Mendoza Dixit – Capítulo 4: Dilema de hombre

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No bastó demasiado tiempo para que Tomás reaccionara. Ya en la casa no quedaba mucho más por investigar, y sinceramente, después de lo visto en “el dormitorio”, tampoco le quedaban muchas ganas de volver a entrar.

Aprovechando las espaldas de los oficiales, Tomás se arropó bien la campera y mimetizándose con las sombras de la pared, emprendió su retirada. Paso a paso, con lentitud pero con firmeza, se iba alejando de aquella misteriosa casa. Atrás quedaba la puerta abierta, alumbrando con tenue luz, las fotografías esparcidas por el suelo.

Estaba ya a una cuadra del lugar cuando, sin dejar de caminar, se dio vuelta para observar a lo que él veía como sus persecutores: los policías estaban de pie frente a la oscura casa; una mano se apoyaba en la funda del arma, y la otra mecía una linterna apuntando hacia el interior. Enfrente de la casa, varios vecinos entrometidos estiraban a más no poder sus cuellos, intentando curiosear la escena.

Si no hubiese reaccionado a tiempo, seguramente en estos momentos estaría dando explicaciones insólitas en alguna comisaría. Y no se olvidaba que su reacción, había sido provocada por aquella misteriosa llamada.

-…corré Tomás. Corré.-

Una simple oración, una voz segura entremedio de tanta distorsión telefónica. Algo extrañamente perturbador. Pero algo que lo había salvado.

Cuando estuvo fuera del rango de visión de los oficiales, apuré el paso con dirección a ningún lugar. Se acordó entonces que, antes de todo lo acontecido en aquella casa, estaba perdido vagando por cualquier lugar culpa de un colectivo equivocado.

Sacó el celular y marcó el número de un radio taxi. Antes se había parado en la intersección de dos calles. Sin titubear demasiado, pidió un coche leyendo el cartel maltrecho clavado en la esquina.

-En cinco minutos se lo envió- dijo una operadora del otro lado.

Mientras esperó aquel escaso tiempo, aprovecho para sacudirse y tratar de acomodar las ideas. Ahora estaba afuera, y la investigación no había hecho nada más que empezar ¿Por qué esas  fotos? ¿Cuál era el significado del espejo límpido? ¿Por qué las habitaciones intactas? ¿Por qué estaba aquel elástico solitario lastimado a la altura de las manos? ¿Por qué la llamada extraña? Tantas preguntas que apuntaban a una sola persona: a ella. Una extraña. Pero Aníbal no era un extraño, y era el único nexo que Tomás conocía con la mujer de las fotografías.

Un Chevrolet Corsa entrado en kilómetros y pintado de taxi apareció doblando la esquina. Con mirada recelada, el taxista lo invitó a subir. Tomás miró otra vez para todos lados, se había convertido en un prófugo. Pero ¿De quién?

-Vamos a Espejo 348 de Ciudad.- indicó Tomás, dándole al chofer, la dirección de su dentista. El reloj del taxi, marcaba las 13:42 del mediodía.

Por un momento pensó en preguntarle al taxista adonde estaba. Sabía que estaba en Las Heras, pero no podía identificar bien en que zona. Pero dudaba en hacer la pregunta.

-Si le pregunto a este tipo, se va a avivar de que estoy perdido, y me va a pasear por todo Las Heras.-

Obteniendo ya la solución a su duda, Tomás pagó el viaje y se bajó del Chevrolet frente a su destino. Las puertas del consultorio estaban cerradas cuando llamó la primera vez con el timbre. Tocó una y otra, pero nada sucedía. Pensó en desistir en el último timbrazo, se imaginó que a esa hora ya nadie quedaría en el consultorio y consideró inútil todo esfuerzo. Estaba pensando en regresar al día siguiente, cuando del otro lado, la cerradura giró una vez.

-Si ¿quién es?- dijo una voz femenina del otro lado de la puerta, aún cerrada.

-Hola ¡Hola! soy un paciente del Doctor. Necesitaba hablar con él.-

-Ah sí, te ubico por la voz. Dame un segundo- dijo la voz de la mujer. La cerradura rugió una segunda vez, y la puerta se abrió del todo. Del otro lado, la enfermera y ayudante del dentista apareció. Llevaba el delantal desprendido en el frente. Una remera ajustada le marcaba las curvas. Y por un momento Tomás olvidó todo lo que le acontecía.

-Mira, el doctor no está. A esta hora quedo yo sola haciendo unos informes ¿Te puedo ayudar en algo?-

Tomás movió la cabeza disimuladamente y centró la vista en los ojos de aquella chica. Poco se había percatado de lo celeste de aquellos ojos. Es que sinceramente, Tomás nunca se había imaginado más de dos oraciones de intercambio con aquella mujer. Pero dejó todo lo idílico de lado. Había que cumplir un objetivo.

-Sí, necesito ubicarlo urgente. Es por un asunto complicado. Ando con unas preguntas que sólo él me puede responder-

-Pero… ¿Estas bien? Se te ve como muy agotado. Medio pálido- contesto la mujer, mirándolo como miran los doctores al examinar un paciente. Y sin dar tiempo a una respuesta le dijo –¿Por qué no pasas y tomas un vaso de agua?-

-¿Esta mina me está chamullando?-pensó Tomás. –No, no puede ser, tengo la cabeza dando vueltas y estoy pensando cualquier cosa. Está siendo cortés, seguro es eso. Cortesía.-

-Dale, me vendría bien un vaso de agua ¿Cómo es que te llamabas?-

-Martina me llamo, Tomás. Pasa. Ahí te traigo el agua-

-Sabe mi nombre boludo, esta mina me está chamullando, no queda otra.- se dijo para él mismo Tomás, y se contradijo rápidamente -No pará, pará “latin lover”; es su laburo. Más vale que sabe tu nombre, como sabe el nombre del gordo Julio, o la vieja Mercedes. Es su trabajo. Toma el vaso de agua, y pregúntale de nuevo por Aníbal. No seas pelotudo.-

Martina guió a Tomás como tantas veces: ella delante de él, él detrás mirándole el culo disimuladamente.

-Espérame en el consultorio que la sala de espera esta echa un quilombo, como verás. Ahora te traigo el agua-

Lo que decía Martina era cierto, la sala de espera lucía ajetreada después de un lunes laboral. Tomás llegó al consultorio y vio delante de él, aquel sillón tan cómodo. Rápidamente y por asimilación, recordó porque estaba ahí: la foto de Aníbal abrazado a la extraña chica, seguía en el mismo lugar. Se apresuró a agarrarla y la miró con detenimiento. Algo extraño había…no podía descifrar bien que era. Pero sin duda era algo extraño. Cuando se la estaba acercando más a su vista, sintió los pasos de Martina que se acercaban.

-No, la puta madre. Tengo que ver bien esta foto. Necesito más tiempo.-pensó Tomás.

Martina llegó con una taza en su mano:

-No me quedan vasos, te traje agua en mi taza. No creo que te moleste-

-No, no me molesta. Gracias.- y tirando la cabeza hacia atrás, Tomás dio un sorbo largo de agua.

Cuando bajó la cabeza, se encontró con la mirada de Martina clavada en sus ojos. No era una mirada normal. Era la mirada que los hombres esperan siempre recibir de toda mujer que les parece atractiva. Era una mirada de deseo.

-Ya está boludo, esta mina está conmigo. No hay dudas de eso.-Y el dilema entró en juego –pero para, no me lo puedo garchar, no justo ahora. Hay mil cosas en las que pens… ¡Pero que soy, un boludo acaso! ¡Es cuestión de media vuelta y arranca! Es una oportunidad única.-

El dialogo interno era tan jocoso, como serio al mismo tiempo. Era un dilema en todo su esplendor:

-Basta Tomás, enfócate, tenes que preguntarle por Aníbal, por su domicilio, un teléfono, algo- y el dilema le contestaba –Ma’ que Aníbal ni Aníbal, se te está regalando, dale para adelante ¡Dale!-

-Te pasa algo Tomás, estas transpirando- dijo picara Martina.

-No…eh, si. No.- los nervios de dilema en su interior lo hacían tartamudear. –Eh…Anibal, eso ¿Tenes algún domicilio, algo?-

-¿En serio pensas en Aníbal justo ahora?-dijo Martina mientras dejaba que su delantal se resbalara por sus brazos y cayera al piso.

Dio un paso hacia adelante, y Tomás uno hacia atrás. Era el viejo juego del gato y el ratón. Solo que esta vez, y curiosamente, el ratón era un hombre. Un hombre sumergido por el dilema de hacer lo que un hombre hace, o hacer lo que un curioso hace.

-Tomás… ¿Te dije que estamos solos, no?- arremetió con voz dispuesta Martina. Mientras decía esto, el primer botón de su pantalón se vio desprendido por los pulgares de sus manos.

Continuará…

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