Manteca: “¿Lo vieron a Manteca?”

La gente del bar salió a la calle y agolpándose lo miraban. Algunos se mojaban enteros, otros solo la cabeza que asomaban por la ventana. El que no se mojaba era el hombre de galera y capa bordó que los miraba de pie en el camino de tierra, sin barro ni humedad aparente.
—¿Manteca? —preguntó el cura levantando el mentón de entre las otras cabezas curiosas que lo antecedían.
—¿Quién me llamó? —preguntó en voz baja y con desgano; el cura se abrió paso entre los curiosos.
—Manteca, qué tal, soy el padre Gustavo y él…, bueno, el pelado este de atrás… Vení, Tordo…, córranse, déjenlo pasar… Él es el doctor Giménez. Nosotros lo llamamos, Manteca.
—¿Ustedes lo llaman Manteca al doctor también?
—No, disculpe, no me expliqué. Él es el doctor Gimenez, y punto. Le decimos Tordo pero porque cualquier otro sobrenombre sería ofensivo —el doctor Giménez lo miro indignado—. Pero después agregué que él y yo lo llamamos a usted, Manteca.
—¿Qué ustedes me llamaron Manteca? ¿Cuándo? ¡Si yo no los conocía…!

El cura sin cambiar su media sonrisa giró y miró la cara del doctor. También tenía una expresión congelada. El cura miró más atrás, como buscando a alguien que le diga que era todo un chiste, que ya está, que hablen de lo que hay que hablar… pero no. Nada. El cura se volvió a Manteca.
—Digame una cosita…, Manteca…, ¿usted tiene galera y capa, no se moja debajo de la lluvia, y es tan pelotudo? —La cara de Manteca se transformó, el tordo abrió los ojos—. Porque con Fifilín ya tenemos para escuchar pelotudeces por la eternidad. Y lo digo literalmente, vaya infierno… Otro nabo vestido de mozo creo que es suficiente.
—¿Usted me está hablando a mí?
—Si hacía falta una constatación de que usted es un pelotudo, era esa pregunta. Muchas gracias.
El cura se metió dentro del bar ante el silencio sepulcral de todos los presentes y salió antes del minuto con el suéter, bajó tres escalones de piedra hasta la vereda mojándose con la lluvia, y de un saltito esquivó un charco. Pisó otro más profundo. Puteó más largo pero de espalda y el murmullo de sus palabrotas se empezó a alejar como un tarareo conocido. Cuando estaba en la mitad de la calle la gente vio a Manteca acercarse hasta él, y el cura, ante los ojos de todos, quedó seco. La calle… seca. Su pantalón embarrado era ahora un pantalón roñoso, pero seco. El cura lo miró con los ojos sobresaltados.
—Pero… Pero ¿qué es ese olor asqueroso…?Lo vieron a Manteca 2
—El secreto de estar seco bajo la lluvia es una combinación de gases que se generan comiendo algunas cosas y aguatando las flatulaciones para que todo eso… para que todo eso salga por los poros.
—Pero ¡Pordiós! ¡Es irrespirable!
—Si usted también lo come no lo siente. Créame, es como el ajo, si uno va a comer ajo, tienen que comer todos. Pero mire… ¡Camino y no me mojo!
—Pero ¡vaya a bañarse, hombre! ¡Vaya a mojarse todo lo que pueda!
—Hasta que no fermente todo no me puedo bañar, ¡es que el agua me escapa, padre…!
—¡Haga lo que quiera pero aléjese de mí!
—Me siento rechazado, padre…
—¡Lo estoy rechazando! ¡Váyase! ¡Vayase de acá! ¡Váyase del pueblo! ¡Váyase a la puta quelorremil parió!
El cura se quebró y le brotó un hartazgo que no era solo con Manteca, era el cansancio de tanto camino, de tanta búsqueda, y de tanto pelotudo impune. No hubiera sido más que un momento de tensión si no hubiese alcanzado rápido el palo de un cartel viejo del almacén y le cruzase un cartelazo que le voló la galera al Manteca.
—¡Padre, usted es Barrovas, es Barrovás de líbero…!
—¡Barrabas, la concha de tu madre! —se le escuchó gritar al cura ya alejándose en la corrida ligera que los dos habían emprendido. Para desgracia de Manteca, su hedor secaba el camino tanto para él como para el cura que estaba a un metro. El segundo cartelazo en la cabeza lo hizo revolcarse como un carretel de madera sobre el barro que, sorprendentemente, no se secó.
—¿Por qué no se seca el barro…?
—Me asusté mucho, padre… No pude aguantar… Mejor vaya, vaya y díganle a las personas del pueblo que no salgan de sus casas por unas horitas. Yo limpio todo y les aviso…

 

—Tordo, estamos perdidos —dijo el padre Gustavo mientras movía en círculos su vaso de vino con la mano—. Manteca es nada, es un pelotudo pintoresco, alguien que te altera…
—Padre, yo no sé a qué olía pero…
—¡Olía a nadar perrito en un pozo ciego lleno de mierda! ¡Era imposible no desear que un alud de barro y agua lo entierre para siempre y Dios vuelva a amarnos! ¡Que un volcán lo purifique como el crisol al hierro…!
—Pero, padre… ¿Y si él tuviese la pelota? ¿Quién se la sacaría…?
—¿Eh…? —el cura lo miró al doctor sorprendido.
—Claro, no creo que Manteca sea tan pelotudo como usted cree…
—No, no, de lo pelotudo que es no tengo duda, pero ¿cómo fue eso de la pelota?
—Claro, si él huele así con la pelota, ¿quién lo…
—…marca? —dijeron los dos al mismo tiempo—. Tordo, ¡sos un genio! ¡Tenés razón! Te prometo que no podés estar con ese hijo de puta cuando ni la lluvia lo toca, palabra, ¡te lo digo de verdad! ¡Sos un maestro…! ¡Ey! ¿Se habrá ofendido? Tenemos que buscarlo, tordo. Le voy a pedir perdón de rodillas. ¡Que no se nos vaya!

Los dos salieron en la camioneta del doctor a recorrer las calles preguntando por él.
—¿Lo vieron a Manteca?
—Sí, lloraba con un té y unas tostadas en la cocina de la Gabriela.
—¿Lo vieron a Manteca?
—Sí, se lamentaba en un murmullo cerquita de la oreja de la Jacinta, allá cerca del corralón abandonado.
—¿Lo vieron a Manteca?
—Sí, lo vi en la farmacia comprando preservativos mientras el farmacéutico le pedía que no vuelva muy tarde con su hija.

—Padre, ¿qué está pasando?
—No sé, esto es rarísimo. Te digo que el tipo tiene un olor repugnante, no sé cómo consigue conversar, no digo con una mina, ¡con el farmacéutico!
—Sí, el tipo se sube al auto y tira formol en aerosol.
—¡Cuando viene a confesarse me llama antes para que me lave los dientes!
—Igual no sé dónde puede andar este Manteca. Todos lo ven menos nosotros que no lo podemos encontrar.
—Bueno, empecemos a correr la bola de que lo estamos buscando, que nos venga a ver.

—¿Lo vieron a Manteca?
—Sí, estaba con la Micaela, la que no puede tener hijos, porque él dijo que tiene un método que la podía ayudar.
—Si lo vuelve a ver dígale que lo estamos buscando.
—Sí, padre.
—¿Lo vieron a Manteca?
—Estaba con esa Cecilia, la de la enfermería, porque sentía que no le entraba el aire, que si le podía aplicar un medio de primeros auxilios a su problema.
—Si lo vuelve a ver dígale que lo estamos buscando.
—Sí, padre.
—¿Lo vieron a Manteca?
—Sí, lo vi en el probador de la tienda de ropa de la Marcela, viendo de comprarse corpiños y bombachas, o al menos eso es lo que se ve colgar del probador…
—Si lo vuelve a ver dígale que lo estamos buscando.
—Sí, padre.

 

Pero el tiempo pasaba, pasaron dos días, tres, y Manteca se dejaba ver por todos lados para todos menos para ellos. “Lo hace a propósito”, decía el doctor, pero el cura le decía que no había tanto intelecto en esa galera como para hacer a propósito estrategias de tanta sofisticación.
—Tordo, no tenemos opción. Creo que vamos a tener que usar la estrategia que estamos evitando desde hace días.
—Es que no sé si es bueno hacerlo…
—Yo tampoco, pero no quiero llegar a las dos semanas con este juego de las escondidas.
—Pero, padre…, es que no sé si es la mejor opción…
—Vamos, tordo.
—Padre…
—Vamos, todo va a salir bien.

Estacionaron y bajaron caminando lento, como quién no sabe si quiere llegar hasta la puerta. Parados del lado de afuera del umbral de la puerta cerrada se miraron con reales dudas, pero ya estaban ahí. Incluso el cura miró loa camioneta pensando si volver, pero el doctor lo tomó del brazo y él mismo dio dos golpes a la puerta. Tal vez por querer escuchar los pasos interiores es que después de golpear los dos hasta respiraron más despacio, y el viento se hizo notar manoseándose con las ramas de los árboles de la calle, y el tordo se abrochó el saco, estaba más fresco de lo que pensaba, y un perro ladró lejano, en alguna parte audible de la provincia, y unas calandrias…
—No hay nadie, tordo.
—No puede ser, tal vez se f…
Y la puerta de pronto se abrió suavemente hasta quedar totalmente girada.
—Me imagino que traerán la paga…
—Seis Cocas de dos litros, Fifi.
—¡Jajaiii! ¡Nunca lo había visto tan desesperado, padre! ¡Venga al cuarto!
Los dos entraron a la oscura y húmeda habitación y lo encontraron en la cama a Fifilín.
—¿Y Paloma?
—De luna de miel con la Bestia. ¿En qué los puedo ayudar, queridos amigos?
—Oíme, Fifi, estamos buscando a un tipo que llegó al pueblo hace una semana y pico, no sé si supiste…
—Un hombre de Galera y capa bordó —dijo el doctor.
—Sí, el tipo llegó cuando el último día de las lluvias y yo lo v…
—¿Capa y galera coloradas…?
—Bordó —aclaró el doctor—, más color sangre.
—Claro, sí…, bordó… ¿Terracota…?
—¿Lo ubicás, Fifi? —preguntó el cura.
—¿Al tordo? ¡Claro que lo ubico!
—No, al tipo de capa y de galera.
—Por estas casualidades del destino… yo les pregunto… ¿acaso no tiene también moño…?
—Bueno, sí… —contestó el doctor.
—Y si usa moño, ¿qué pasaría si cuando me preguntasen por él agregasen esta indumentaria como complemento de su nombre…?
El doctor miró al cura que bajó los ojos al piso batiendo a ambos lados la cabeza.
—No entiendo qué querés decir, Fifi.
—Claro, que ¿qué pasaría si en lugar de decirme “el de capa y galera”, no agregasen el moño a su descripción?
El cura hizo silencio y lo miró al doctor.
—Usted estudió, tordo…
—¡Usted también, padre! ¡Además no es apropiado que yo me ande conversando así como así con almas del infierno!
El cura miró a Fifilín.
—A ver: el de galera, moño y capa.
—Tibio, padre.
—El de galera y moño, sin capa.
—¿Sin capa?
—¿Qué quisiste decir con tibio, Fifi?
—Que anda cerca, padre.
—Ah… el de capa, moño y galera.
—Mmmnop, pero andamos por ahí.
—El de moño, capa y galera.
—¡Exacto! ¡Usted lo dijo, padrecito! Y claro que lo conozco…

 

 

(Continuará…)