Manteca: «Todas las mujeres del pueblo»

—¿Entonces conocés a Manteca, Fifilín?
—Sí, padre. Lo he visto varias veces.
—¿Y decís que es un demonio?
—Lo he visto en el infierno… —y su voz se fue perdiendo en un aliento casi inaudible.
—Padre, no podemos tener un equipo de demonios. ¡En la Biblia dice que el mal nunca triunfa!
—Tordo, Si metemos al Tano Rilotti… ¿no compensará?
—El Tano… ¡Es más bueno ese…! Pero no sé si es un ángel…
—El que es un ángel es el Tarugo Zubillaga —dijo Fifilín.
—¿El Tarugo? ¡Pero si el Tarugo afana chocolates en el quiosco de Telma sólo para no perder la costumbre! ¡Qué va a ser un ángel ese!
—Se llama Ángel.
—No, Fifi, con el nombre no hacemos nada. ¡Sino con el Moneda pagaríamos los todos los gastos que nos está clavando el Juglar!
—¡Cómo gasta ese hijo de puta!
—Ese es otro demonio. ¡Un potencial demonio!
—Como demonio es una promesa —dijo Fifilín.
—¿Lo contamos como un tercer demonio?
—No, necesitamos dos ángeles para que no representemos a las huestes de Gog y Magog.
—Que pierden —agrego Fifilín.
—Sí, que pierden y quedan cagados por mil años.
—La Rosita es más buena… —dijo el doctor y levantó las cejas y amplió su sonrisa.
—La Rosita es buena, cierto. Pero… es mujer.
—¿Pero de suplente…? Cuenta como jugador.
—Pero, ¡tordo! ¡Cómo vamos a poner a una mina en el equipo! ¡Ellos tienen a Comanche en la defensa! ¡Son una máquina de jugar!
—Es que, justamente, si tenemos que compensar con angelitos van a tener que ir de suplentes porque aunque sean hombres tendríamos que encontrar angelitos hombres que jueguen bien al fútbol y…
—A los hombres deciles “buenos”, no les digas “angelitos” que parecés maricón…
—Padre, pero si estamos buscando con qué compensar a los dos demonios…
—¡Bueno, bueno…! ¡Basta, tordo! Me jode que les digas “angelitos” y listo, ya está. No es tan complicado.
—Está bien.
—Bueno, Fifilín, necesitamos que nos digas dónde está Manteca.
—No, no lo sé, padre.
—Pero, Fifi, ¿no tenés algún poder, una cosa que te permita ver a dónde está?
—Bueno, es que en realidad si él es un demonio pesado, de los importantes, y yo lo ando espiando la puedo pasar muy mal. Peor que el Negro con la Norma.
—¡Perolapúb-tamadre! ¡Tordo, y cómo carajo hacemos ahora para encontrar al Superhijitus este!
—Tal vez no sea tan difícil como parece, padre… Tengo un plan.

 

Aquella mañana el pueblo despertó de madrugada, como siempre, pero con menos gente. Algunas ausencias pudieron observarse en la panadería, en la estación de servicio de la entrada del pueblo, en la barraca… El sol ya asomaba pero faltaba gente por la calle. Recién a eso de las nueve un transeúnte le dijo a otro en una esquina: “¿Podés creer que hoy no me crucé con ninguna mujer?”.

En la plaza al sur de la ciudad todas las mujeres del pueblo habilitadas para salir de sus casas (solo faltaron las que no podían caminar, las ancianas y dos que tenían agorafobia) caminaban por el parque. Tanta hormona junta hicieron que en las oficinas del centro los hombres se pusieran nerviosos y en las esquinas más de uno se trompeara con otro al que no le gustó la cara. La tensión de las hormonas danzando por el viento puso al género masculino en una gran tensión y sin que ninguno se pusiese de acuerdo, poco a poco, los autos fueron llegando a la plaza del sur. Las voces, las risas, los aromas, los perfumes, los hombres bajaban de los autos y lloraban, algunos se colocaban en posición fetal, sedados, mirando a las nereidas divertidas cantando con sus voces finas, riéndose a todo pulmón… Al cura y al doctor Giménez les llamó la atención ver en las calles cercanas, en boulevares de tierra perros simarrones, hacienda contra los alambres, pajaritos en las ramas y un sinfín de animales que seguían llegando para mirar la maravilla florecer a juegos y magia.
—Padre, tengo una calentura…
—Mirá, tordo, hoy hablame de fútbol nomás porque en cualquier momento me voy al pasto. ¿Viste que hasta los animales se acercan?
—Sí, es increíble.
—Es que las mujeres… ¡Por favor…!
—Padre, ¿no quiere que me quede yo nomás y ust…
—¡Callate, tordo!
—Sí, padre.
—Todas están al tanto de que tienen que dar la orden cuando llegue Manteca, ¿no?
—Todas, padre.
—¿Y si alguna no avisa?
—Es que probablemente la que caiga en los brazos de este tipo no avise, pero las otras, aunque sea por envidia, van a avisar.
—Bien.

De pronto entre la multitud de mujeres empezaron unos gritos extraños.
—¿Qué dicen…?
—No sé… Que la Paulita… Que la Paulita se sacó la camisa… Ah, que está en bolas, en bolas en el centro… Que la Andrea se está sacando el pantalón…
—Pero ¿qué carajo pasa?
—Las hormonas, padre. Están en el aire, enloquecen. Ponen a funcionar todos los sistemas del hombre al mismo tiempo, todo se descontrola…
—Tordo, allá, ¿qué hacen esos tipos…?
—¡Están metiéndose entre las mujeres! ¡Son muchos, padre!
—¿Y por qué llevan a Curuchet entre los brazos, así, acostado…?
—¡Lo llevan de ariete, Padre! ¡Quieren penetrar la fortaleza! ¡Van a entrar a la plaza!
—¿Y por qué se ríe Curuchet?
—¡Porque es un muro de mujeres, padre!
—¡Tordo, ese es el primer coito que hay que evitar! ¡Es la cogida madre! ¡El polvo de todos los polvos que se van a dar! ¡Tenemos que detenerlos!
—Padre, es imposible… ¡Las mujeres les abren paso! ¡Entran todos!
—¿Y los que vienen allá lejos con uniforme naranja…?
—¡Padre, vienen del centro! ¡Están en bolas, padre! ¡Esto se nos fue de las manos…!

Un murmullo sordo, como un fierro que se arrastra por el pavimento a alta velocidad copó todo el claro de la plaza y los árboles de alrededor no pudieron devolver su eco habitual. Un olor intenso salía vaporizado en el calor de la muchedumbre y los colores se volvieron pastel, y el murmullo de volvió un balbuceo, ya no se detectaban palabras, y los perros aullaron, y los gorriones trin…

“PAH, PAH, PAHhhh”

Tres disparos quebraron el murmullo total de la multitud tan pronto que hasta se volvió a escuchar la propia respiración. Alguien hablaba en el otro extremo de la plaza y de allá para acá, poco a poco todos volvieron a vestirse. Fue como instantáneo, ya no había ninguna calentura en el aire. El cura y el doctor pudieron ver de cerca escenas de mujeres pegándole un cachetazo a un hombre desnudo porque las miraba mientras se vestían. “Descarado, andarse desnudo por la plaza, puede haber niños…”, dijo una más a la izquierda al Cholo, el de los camiones, que no podía volver a abrocharse el pantalón porque no tenía el calzador para meter la panza para adentro.
—Tordo, ¿no será Manteca el de los disparos?
—¿Usted cree que andará armado, padre? Porque pensé que era mago y demonio nomás…
El cura se acercó a unas mujeres que se acomodaban sus camisas y faldas.
—Disculpen, ¿alguna de ustedes sabe lo q…?
Pero un cachetazo lo dejó mirando para la izquierda.
—¡Descarado! ¡Y vestido de curita, las fiestas en las que andará metido este pervertido!
Sin decir nada se acercó a unos hombres.
—Disculpen, ¿alguno sabe lo que pasó acá?
—Sí —dijo uno largo y doblado—. Acá se estuvo por dar la mejor fiesta del mundo y alguien la detuvo de tres tiros. Anotate con el Tramontina Sotella que estamos haciendo un equipo para encontrarlo y matarlo.
—No, no lo maten. Creo que es Manteca…
—No, querido —dijo uno petiso que miraba fijo el pasto y hacía círculos con su alpargata—, no es manteca, es fiambre ese…
—¿Manteca, el gurú?
—Sí —dijo el cura—, Manteca, el gurú. Si lo matan no vamos a poder levantar el part…
—Padre… ¿usted es consciente de lo que acaba de pasar? Mire, mire cuantos hombres se están vistiendo. Todos están llenos, cargados de su polen, de su combustible, con sus pieles ardientes, brasas que las manos acuáticas de las mujeres, de las miles de mujeres que estaban desnudas en esta plaza, querían apagar, querían sedar, querían apaciguar, querían vaciar, pero que su mantequita cortó de tres tiros… A la mierda Manteca y el partido, padre. ¿Cuántos somos, Tramontina?
—Trescientos veintitrés. Pero allá está llegando la columna de tipos que vino en pelotas desde el centro. Creo que vamos a ser setecientos y algo.
—Setecientos —dijo el largo y doblado y volvió a mirar al cura—. Manteca es del primero que lo encuentre, padre.

 

Y mientras las mujeres se volvían en grupos caminando o en autos hacia sus casas, los hombres se amontonaban donde Tramontina y levantaban los brazos, se montaban unos sobre otros, se pegaban, se gritaban…
—No fue una buena idea, tordo.
—No, padre.
Se empezaron a escuchar cantitos de muerte y el cura y el doctor se alejaron caminando por un sendero lateral de la plaza.
—Pero jamás hubiera imaginado que la Sonia tenía esas tetas… —dijo el tordo mirando el piso.
—¡Qué tetas tenía la Sonia …! —dijo el cura mirando las copas de unos eucaliptus que, lentos, sacudían altas sus melenas copas al viento.

 

 

(Continuará…)

 

TOdas 2