Manteca: «Decinos tu nombre»

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—¿Sí…? ¡Negro! ¿Qué pasó?
—Perdone, padre, que lo moleste a esta hora…
—No, no, está bien. ¿Qué pasó, Negro? ¿La Norma…?
—No, padre… —el Negro miró para atrás y el cura recién ahí lo vio a Curuchet apoyado contra el Peugeot 504—, es el Moneda…
—¿El Moneda?
—Sí…, es el Moneda Bermúdez…
—¿Qué le pasó al Moneda…?
—Está… está poseído, padre.
—Pose… ¡pero dejame de joder! ¿Me viniste a despertar a las tres de la mañana para decirme que el borracho este anda poseído? Tirale agua vas a ver como se le van todos los demonios, la puta que te parió, Negro, venirme a joder a esta hora porque el Moneda…
—Padre, es en serio esto. El Moneda anda con alguien adentro.
—¡Pero se habrá tomado hasta el carrilín del gasoil este mamado, qué mierda, Negro, cómo puede ser que…!
—Hace tres días que anda así, padre —dijo Curuchet que ya se había arrimado a la puerta de la parroquia.
—¿Qué anda cómo?
—Vomita verde, habla cosas extrañas, gira la cabeza, no mucho, lo que puede, pero la gira.
—¡Pero si en el cumpleaños del Pipa, hace dos años ya, anduvo una semana en pedo! Lo encontraron cuando cortaron el pasto atrás del tanque de agua. No me jodan más…
—Anda a Coca nomás.

El padre giró la cabeza y le clavó los ojos al Negro.

—¿Cómo?
—Que anda meta tomar Coca desde hace tres días.
—¿Coca Cola?
—Sí. Fría.
—¿Ustedes lo vieron tomar un vaso de Coca?
—Sí, todos, nos pide Coca Cola todo el tiempo.
El cura los miró por un momento.
—A ver, espérenme que busco el saco.

La casa del Moneda Bermúdez estaba un poco más afuera del pueblo, en la entrada había dos autos estacionados y todas las ventanas estaban encendidas. El Negro y Curuchet se adelantaron y abrieron la puerta. “Acá vino el padre Gustavo”, avisaron y Paloma, la mujer del Moneda salió enseguida.
—¡Padre! ¡Qué bueno que vino! ¡El Moneda…, el Moneda anda poseído, padre!
—Sí, sí, ya me anduvieron contando. ¿Paloma, usted lo vio tomando Coca?
—¡Pero si nos vive pidiendo eso! Yo lo tiento con grapa, con Legui, pero insiste con la Coca fría, padre. Tengo miedo que le haga mal…

El cura entró a la cocina que estaba revuelta como si la hubiesen saqueado, y con una mano, lentamente, corrió la puerta de la habitación donde estaba el Moneda.

El lugar era una penumbra apenas iluminada por una lamparita pobre que resistía el abandono colgando de un portalámpara en el techo. Olía a humedad rancia. El Moneda debía ser el bulto que estaba enterrado entre las sábanas. En la mesa de luz se erguían dos botellas de Coca Cola de litro y medio vacías y un paquete de pastillas de menta. El resto del cuarto eran sillas con ropas, mantas, una pala, el televisor y dos baldes.

—¿Moneda…?
El bulto cubierto permanecía inmóvil y tieso.
—Moneda, ¿me escuchás? Soy el padre Gustavo.
Nada, todo era silencio. Paloma entró y le dijo en un susurro.
—Padre, dígale que se acabó la Coca.
—Se acabó la Coca Cola, Moned…
Las sábanas se batieron como izadas al viento y antes de entender el juego de manos que se adivinaba tratando de desenredarse, la cabeza pálida y transpirada del Moneda emergió como un resorte y se compuso sentado recto, derechito, con sus ojos mirando a la frente, y no a los ojos, del padre.
—¿No hay más Coca? —preguntó una voz gutural y acuosa que el padre no pudo asociar ni siquiera con las peores guitarreadas del Moneda—. ¿¿¿Qué-no-hay-más-Coca???
El padre dio un paso para atrás, la voz tomaba más fuerza, se volvía más sonora, más decidida.
—¿Qué-no-hay-más…? —y de pronto se volvió más cotidiana— ¿Y el gordo Sinetri no puede ir a comprar?
—Moneda, soy el padre Gustavo…
—Padre, ¿no puede ir a comprar una Coca? Paloma le da la plata.
—Moneda, ¿qué estás haciendo?
—Si me trae una Coca se lo digo, padre.
—Moneda…
—De litro y medio, no chiquita.

Antes de decir nada Paloma trajo una botella con un vaso con hielos y le sirvió la Coca.
—Aaaahhh, qué placerrrr… —susurró el Moneda mientras gorgoreaba los tragos.
—¿Qué estás haciendo, Moneda?
—No soy Moneda —dijo otra vez la voz rasposa y lúgubre—, el estropajo este es ahora mi cuerpo.
Paloma se acercó al padre.
—¿Qué me dice usted, padre? ¿Está poseído?
—Creo que sí, el Moneda jamás podría pronunciar la palabra “estropajo” ni operándolo de la garganta. ¿Cómo fue que se poseyó, Paloma?
—¡Yo no me poseí! ¿Estoy muy desarreglada…?
—El Moneda digo.
—Ah, el Moneda. No sé, llegó como siempre a la madrugada, pero esta vez vino solo, no escuché ningún patrullero, y apenas entró me dijo cosas que yo no entendía. Como pensé que me insultaba le pegué con la pala, como le hago siempre, pero esta vez la agarró con la mano, ¡si viera qué fuerza…!
—¿Fuerza? ¿El Moneda?
—¡Suuu, una fuerza…! Y ahí nomás me salió con esto de la Coca Cola.
—¿Y usted tenía Coca Cola?
—No, yo lo ignoré hasta la noche siguiente, cuando vi que no comió, que no había botellas y que escribió eso de la pared cortándose un dedo.
El padre se volvió y leyó la frase ensangrentada: “Je veux une Coca”.
—¿Usted sabe lo que dice ahí, padre?

—No, no sé, pero creo que es francés… o latín…
—¿Latín? ¿Pero usted no sabía latín?
El padre la miró un poco incómodo.
—Sí, tiene razón. Debe ser francés. Búsquenlo al tordo Giménez.

A la media hora el doctor Giménez ya estaba parado al lado del cura mirándolo al Moneda girando torpemente la cabeza de lado a lado y gimiendo con su nueva voz cavernosa.
—Esto es un desastre padre.
—Sí, tordo, creo que lo perdimos.
—¿Realmente cree que está poseído, padre?
—Sí, ni esquizofrénico el Moneda podría tomar más de dos vasos de Coca seguidos. Lo perdimos.
—Pero no tenemos otro goleador, no hay en el pueblo otro delantero como el Moneda. ¿No lo puede exorcizar?
—No soy exorcista, y la verdad que no vale la pena buscar a uno. Aunque el demonio dejase el cuerpo, nadie lo advertiría y lo seguirían exorcizando hasta matarlo. Perdimos a nuestro goleador, tordo.
—¡Padre, inténtelo, enfrente a ese demonio! El partido es en unos meses. No podemos perder otra vez…
—No, no podemos —afirmó el cura y aplastó su pelo hacia atrás con las dos manos—. Voy… voy a ver qué hago, tordo.
—Gracias, Padre. Cuente conmigo en lo que lo pueda ayudar.

A la mañana siguiente Paloma abrió la puerta de su casa y lo encontró al padre Gustavo vestido con largas estolas y rosarios y biblias. “Vamos a exorcizar al Moneda, Paloma. Usted se queda en la cocina”. Y pasaron el padre, Curuchet, el Negro y el gordo Sinetri. Rodearon la cama del Moneda, el gordo Sinetri a la derecha y el Negro a la izquierda. Curuchet se quedó en la cabecera de la cama con el cura. El silencio parecía mezclarse con la humedad rancia y la penumbra pintaba de un ocre verdoso las caras de los visitantes.

—¡Quién está adentro del Moneda…! —dijo fuerte y contundente el padre— ¡Quién está…!
—¡Traigan Coca! —respondió la voz lúgubre desde debajo de las sábanas.
El cura miró al gordo Sinetri, le hizo un gesto y este sacó una botella de litro y medio de Pepsi, sirvió un vaso y se lo acercó. El Moneda se levantó como eyectado de la cama y cuando besó la bebida una nube de vapor estalló de sus poros como una plancha, y un alarido penetró los tímpanos de los presentes. “¡Hijos de puta!” gritaba mientras la cama comenzó a elevarse del piso. El gordo Sinetri dio un paso hacia atrás, la bombita del techo empezó a girar como una boleadora y el ambiente se perfumó de azufre y provenzal.
—¡Quién está adentro del Moneda! ¡Dí tu nombre! —dijo fuerte el cura— ¡Dí tu nombre especímen oscuro de las profundidades de todo lo que es malo y feo! ¡Dí tu nomb…!
—¡Bueno! Bueno… —contestó la voz, y la cama aterrizó serena, y la bombita quedó girando con el envión—. Pero vamos a hacerlo bien. Traigan una ouija.
El cura y los tres colaboradores se miraron.
—No tenemos ouija, decinos tu nombre. Tenemos más de un litro de Pepsi tibia todavía.
—¡Pero pongan ganas! —gritó un poco en falsete la intensa voz gutural que salía del Moneda—. ¡Busquen papeles donde haya letras, algo!

Paloma trajo algunas etiquetas de las cervezas vacías que el Moneda coleccionaba desparramadas en el patio, las desplegó sobre una mesita de fórmica y puso un botón.
—Decinos tu nombre —ordenó el padre.
El botón temblaba en el lugar, todos lo miraban con suma atención, el botón seguía contenido de una fuerza invisible, todos lo miraban, hasta que la voz volvió a hablar.
—Faltan letras. ¡Busquen algo con “F”, la puta que los parió!
Consiguieron una etiqueta de cerveza Santa Fe y el botón salió disparado hacia la F, después voló hacia la “I” de Quilmes, y regresó a la “F” de Santa Fe, y volvió a la “I” de Quilmes, pisó la “L” de la misma etiqueta, regresó a la “I” anterior, y aterrizó finalmente en la “N” de Santa Fe.
—¿Falcon? —preguntó el Negro.
—¿Falcon? Negro, necesitás anteojos, pelotudo, Escribió “Fileninenin” —dijo Curuchet.
—No, escribió “Filinenin” —dijo el cura.
Un rugido frío e inmenso copó el ambiente y todos se agacharon un poquito del susto.
—¡Inútiles! ¡Va de nuevo.
Y otra vez el botón fue de acá para allá entre las dos etiquetas.
—“Filifilín” —aseguró el gordo Sinetri.
—Para mí que decía “Finifini” —dijo Curuchet.
—Moneda, hacelo una vez más pero más despacio —pidió el padre.
—¡Fifilín es mi nombre! —tronó harta la voz de muerte y frío.
—¿Fifilín? ¿Pero qué nombre es ese para un demonio?
—Claaaro, los señores querían que un demonio con glamour viniera hasta su pueblito de mierda a quedarse en este despojo humano, ¡pero por favor! Soy Fifilín y ahora quiero mi Coca.

El cura bajó la mirada al piso.
—Padre, ¿le pasa algo?
—Es que no soy exorcista, Negro, necesito encontrar alguna manera de recuperar al Moneda, se nos cae el equipo…
Otra vez el silencio lo llenó todo mientras Curuchet y el Negro miraban con visible desagrado al gordo Sinetri que picaba unas galletitas verdosas que parecían petrificarse en la mesita de luz.
—Bueno, ya sé —dijo de pronto el cura—. Decile a Paloma que le traiga la Coca. Voy a intentar otra cosa.

 (Continuará…)

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Silencio Blanco