Marianela

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Los perfumes del azar trajeron consigo una primavera tardía, y con ella una flor especial. Distinta. Única. No era simplemente su color, ni el perfume de su piel, no era la mueca de su risa, ni la mirada felina simplemente. Era todo su entorno, era todo en ella, era la energía que manaba con cada palabra, con cada suspiro. Esto no era real, no podía ser real. Intento dirimir entre realidad y fantasía, pensar, reflexionar y a la única conclusión que llego era el verme perdido en el mar infinito de sus ojos, con su sonrisa de costado. Así como un vendaval, como una tormenta de verano, como un aguacero repentino, ella irrumpió virulenta en mi vida, ¿o yo en la de ella?… ninguno de los dos lo sabemos. Sin más, ni menos, sin buscar, sin preguntar, sin motivos.

Nos pensábamos mucho más de lo normal, en un escenario donde nada era común. No nos habíamos visto jamás, pero las palabras se encargaron de tender un puente maravilloso entre los dos, que nos unía tal vez mucho más que mil encuentros. Las palabras… el ejercicio de ellas, los sentimientos volcados en cada letra, la sinceridad expresada en cada oración. Nos habíamos desnudado mucho antes de sacarnos la ropa. Marianela encontró un oído, una palabra, aliento, una mano a la distancia, yo encontré con quién compartir mi costado más íntimo y humano, mi arte… y ambos fuimos condescendidos. Intercambiamos palabras mucho más tiempo que lo habitual, nos pensamos en horas dispares, nos encontramos con una especie de figura hipotética en el inconsciente de alguien real y efímero, tangible pero lejano, vivo pero a la distancia. A una distancia cercana, a minutos de un encuentro, a un mensaje de una cita, pero en realidades distintas, en momentos diferentes, bajo las condiciones de los caprichos de una vida que había decidido que así sea.

Marianela no estaba sola, venía de meses de laberintos enredados, de mochilas pesadas, del caos de una nueva vida, pero no estaba sola. Aunque no había contención a su alrededor, no había más que hermosos cuadros vacíos, satisfacciones efímeras y oídos sordos. De pronto en su tormenta irrumpí como un rayo fugaz, cargado de electricidad, atormentado y repentino, sin pensarlo, ni buscarlo, ni desearlo, simplemente se dio. Entonces se bañó de palabras y se sumergió en textos y pensamientos. Un suspiro en el huracán.

Me pregunté porqué ahora… Marianela dudó de la realidad. Terminamos aceptando que mejor hoy que jamás, que nada en la vida se digita, que el porvenir jamás está escrito y que la única verdad es lo que pasó ayer. Ella se sintió tentada, jamás hubiese dudado de algo así, pero esta vez… esta vez era distinto. Había algo más, y la duda le iluminaba el alma.

En mi vida fue una tregua, un respiro, una hamaca suave sobre un caos vertiginoso que era el mundo. Era un páramo, un valle, un médano florido en el medio de un desierto solitario. Hay una conexión especial entre nosotros, que nos une desde las letras, pero que marca un pulso físico ardiente. Somos fuego… y juntos una hoguera.

Cerraba los ojos y recorría el cielo infinito de sus ojos, los pétalos en su boca, la intensidad de aquella mirada felina, la pasión con que transcurrían sus días, su tenacidad, la valentía con la que afrontaba la vida, la garra y la delicadeza en una misma persona. Como una diosa griega, como una leona, una mezcla perfecta entre sudor y perfume, fuerza y elegancia. Viva, enérgica, apasionada, intensa, fuerte y frágil, delicada, romántica y tranquila a la vez. Una combinación perfecta, letal. Marianela se perdía en un mar de dudas, en preguntas sin respuestas, en alguien que había entrado por un hemisferio distinto, desde un punto diferente, que hoy le hacía vibrar una fibra única, no física ni usual. Quería envolverla en mis letras, recorrer todas las páginas de su libro con la yema de mis dedos, hundirme en lo más íntimo de su poesía, quería verla brillar, verla estallar en colores, verla morder la prosa, sudar tinta, lamer las hojas, abrazarla bajo la piel, susurrarle al oído, aferrarse a su pelo y narrarla entera. Ella cerraba los ojos y me imaginaba devorándola, absorbiéndola, comiendo de ella como un animal feroz y algo muy dentro y rico estallaba haciéndola vibrar de placer.

Soñé que las palabras se hacían fuego, y por fin aquello sucedía, y las llamas se devoraban en un fuego enorme, con luz propia e intensa, nos atornillábamos, nos apretábamos, nos amoldábamos, nos hacíamos uno, nos fundíamos en una pieza maravillosa, en un instante fugaz, en una pequeña muerte donde el aliento de ambos se perdía y el corazón dejaba de latir unos segundos, para dinamitar cada una de las partes más íntimas de nuestro cerebro. Entre las palabras de los dos se escribía una historia de fuego en el libro de nuestras vidas, de encuentros no pactados, de causas y azares, de incertidumbres y certezas, de la maravillosa duda de que aún seguimos vivos, de que el amor es eterno mientras dura y en este momento, aquí y ahora, ambos somos eternos.

Un sueño… ella era un sueño y yo llevaba días pensando en ese encuentro, titubeando, dudando, vacilando. La tensión entre los dos era inevitable y mis ganas de verla superaban toda línea moral. Llevaba años sin ningún desvarío… pero ella era distinta. Entonces las cosas sucedieron…

Marianela había entrado por un costado apasionante y nuevo para mí, pero ahora por fin nos íbamos a encontrar… sentía que iba a prenderme fuego. Llegó a la hora justa y la vi venir. Un par de piernas largas, perfectas, que dejaban ver un bronceado en su punto justo a través de los agujeritos de su jean. Aquellas piernas eran bases de una cola turgente amplia, dura y suave. Dueña de unas curvas endiabladas, de una mirada violenta, de unos ojos profundos y portadora de un deseo latente… ella también estaba en llamas.

Las curvas se cerraban en una cintura endiablada. Sus pechos eran de no creer… preciosos, cayendo como gotas, que bamboleaban a cada paso. Toda su perfección culminaba en una cara felina, con labios carnosos, deseosos de ser besados, mordidos, lamidos y un pelo como el sol sobre una espalda tallada como madera. Además de encantarme, ahora Marianela me calentaba en demasía, hasta su nombre me hacía vapor en las manos.

El encuentro lo habíamos planeado casi sin querer, simplemente nos habíamos dejado llevar. Entré a su casa. Ella estaba radiante. Jean ajustado que marcaba todas sus curvas, una remerita corta apretada que delineaba una presencia activa y brutal y labios de rojo fuego.

La velada siguió perfecta, yo estaba un poco nervioso, pero el vino ayudó a que me relajase. De solo mirarla ardía mi piel. Aunque sabía que era lo que iba a pasar esa noche, no sabía cómo arrancar. Comenzó una sesión suave de besos, húmedos, despacito entre los dos, con mi lengua repasaba parte de su boca, cada vez que mis manos rozaban la piel de su cintura o sus piernas, un animal salvaje la poseía y tenía que reprimirse para no romperme ahí en la cocina.

Con sus besos todo en mí se empezó a parar y al punto de que el jean me hacía doler. Jugaba con lo mío, lo sacaba y lo volvía a guardar… yo ya no daba más. Como en una guerra cuerpo a cuerpo nuestros labios se entrecruzaron, fundiéndose en un torbellino de saliva ardiente, uno sobre otro, Marianela mordía mis labios al tiempo que su respiración cálida me arrasaba la boca. Sus manos desprendieron el botón de mi pantalón dejando escapar libremente lo mío, tieso, duro, latente y rojo como el fuego. La palma de su mano me acariciaba al tiempo que con mis dedos jugaba en su cintura, haciéndome agitar de placer.

Nos fuimos al sillón, nos desvestimos despacito, le saqué la remera dejando libres esas dos tetas preciosas que ahora caían como cascada sobre mi cara. Con mi lengua las saboree, masticando suavemente sus pezones, al tiempo que sus suspiros se comenzaron a agitar lentamente. Comenzó a besarme desesperada. Me saque las zapatillas y el jean de un tirón.

Cuando le saqué su ropa interior pude ver la maravilla de su intimidad en todo su esplendor, suave y perfumada, lista para que yo me hundiera ahí. Manaba un calor capaz de derretir el hielo. Con mis dedos recorrí sus labios, froté su interior y hundí mi índice en busca de su punto exacto, al tiempo que ella me hacía saber si iba bien. Cuando lo encontré fue tanto el placer que cerró los ojos y suspiró profundo. Sus gemidos me marcaban el camino. El calor que sentía en las manos me tentó para recostar a Marianela e ir directamente a jugar con mi lengua donde segundos antes jugaron mis manos.

Sus piernas comenzaron abiertas de par en par, dejándome todo el camino allanado, con mis manos separé sus labios ampliamente y cuando con la lengua encontré lo que antes con los dedos, Marianela apretó mi cabeza entre sus muslos en señal de placer, al tiempo que retorcía con sus finas manos los almohadones del sillón. El sudor de ella y mi saliva se fusionaban en un jugo exquisito, que la humedecía entera. Mi lengua arrasaba furiosa de norte a sur, como barriendo su placer. Luego de rasgar los almohadones, Marianela tomó mis cabellos. La presión de sus dedos y la fuerza con la que me tiraba el pelo eran indicios de que mi trabajo le encantaba. Su respiración se agitaba cada vez más, luego comenzaron los gemidos y sus súplicas para que no parase.

Cuando sus gemidos se transformaron en gritos y un sabor picante me inundó la boca me di cuenta que mi tarea en esa zona había terminado, Marianela me miraba con zozobra, respirando agitada. Entonces avancé sobre ella, besando nuevamente sus tetas, masticando sus pezones y encendiéndola nuevamente, marcando con mi lengua su cuello, su boca y ahogando sus gemidos en un beso de fuego. Ella seguía con el deseo activado. Lo mío seguía tieso, ardiente, brillante y mojado. Entonces separé sus piernas con mi cadera y lentamente me fui enterrando en ella. Cuando todo estuvo dentro comencé a mecerme suavemente, Marianela experimentaba un placer exquisito mientras suavemente la penetraba.

Ella tomó las riendas, me sentó en el sillón y se montó sobre mí. Sin despegar sus tetas de mi cara y agarrándome las dos manos para que solo se mueva ella, la leona se bamboleaba sobre mí como una fiera salvaje. Bajaba y subía rítmicamente mientras la penetraba, yo mordía sus pezones y ella gemía y gritaba sin parar, invocando a todos los santos y cerrando los ojos.

El galope se transformó en corrida y Marianela se movía como una bestia sobre mí, cuando bajaba se movía de atrás hacia adelante, haciendo que todo lo mío se introdujese en ella hasta el fondo. En un momento subió y bajó tan fuerte que creí que iba a explotar… su grito agudo me volvió a marcar que algo había vuelto a estallar dentro de ella. Ahora íbamos dos a cero y venía mi venganza.

Sin darle respiro la puse del costado del sillón, dejando al descubierto esa cola redonda, tensa, brutal y esa semilla jugosa, suave, de un rosa ardiente y una catarata de placer. La tomé por las caderas y le enterré toda mi virilidad, con ánimos de atravesarla, de partirla en dos. Mis movimientos eran agresivos pero suaves, con una mano recorría sus lolas y con la otra su cola gloriosa, al tiempo que daba bombeadas rítmicas. Mi sangre me quemaba la piel, mi corazón iba a explotar, los gemidos de Marianela se fundían con los míos. En un momento sus ojos se abrieron como platos, estaba gozando de placer, entonces no aguanté más. Con un gemido de gloria, que duró más tiempo de lo que jamás había imaginado, terminé sobre ella, en una lluvia larga y caudalosa, que manchó sus piernas, su abdomen y brazos.

Ese fue el primero de los dos encuentros de aquella noche…

¿Estaba bien? ¿Estaba mal? ¿Quién podría definirlo? ¿Quién era el dueño de la moral, la ética y las buenas costumbres? ¿Quién era capaz de sentenciar lo que fue o lo que debía ser? La costumbre de decir cómo deberían ser las cosas, no incluye el hecho de vivenciar los sentimientos. No sabemos el destino, ni el porqué, ni cómo, ni cuándo, ni dónde. No sabemos en qué termina esto, si era que debía terminar en algo. No esperamos, ni pretendemos, ni sospechamos, ni imaginamos, simplemente nos disfrutamos ahora, en este momento, en este día, porque a fin de cuentas… la única verdad es lo que pasó ayer y nadie es capaz de dictarle al corazón lo que debe sentir.

Escrito por El Escritor para la sección: