Manteca: «Lo vamos a encontrar»

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Mientras Paloma le servía su vaso de Coca al espíritu que habitaba en el Moneda Bermúdez el padre Gustavo carraspeó y empezó a hablar.
—Oíme, Fifilín. La verdad que el problema no es con vos. Todo lo contrario, hasta te diría que lograste hacer al Moneda un poco más interesante que antes. Paloma al menos lo tiene en su casa, ella misma lo dice —Paloma se apareció por el umbral de la puerta con una sonrisa entusiasmada—. El problema es que resulta que el Moneda, así como lo ves, es un gran goleador. Un muy buen delantero. Nosotros le dejamos las sobras en la puerta para tenerlo alimentado porque lo necesitamos para un partido muy importante que se va a jugar en unos meses. Hace ocho años que nos vienen ganando y esta vez nos lo tomamos a pecho. El intendente facilitó un terreno para las prácticas, compramos tres pelotas de cuero, entrenamos periódicamente, y cuando la cosa empezaba a funcionar…

—Llegué yo —dijo Fifilín desde el cuerpo del Moneda.
—Exactamente.
—Quiero Coca.
Paloma le volvió a acercar un vaso, “Acá tiene”, agregó gentil.
—La cuestión es que podemos llegar a un acuerdo. Nosotros solamente lo necesitamos al Moneda para las prácticas y para el partido. Pero mientras tanto vos hacés lo que quieras.
—Y si no se me pinta la puta gana de hacer eso, ¿qué pasa?
El cura endureció la pasiva expresión de su rostro.
—Va a pasar que voy a tener que ir a hablar con el intendente para que haga una reunión excepcional con los encargados del partido para que se junten con los comerciantes y distribuidores de la comuna y prohíban la entrada de una mísera Coca Cola al pueblo nunca más. Solo eso.
—Y ¿no van a llamar a un exorcista?
—No, Fifilín.
—¿Por qué?
—Porque es un quilombo, el exorcista tiene que diferenciarte a vos del Moneda y eso solo ya le llevaría meses, y todo para qué, ¿para sacarte del Moneda? Si la Paloma está contentísima con que estés acá —La paloma jugó con un repasador que tenía en sus manos y sonrió avergonzada—. Es la primera vez que en esta casa hay más de dos personas sin que esté presente un juez o un comisario.
—Puedo ponerme muy malo…
—Para malo tenemos al Bufoso Quinetti, y siempre vamos a preferir a malo conocido que a malo por conocer.
—Sí —dijo el Negro—, cuando anduvo por acá el jodido de Filiberti se terminaba haciendo amigo de los que secuestraba porque nadie contestaba sus pedidos de rescate. Por más maldades que hacía todos siempre estábamos cuidándonos del Bufoso. Se fue del pueblo aburrido y sin una multa de tránsito siquiera. Algunos todavía lo extrañan al Filiberti, hacía muy bien el matambre con queso.
—Además le tenía miedo al Bufoso —agregó el gordo Sinetri.
—No lo invoques que aparece —dijo el cura.
—¡A mí es al que no tienen que invocar —bramó Fifilín—! ¡Me extraña de usted que es sacerdote!
—Bueno, Fifilín —agregó el padre Gustavo—, te dejo la inquietud.
—Quiero Coca.
—Esta es la última botella, disfrutala, Fifi.

De pronto las luces se apagaron, con un sonido crujiente se levantó la persiana y las ventanas se abrieron de par en par haciendo flamear las cortinas. Un viento fuerte entró al dormitorio y levantó la polvareda de años de impunidad sin una escoba. El ambiente se volvió turbio, una risa siniestra copó el lugar. El viento se hacía oir.
—Jajaja, ¡soy Fifilín y ya van a conocer mi furia!

La lamparita del techo rebotaba como un tiki-taka sin romperse contra el cielorraso gracias a la capa de décadas de frituras que la embadurnaba, las fotos de las paredes giraban como enloquecidas…
— ¡Che, allá! —gritó el gordo Sinetri que estaba al lado de la ventana.

— ¿Qué…? —preguntó el cura tapándose la cara contra el polvo revuelto.
— ¡La camioneta del Bufoso!
— ¿Viene para acá…?

Una ventolera más poderosa volvió a entrar por la ventana y hasta las puertas del ropero se parecían a las palas de un molino yendo y viniendo en un aplauso seco de madera.
—¡Soy Fifilín! —gritaba la vez gutural y rasposa del espíritu—. Si no me ha…
“¡Shhh!”, chistó alguien cerca del Moneda y el viento se detuvo de inmediato. Todos se quedaron agazapados en la oscuridad, se podía escuchar la camioneta con su clásico sonido de monedero suelto producto de rulemanes que maldecían su suerte.
—Fifi —dijo en voz baja el gordo Sinetri—, cerrá la ventana despacio, si la ve abierta viene.
Demoró dos o tres segundos y la ventana comenzó a cerrarse lentamente. El sonido de la camioneta se acercaba y pareció que disminuía la velocidad.
—¡Dejala quieta! ¡Dejala quieta! —imploró el gordo y la ventana se detuvo.
—¡Qué carajo querés que haga! Me acabás de decir que la cierre… —dijo en un susurro rasposo Fifilín.
—¡Shhh! —chistó el cura.

La camioneta disminuyó la velocidad y ahí notaron los ruidos de la cocina. Paloma seguía haciendo cosas con la luz prendida.
—¡Paloma, apague la luz! —la alertó el padre Gustavo en un grito sin voz— ¡El Bufoso! ¡Viene el Bufoso!

La camioneta siguió disminuyendo la velocidad hasta que quedó detenida frente a la casa con el motor regulando.
“¡Paloma…!”,  pero Paloma parecía no escuchar los murmullos histéricos. La puerta de la camioneta se cerró con un golpe de chapa suelta y se escucharon las inconfundibles botas del Bufoso taconeando el terrorífico malambo de los latidos del corazón. “Tac, tac, tac, tac…” las botas se imponían ante cualquier segundero mientras avanzaban por el camino de cemento que llevaba a la puerta de entrada del Moneda.
—¡Les dije que no lo invocaran, pelotudos! —susurraba con rabia el cura—. ¡Viene para la casa!
Los pasos se escuchaban cada vez más cerca, era evidente que se acercaba a la casa.
—Fifi, ¿podés hacer algo? —preguntó Curuchet.
— ¿Algo como qué?
—No sé, matarlo.
— ¡Cómo lo vas a matar! —lo reprendió el cura.
— ¡Pero Fifilín ya está en el infierno! ¡Él lo puede hacer!
— ¡Basta! Fifilín, ¿podés asustarlo? —le preguntó el cura.
— ¿A quién?
— Al Bufoso.
— ¿A dónde?
— ¿Cómo a dónde, Fifi? ¡Acá! ¡Al Bufoso…!
— ¿Asustarlo cómo?
— ¡La puta madre, Fifi, sos un cagón!

“Toc, toc”, se sintió en la puerta de la cocina. “¡Paloma…!”, intentó advertirle el cura en un grito silencioso, pero ella continuó su camino hacia la puerta. Y abrió.
— Buenas noches, Paloma.
— ¡Ay, pero qué linda sorpresa, Bufoso! No lo esperaba hoy por acá.
El Bufoso entró y se sentó en la mesa.
— Dígame que hoy tiene milanesas, Paloma.
— Pero si le digo que no sabía que venía por acá, ¿por qué no me avisó y se las preparaba? Hoy tengo albóndigas, pero ya va a ver que le van a gustar. Anímese, espere que ya le sirvo.
— Pero tengo antojo de milanesas, Paloma.
— Ayayay, Bufosito… Me come las albóndigas hoy que mañana le preparo las milanesas…
El Negro y Curuchet en cuclillas miraron al cura con los ojos desorbitados. La luz amarilla les iluminaba parte de sus rostros y el único sonido que continuó a ese diálogo bizarro fue el de un tenedor y un cuchillo sobre el plato.
— Estaba muy rico, Paloma.
— ¿No querrá que le haga alguna otra cosita? —preguntó Paloma mientras se levantaba la falda para limpiarse las manos dejando en exposición dos gruesas columnas de carne veteadas con moretones púrpuras y raspones terracota.
— Mañana vengo por las milanesas, Paloma —dijo el Bufoso mientras se levantaba de la mesa y enfilaba para la puerta.
— Mañana lo espero…

Los pasos se alejaron y al portazo de la camioneta le siguió el lastimoso trabajo de aquel motor poniéndose en movimiento. La primera sonó como un palazo y la camioneta comenzó a alejarse lentamente hasta perderse bajo de los coros de los grillos.
— Con razón Paloma está contenta con Fifilín… —susurró Curuchet— ¡Le cocina milanesas al propio demonio!
— ¡Peor! ¡Le dice que se banque las albóndigas esas que parecen hechas con hígado de perro!
— Paloma —dijo el cura entrando a la cocina—, ¿usted es amiga del Bufoso?
— ¿Amiga…? Este… sí, somos amigos —dijo y los domos de sus cachetes se colorearon pudorosos.
— Paloma, no me diga que usted y el Bufoso…
— Ay, no, padre. Si mis pecados usted ya los conoce, son los de siempre. Solo que a veces tengo así, como ganitas de que el Bufoso me dé letra para confesarme algo nuevo…
— Pero el Bufoso es malísimo, Paloma… —dijo Curuchet que todavía estaba en cuclillas con el Negro.
— ¡Qué va a ser malo! Si a ese hombre le falta cariño, pobrecito… ¡Tst! ¡Qué van a saber ustedes…!
— Yo también necesito cariño… —se escucho que decía la voz cavernosa de Fifilín desde la cama del Moneda—. Quiero Coca.
— Yaaa le llevo su Coca, don Fifilín. No se me ponga así…
Paloma sonreía rebosante mientras el Negro empezó a tener náuseas producto de los nervios que acababan de vivir. El padre Gustavo se acercó a la puerta del cuarto del Moneda.
— Fifi, pensá sobre lo que hablamos o esta es la última botella de Coca que vas a tomar con el garguero del Moneda.
— Padre, hablemos de la caridad, de la otra mejilla… —dijo Fifilín, pero el cura giró y se alejó del cuarto— …hablemos de la oveja descarriada, de no contestar con violencia…
El padre abrió la puerta de entrada y un viento suave y frío lo obligó a respirar hondo.
— …¡Padre, dónde quedó la lectura del buen samaritano…!

Afuera los grillos aturdían y la noche parecía estar más viva que nunca. Un cielo azúl oscuro se derramaba inmenso sobre su cabeza. Curuchet, el Negro y el gordo Sinetri salieron detrás suyo.
— Padre, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó el Negro—. Fifilín no nos va a ayudar.
— Ahora… —el cura respiró hondo y enfrió un poco más sus pulmones ardientes aún por el oxígeno quemado de la casa del Moneda— vamos a ver cuánto aguanta Fifilín sin tomar Coca. Y si Fifilín no nos ayuda vamos a tener que salir a buscar un nuevo delantero.
Y se dio vuelta, y los miró. Y sonrió.
—Vamos a ir a buscar un delantero a donde sea, vamos a ir pueblo por pueblo, y lo vamos a encontrar. No se preocupen, lo vamos a encontrar… No vamos a perder este partido.

 

 

(Continuará…)

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