Mendoza Dixit – Capítulo 12: La Fogata

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-Seguro que no es el último Ruso. Te lo aseguro.- Le explicaba Tomás a su amigo.

La charla era sobre micros y horarios. El grandote tenía la duda de perder el colectivo, pues el reloj marcaba ya la una y cuarto de la madrugada cuando los dos amigos esperaban en la inmensidad de la nada nocturna, el arribo de un micro que los acerqué hasta la calle Arístides. La famosa calle Arístides.

Una hora acaeció desde que los amigos tomaron la decisión de ir hasta el bar nombrado por Luna. Estaban encerrados en el Departamento, y mientras Tomás se cambiaba, habían llegado a la conclusión de que ir al bar era, sin lugar a dudas, el paso a seguir. Tenían ya varias pistas, pero una más no era poca cosa.

-Te aseguro…- Le decía Tomás al Ruso mientras calzaba un par de zapatos náuticos – Te aseguro Ruso que en ese bar algo vamos a encontrar. Tenemos que caer por aquellos lados.-

-Pero Tomi, vos has tenido un día de mierda. Quedémonos un rato acá. Vamos mañana.-

-No hermano, ahora. Todo está fresco ahora. Yo ya recuperé fuerzas. Vamos y después vemos…pero ahora vamos.-

El Ruso agachó la cabeza. Estaba sentado en el sillón, y la forma en que su cuello se hundió entre los hombros, dio la impresión de una mole sin forma alguna. Tomás lo percibió, sonrió y le preguntó a su amigo:

-Ruso ¿Qué te pasa?-

-Nada boludo.-

-Dale, decime pues huevón ¿Para qué somos amigos?- Insistió Tomás.

-Esta mina…Luna. Pobre mina boludo.-

Tomás lo irrumpió con un cuasi-grito: -¡Yo sabía! Flashiaste cuando la viste, ¿No? Como te conozco hijo de puta… te pegó fuerte la morocha.

-Callate boludo, callate. Me pongo mal por ella. Imaginate la situación rara y a la vez de mierda en la que está metida…-

-El bueno del Ruso…- pensó Tomás. Mecánicamente abrió la boca y le dijo a su amigo:

-Ya fue Ruso, la mina te dio el teléfono, la tenes que llamar. Mirá, hagamos esto: Despejemos un poco este quilombo y te arreglas para verla. Quedan en verse, toman algo y después…- Tomás se llevó los brazos junto al cuerpo, enderezó los antebrazos, cerró los puños y movió los brazos en esa posición para adelante, y para atrás. Era un gesto que sabía iba a molestar a su amigo, pero lo que no sabía era porque estaba de tan buen humor en una de las situaciones más complicadas de su vida.

Como la mente de Tomás había predicho, el gesto irritó al gran hombre:

-¡Dejate de joder Tomás, termina de vestirte la puta que te pario! ¡Y vamos, dale, dale que nos vamos!- Hablar en capicúa; una genialidad del Ruso enojado.

-¿Me podes repetir por qué mierda elegiste irnos en bondi hasta la Arístides? Te dije que si no tenias guita, yo pagaba el taxi ¡Hubiese preferido caminar, mirá! Aparte ya te dije: el bondi a esta hora no viene ¡No viene!- El Ruso estaba al límite de la furia con su amigo por la espera del colectivo.

-Ruso, he viajado como veinte veces en taxi hoy. Tengo el culo chato ¿Qué te pensas, que le voy a pagar toda la jubilación al dueño del radio taxi? Ya fue, nos vamos en bondi y listo. Aparte, es el mejor lugar para pensar. Y más si es de noche.-

La noche, la ciudad y el Ruso que estaba a punto de abrir la boca para quejarse una vez más por la espera, fueron irrumpidas por las luces de un maltrecho colectivo Mercedes Benz que se aproximaba domingueando hasta la parada de los dos amigos.

-Pago yo- Tomás no paraba de gozar al Ruso.

Una vez arriba todo fue calma. Ninguno de los dos dijo nada. Parecía que la profecía de Tomás sobre los pensamientos en el colectivo, era totalmente cierta. Ambos estaban enmarañando miles de ideas. Tomás pensaba en lo que vendría. El Ruso pensaba en Luna. El viaje fue corto, pero fructífero en ideas. Una vez abajo caminaron la cuadra y media que los separaba de la conocida calle mendocina.

Era lunes, y eran la una y treinta de la madrugada. Y la Arístides no se olvidaba de eso: la concurrencia estaba reducida en un ochenta por ciento, si es que no mas. Sí, mucho, mucho más. Los bares estaba abiertos en un cuarenta por ciento y los autos deambulaban otro tanto por ciento menos.

Sin advertir si el Ruso lo seguía o no, Tomás enfiló hasta donde las indicaciones lo guiaban:

“El primero de la Arístides, a la izquierda, no sé bien como se llama. Es nuevo creo.”Eso le había dicho Luna entre sollozos y nervios. Y era todo el mapa que Tomás necesitaba.

-Tomi, pará. Acá labura Álex.- Dijo el Ruso, señalando un bar sin nombre legible y con poca concurrencia en su interior. Y agregó: -Te acordas, el chabón de la fiesta de la otra noche. Buen pibe. Capaz que sabe algo, no se…digo.-

Los dos amigos se miraron y entre ellos comprendieron que fuese cual fuese la decisión, lo harían después de ir al Restaurant que Luna les había indicado.

-Che Tomi ¿Y cómo vamos a hacer para encontrar el lugar que dijo Luna?-

-Y, estamos en la Arístides ¿Cuántos Restaurantes conoces en la Arístides? Bueno a ese número sumale que hay uno nuevo-

El silencio del Ruso sirvió para que la respuesta fuese una total y completa obviedad.

Caminaron juntos un par de cuadras más –siempre por la vereda izquierda- y llegaron hasta el principio de la calle. Lúgubre lugar si lo hay, el comienzos de la Arístides. Pero eso no importaba, estaba delante del sitio buscado.

-“La Fogata”-Leyó en voz alta el Ruso.

-¡Qué nombre pelotudo!-acotó Tomás.

“La Fogata” destacaba de los demás bares “aristidescos”. Algún codicioso emprendedor había instaurado un lugar a medio pelo de chef, para recibir visitas diferentes a las que solía recibir la calle tan conocida. Era un lugar nuevo, en eso tenía razón Luna, pero a Tomás le pareció más de lo mismo.

Tanto el Ruso como Tomás, tuvieron el mismo sentimiento: desesperanza. “La Fogata” estaba completamente cerrada.

-Cerrado a las…- El Ruso llevó la vista a su reloj de muñeca –…dos menos cuarto ¡Qué lugar de mierda!-

-Ruso, yo ya vine hasta acá. De acá no me voy sin respuestas- le dijo Tomás con una solemne seriedad.

Las miradas se cruzaron, y la lluvia de ideas que antes los había invadido en el colectivo, los irrumpía ahora. Los quemaba en la puerta de “La Fogata”.

Continuará…

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