la camioneta! ¡Viene el lobo, viene el lobo!
— Negro puto, o te callás o abro la puerta y Pinchi nos come, ¿entendiste?
— ¡No me pude despedir de mis hijos, Curuchet! ¡No me pude despedir de mis hijitos!
— ¡Pero si no tenés hijos, pelotudo!
— ¡Tampoco pude tenerlos! ¡Curuchet vamos a morir, vamos a m…!

La trompada de Curuchet idealmente era terapéutica, pero él mismo se sorprendió de sentir algún placer cuando el Negro cayó al piso por fin mudo. Y dormido. Lo tomó de las piernas y lo llevó hasta un cuarto. La camioneta se escuchaba cada vez más fuerte, el Bufoso estaba llegando, no había tiempo que perder ni margen para equivocarse. Curuchet abrió una puerta y lo recibió la oscuridad absoluta. No podía prender la luz ni ponerse a inspeccionar. Tomó los dos talones del Negro y se metió tirando de él en la habitación.

La camioneta llegó hasta la casa y se detuvo, Pinchi ladraba y daba vueltas en el lugar absolutamente sacado. El Bufoso bajó y en el momento en que la puerta se cerró con todo su eco de chapa destartalada Pinchi largó unos aullidos pequeños y se escondió debajo de unos arbustos chiflando en cada respiración un quejido lastimoso. Las botas del Bufoso taparon el sonido de la otra puerta de la camioneta que también se cerraba y se detuvieron frente a la puerta ahora cerrada de su casa. Apenas la escuchó abrirse Curuchet se arrepintió de haberse escondido debajo de la cama. “¡Qué pelotudo, nos va a ver! ¿Y si me cambio de lugar…?”. Las botas entraron y al rato entró alguien más. Y la puerta se cerró. El silencio duró unos segundos, unos segundos largos, un minuto, dos minutos, tres… ¡Nadie hablaba! ¡Ya no se escuchaban ni los pasos del Bufoso! Curuchet se dio cuenta de que si el Negro se despertaba lo primero que iba a hacer era preguntar dónde estaba. Seguro que el Negro hacía eso. Si llegaba a hacer un ruido estaban liquidados. Tenía que hacer algo urgente.

— Mire, una notita… —dijo la voz de una mujer— ¡Ay, tenemos la carne de las milanesas en la heladera, Picudito!
— Hágalas —respondió el Bufoso.
— Deje, Picudito, que acá tengo un cuchillo… Ah, creí que había sacado el cuchillo para las milanesas… Venga, mi Picudito, no revise la casa que los pícaros en la nota se disculpan… Picudito, ¿a dónde v…?
— Haga las milanesas y cállese, Paloma.

Y Curuchet sintió que las botas se acercaban a la puerta, se acercaban más, caminaba lentamente, el agua de la pileta y los platos y el calefón hicieron que perdiera el sentido geográfico del lugar donde el Bufoso ahora podía estar caminando, sintió la puerta del baño y las botas cambiaron el sonido de su taconeo, quedó solo el sonido del agua y la manipulación de los enseres de la cocina, sintió otra vez las botas salir del baño y acercarse, los sonidos de la cocina, y la puerta del cuarto se abrió y todo se iluminó con la luz de la cocina, y un fogonazo hizo resplandecer el piso y todo lo que era blanco en la habitación, y Curuchet se dio cuenta de que era fácilmente visible, que si Paloma giraba la cabeza lo vería debajo de la cama.

Paloma tarareaba mientras manoteaba obscenamente el medio kilo de carne en su mano, las botas caminaban por el cuarto, era cuestión de tiempo, el Bufoso en algún momento, en el cuarto o desde la cocina iba a mirar debajo de la cama y los iba a ver. Ya no había nada que hacer, Paloma cantaba “Amor Salvaje”, del Chaqueño Palavecino. “…nos besamos sin decir una palabra, fuimos cómplices callados del verano…”. Ya empezaba a sentirse como un milagro que el Bufoso no se hubiera agachado un poco para descubrir que el Negro, él, y una familia de vinchucas, chinches y alacranes estaban todos debajo de su cama. Las botas abrieron el ropero, corrieron las cortinas y, cuando ya estaban saliendo del cuarto, el Negro empezó a moverse muy lentamente. Se estaba despertando. El Negro se estaba despertando e iba a hacer la pregunta de la muerte. Un brazo se movió y ya ese solo movimiento hizo con el roce de la ropa un sonido claramente audible que solo el estribillo cantado por Paloma pudo ocultar, “…aaaaaamor salvaje, juntos cruzamos los umbrales del pecado…”, Curuchet vio cómo las botas enfilaban para la cocina, un paso, otro, cruzaban el umbral, estaban saliendo del cuarto cuando el Negro levantó la cabeza y lo miró fijo a Curuchet.

— ¿Dónde estamos, Curu?

 

 

(Continuará…)