Manteca: «La cabina»

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En la cabina de la camioneta que el doctor Giménez había facilitado al grupo iban a ir sentados el cura en el volante, la Norma y Fifilín que lloró desconsoladamente cuando le dijeron que viajaría en la caja. Decía que si bien él no tenía problemas, el Moneda moriría por tener disfuncional el órgano que le suministraba temperatura al cuerpo.

— ¿Cuál es el órgano que le suministra temperatura al cuerpo? —preguntó Curuchet.
— El riñón, creo —dijo el gordo Sinetri.
— Qué mal augurio, Gordo, saber que ese será el tenor de las boludeces que vas a decir en el viaje.
— A ver, profesor Curuchet, ¿cuál es entonces el órgano que suministra temperatura al cuerpo?
— No sé, pelotudo. Esa es la misma pregunta que hice yo, solo que sé perfectamente que el riñón no es.
— Lo de pelotudo estuvo de más.
— ¡No, vos estás de más, Gordo forro!
— Basta —dijo el cura mientras revisaba el aceite de la camioneta.
— El órgano que regula la temperatura del cuerpo —irrumpió Fifilín— es el pene.
— Ah, claro… —asintió el Gordo.
— ¿Y en las mujeres? —preguntó la Norma.
— También.
— ¡Con razón soy tan friolenta!
— Con el frío de la caja probablemente el órgano se haga gangrena y él muera ya irremediablemente —concluyó Fifilín con las manos en las espaldas y la mirada al piso.
— ¿Y si enrollás el pene del Moneda con muchas vendas? Tal vez aguante más —propuso Curuchet.
— No es mala idea, las momias en Egipto aguantaron mucho tiempo con eso de las vendas —dijo el Negro.
— Es que ya está en un proceso criogénico, el frío que absorbe es tal que se quebraría con solo tocarlo.
— Uh, no puedo sacarme esa imagen de la cabeza. Listo, Fifilín viaja en la cabina —dijo Curuchet.

El Negro, Curuchet y el Gordo Sinetri se subieron a la caja y en la cabina la Norma fue a la ventana, Fifilín al medio y el cura arrancó la camioneta, puso primera y encaró la calle Alem, siguió por España, Belgrano y salió a la ruta.

— Padre…
— ¿Qué, Fifilín?
— ¿Podemos parar en la próxima estación de servicio?

El padre Gustavo lo miró.

— Fifi, acabamos de salir, ¿para qué querés que paremos en la próxima estación de servicio?
— No, es que… —Fifilín la miró a la Norma, lo volvió a mirar al cura y dijo con voz más baja—. Es que tengo que ir al baño.
— ¿Fifilín, no fuiste al baño antes de salir?
— ¡Es que tomé mucho mate, Curuchet cebaba compulsivamente!
— Paramos acá y hacés en la banquina.
— No…, no puedo en la banquina.
— ¿Por?
— No me sale, no sé, me cuesta. ¿Podemos parar en la próxima estación de servicio?
— Fifilín, paro acá y meás en la banquina. ¡Y no jodas más, querés!

La camioneta se detuvo, se bajó la Norma y enseguida Fifilín. “No mires” le dijo a la Norma y se puso de cuerpo gentil al paisaje, de espaldas a la camioneta.

— Fifi, manejalo con cuidado —le dijo el Gordo—, si se te parte el cosito me desmayo. Soy muy impresionable.
— Yo no te ayudo a buscarlo —dijo el Negro.
— Shhh… —chistó Fifilín.
— Callense que lo desconcentran —dijo el cura abriendo la ventana.
— Shhh…
— Nadie está hablando, Fifi —dijo Curuchet.
— Shhh…
— Cierto que es un demonio, debe escuchar voces —dijo el Negro.
— Che —dijo Fifilín— hagan “shhh” que no me sale.
— ¡Basta! —dijo el cura bajando de la camioneta—. Fifilín, subite que nos vamos.
— ¡Padre, no aguanto más!
— ¡Mentira! Y aunque no aguantes más subite y meate encima.
— ¡Ahí sale! ¡Ahí sale! —dijo entusiasmado Fifilín.
— Bueno, dale, terminá.

Hacía frío, un viento soplaba y en la caja se frotaban las manos humeando sus narices. El viento silbaba bajito cuando embolsaba las plantas en la nublada mañana. Todos quietos, todos mudos. Reinaba cierta calma hasta que se volvió a escuchar muy bajito “shhh…”.

— ¡Fifilín, la puta que te parió! ¡Subite, vamos!
— ¡Padre…!
— ¡Padre nada! ¡Subite o te dejo!

La Norma bajó y enseguida se subieron los tres y arrancaron.

Los árboles y las plantas pasaban ligeros bajo la mirada adormecida de la Norma que apoyaba su cabeza en la ventanilla. Atrás los tres hombres estaban hechos un bollito y solo el Gordo Sinetri no ocultaba su cara entre las rodillas por el inconveniente de su panza y miraba con la nariz violeta la ruta alejarse detrás. El cura tenía clavado sus ojos en el pavimento mientras los guiones de pintura blanca parecían ser deglutidos por la trompa de la camioneta.

— Qué macana el ruidito ese, ¿no, padre?
— ¿Qué ruidito?
— Ese ruidito que hace el motor cada vez que baja el cambio en las curvas.
— No escuché ningún ruidito…
— Ahí viene una curva, preste atención.

Al bajar el cambio para agarrar la curva un “plactrack” se escuchó con claridad.

— ¡Epa! ¿Y eso?
— Es un ruido muy común cuando el engranaje de la caja no se acomoda naturalmente al engranaje propuesto por la palanca. Debe tener gastados los dientes.
— ¿Estás seguro?
— Bueno, puedo equivocarme, pero el ruido es muy parecido.
— ¿Y vos cómo sabés eso?
— Mi condena en el infierno fue, en gran medida, por mis años de trabajo en un taller mecánico.
— ¿Eras mecánico?
— Sí, dental. Pero me gustaron siempre mucho los autos y trabajé muchos años en una concesionaria haciendo los service. ¡Qué manera de divertirme, por favor…! Pero bueno, la cuestión es que ese ruido es de la caja. Tal vez lleguemos bien, pero es muy probable que… —el cura volvió a bajar el cambio tomando otra curva y se volvió a escuchar con claridad el “plactrack”— …ese diente se parta. Nos lo está avisando.
— Y ¿podés arreglarlo?
— Sí, pero necesito algunas herramientas.
— Acá hay una caja… —el cura volvió a disminuir la velocidad ante una inminente curva.
— Sí, pero son herramientas más sofisticadas. Tal vez si paramos en la próxima estación de servicio…

El cura bajó el cambio y volvió a escucharse “plactrack”.

— ¡Fifilín movió la boca! —gritó la Norma— ¡Hizo el ruido con la boca!
— ¡Mierda, Fifilín! ¡Hiciste todo esto para que paremos en la estación de servicio!
— ¡Es que me meo, padre! ¡Que alguien me entienda! ¡Que alguien me ayude!
— ¡Bueno, terminala, pelotudo! En la próxima estación de servicio paramos así no jodés más. ¡Pero más vale que hagas el pis de todo el día porque es la última vez que paro para que mees!
— ¡Gracias, padre! ¡Gracias! No voy a molestar más, se lo prometo, ¡se lo juro!

A los veinte minutos de andar se divisó el cartel en alto de una estación de servicio. Llegando el padre dio dos golpes en la ventana trasera y los tres hombres de la caja visiblemente congelados se movieron como larvas saliendo de sus huevos. La camioneta entró y se detuvo en el estacionamiento.

— ¿No va a cargar nafta, padre?
— ¡Si acabamos de salir, Fifilín! Tenemos el tanque lleno, andá a mear. Ustedes bajen de la caja y pídanse un café con leche hirviendo a ver si vuelven a la vida.

Se sentaron en una mesa dentro de la cafetería pintados de la blanca luz de aquella mañana nublada mezclando el vapor de sus narices heladas con el de sus cafés calientes. Nadie hablaba, el cura miraba por el ventanal, los pasajeros de la caja miraban sus cafés agachados con sus manos en el asa de sus tazas, la Norma también disparó su mirada por la gran ventana y Fifilín dejaba ya su taza vacía reclinándose hacia el respaldo de la silla.

— Qué raro está el tiempo —dijo el cura por lo bajo, con sus ojos clavados en el paisaje invernal—. Hasta hace unos días hacía calor…
— Sí —dijo la Norma—, y hoy hace un frío memorable.
— Sí… memorable…

El silencio reinaba y una modorra matinal flotaba en el aire. Los minutos se quemaban casi sin advertirlo hasta que el cura miró el reloj.

— Uy, hace casi una hora que estamos acá… Pucha, no me di cuenta, se nota que estamos cansados. ¡Vamos!
— Vamos —dijeron uno o dos en la mesa.
— Voy al baño y vamos —dijo Fifilín.
— ¿Otra vez? —preguntó el cura.
— No, no… No fui todavía. Es que me quería tomar un café también.
— ¡Pero hace una hora que estamos acá! ¿No fuiste todavía?
— Ya voy, vayan yendo que ya voy.
— No, no… No vas. Ya me calenté. No vas nada —decía el cura mientras, mirándolo fijo, pasaba entre los bancos dirigiéndose hacia él.
— Padre, calmese… recuerde la homilía del domingo, padre… Padre, a buen entendedor pocas palabras, padre… —decía Fifilín mientras retrocedía.

Cuando el cura se liberó de las sillas comenzó una carrera imparable hacia Fifilín que corría desencajado arrastrando bancos y mesas tras de sí para obstaculizar la persecución. “¡Me quieren matar! ¡Me quieren matar!” gritaba el espíritu posesivo hasta que abrió la puerta y se perdió por una veredita que llevaba al baño.

En la camioneta el cura se detuvo antes de entrar.

— Fifilín no viene más adelante. ¿Quién quiere pasarse adelante?
“ Yo, padre, yo, yo…”, todos gritaban y levantaban la mano.
— Padre, yo cebo muy buenos mates —dijo el Negro.
— ¡Padre, yo conozco las señales de tránsito!
— Yo también sé las señales de tránsito, Curuchet…
— ¡Sí, pero yo también interpreto las que están baleadas!
— Padre, yo no me canso de cantar y hago buen ritmo con las palmas… —dijo el Gordo Sinetri.

El cura miró esa patética escena y bajó los ojos apenado por lo crudo que se sentiría viajar en la caja con el frío que estaba haciendo.

— Padre, tráigalo al Negro a la cabina que necesito si órgano suministrador de temperatura, me estoy cagando de frío…
— Negro, adelante. Norma, ni se te ocurra echar mano al órgano del Negro.
— ¡Padre, dígaselo a Dios! ¡Pregúntele por qué puso nuestro órgano de temperatura fuera de nosotras mismas!
— Si siguen hablando boludeces me van a hacer calentar… —dijo el cura subiéndose a la camioneta.
— Qué fácil es para usted… —dijo la Norma mientras subía con el Negro a la cabina.

La camioneta arrancó y de atrás le daban golpecitos en el parabrisas trasero. “¡Padre, falta Fifilín!”. La camioneta salió a la ruta y comenzó a hacerse más chiquita a medida que el sonido de la aceleración del motor se agudizaba y se sentía más lejos. A un medio kilómetro se vio una nube aparecer esporádicamente en la caja de la camioneta y el reaparecido Fifilín se tiró enseguida hecho un bollito con los otros. La camioneta dobló en la curva y todo volvió a ser el paisaje de siempre.

(Continuará…)