Mendoza Dixit – Capítulo 5: Sexo y realidad

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La decisión no fue del todo difícil, es sabido que en cualquier situación, la lujuria vencería al dilema. Y este fue el caso de Tomás.

Ni bien observo la ropa interior de Martina asomarse por la bragueta del su pantalón, que decidió dejarse llevar. Con un brazo suave pero masculino, arremetió la cintura de la mujer.

Martina sonrió picara, Tomás había caído en los juegos de seducción tan bien planeados por ella.

-¿Me crees si te digo que hace tiempo estaba esperando esto de vos?- le dijo la fémina con intención de convencerlo totalmente. Pero ya no hacían faltas más palabras. No eran para nada necesarios los mensajes subliminales. O al menos eso indicaba Tomás en las miradas que echaba por sobre Martina.

-Vení, vamos al sillón…tengo esa fantasía. Y si es con vos, mejor- Dijo por última vez la mujer.

Tomás sonrió y sin soltarle la cintura, se acercaron hasta en el sillón. Aquel que horas antes, Aníbal le explicaba que era traído de Alemania.

Con una mano gentil en su nuca, la recostó primero, para terminar acostándose sobre ella. Sin mediar palabras, pero si muchas miradas, buscó con éxito desabrochar su corpiño y dejar al aire los pechos de Martina. Aquellos que demostraba turgentes bajo su ropa, se vieron más turgentes aún cuando se hacían tangibles en las manos de Tomás. Hasta le parecieron perfectos. Un pezón rosado y puntiagudo naufragó bajó la lengua de Tomás, mientras las manos de Martina, torpes y excitadas, desabrochaban el pantalón del hombre.

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Sin saber cómo en un espacio tan reducido, pero si con mucha agilidad, Martina se puso encima de Tomás. El pantalón de ella, con sus bragas y todo, ahora bailaba por debajo de sus rodillas. Al igual que el pantalón de Tomás.

Un simple impulso de talones para elevar la cadera, gemidos encontrados, vahos que se funden en un único aliento, y todo es carne y cuerpo; sudor y espasmos; explosiones y pasión. Pasión y final.

Recostados, desnudos, ella encima de él. Él que intenta abrazarla de cansancio. Ella que se para del sillón con fuerzas casi renovadas y desaparece de la habitación bamboleando el culo, como siempre, como parece que es la única forma que sabe de hacerlo al caminar.

Martina aparece a los pocos segundo en el consultorio, camina desnuda hasta Tomás, libre de todo pudor, como si la rutina del sexo casual no fuera algo nuevo para ella. En una mano lleva la misma tasa que antes sirvió el agua de Tomás. En la otra una caja de cigarrillos con un encendedor a la orilla.

-¿Toma, querés uno?- le ofrece.

Ambos yacen recostados, uno al lado del otro. Desde que terminaron, no han mediado palabra más que la del ofrecimiento del cigarrillo. Pero no es un silencio incomodo. Es un silencio de conformidad. El humo del cigarrillo se desvanece de a poco y es lo único que parece hacer ruido en el consultorio.

Las fotos familiares, testigos mudas de lo que acaba de pasar, golpean la realidad de Tomás, y lo hacen volver en sí. Es algo que se nota que no quiere, algo que lo pone tan incomodo como el momento en el que deba dejar a Martina. Y ahí está él. Y ahí está ella. Desnudos en igual de condición, juntos, pero al mismo tiempo, con pensamientos muy diferentes.

-¿Qué necesitabas hablar con Aníbal tan urgente, Tomás?-Rompe el silencio Martina.

Y entonces la duda, rápida y veloz como una flecha al cerebro.

-Es difícil de explicar. Incluso no sé si hago bien en contarte o no, porque ni siquiera yo sé en qué estoy metido.-

-Ah, pero entonces con eso que me decís, no me podes dejar con la duda. Contame.- Dijo Martina elevando la cintura y quedando con la mirada encontrada en los ojos de Tomás.

-Qué le digo a esta mina- pensó Tomás –Si le cuento, la hago parte de esto que no sé que es. Pero si no le cuento, tengo que justificar un millón de cosas.-

Suspirando y tomando la decisión, resolvió una justificación cuasi perfecta.

-Hagamos una cosa- dijo Tomás poniéndose de pie y buscando el pantalón con su mano derecha. –Dejame que tome un poco de aire y lo medite bien y te llamo ¿Te va?-

-¡Que escusa pelotuda, Tomás!- le golpeó la realidad, Martina – Tomar aire, ¡Qué boludes eso, por Dios! Decime que me queres pedir mi número de teléfono y listo- arremetió Martina con una sonrisa, como restándole importancia al asunto principal.

-Jajaja, creeme que después de lo que paso, conseguir tu número de teléfono no me parece hazaña alguna- Contestó riendo, Tomás.

Martina se puso de pie y le plantó un beso de esos que no se olvidan, a los labios de Tomás. Y después ambos rieron.

Desnuda como estaba, Martina se acercó al escritorio del dentista y buscó entre los papeles, una hoja en blanco y una lapicera. Y como en las viejas épocas, le anotó el número de su celular.

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-Tomá. Y no te olvides de que no soy una boluda, me hago para divertirme un rato, nada más.- le dijo a Tomás, entregándole el papelito.

-¿A qué te réferis con eso?-

-Me refiero a que espero una llamada, muy pronto. Y que en esa llamada hayas tomado la decisión, después de “tomar un poco de aire, de contarme que es lo que necesitas taaaaan urgente con Aníbal.

-Dale, hacemos así. Palabra de honor.-

Tomás ya estaba completamente vestido cuando Martina recién se acomodaba el corpiño. Indudablemente, para ella el sexo casual no era ningún tabú.

Las cinco y media de la tarde sonaban en el reloj de la sala de espera, cuando Martina escoltaba a Tomás hacia la puerta de calle. Se saludaron con un incomodo beso en la mejilla y Tomás salió por la puerta de calle. Antes de que Martina cerrara por completo, Tomás volteó y  dijo:

-Martina, si lo ves a Aníbal, decile que me llame. Que lo estoy buscando.-

-Dale, quedate tranquilo.-

Y Tomás empezó a alejarse. Pero la voz de la fémina interrumpió sus pasos.

-Tomás. De verdad espero esa llamada- y dicho esto, sin esperar respuesta, Martina cerró la puerta.

Parado sólo en la calle Espejo, Tomás se encontraba sin saber qué hacer. Y como todo ser humano del Siglo XXI que no sabe qué hacer, sacó su celular. Vio con sorpresa pero sin extrañeza, que había dejado abierto el teléfono en la foto que acababa de sacar al cuadro donde la extraña mujer del sueño y las fotos, posaba con Aníbal. Y también vio el indicador de la batería rondar el 15%. Decisión que tomase llevaría consigo la de cargar el celular.

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Dio unos pasos hasta una esquina cualquiera, esperando encontrar un taxi, cuando miró nuevamente el celular. Ahí estaba, lo que había llamado la atención de Tomás al principio. Esa pequeña extrañeza en el fondo de la fotografía que lo había llevado a dudar más de Aníbal y de la mujer del sueño.

-¡El Ruso!- dijo en voz alta, efusivo, Tomás. Y después habló para su interior -El Ruso seguro puede ayudarme con la foto- Mientras pensaba en su viejo amigo, el estomago le rugió. Eran ya casi las 6 de la tarde y no había comido nada.

En línea recta, y asomándose ante él, apareció un taxi. Sin pensarlo mucho, Tomás lo frenó y se subió por la izquierda.

-¿A dónde, caballero?- preguntó un amable taxista.

Habían muchos viajes que hacer, y muchas premisas que afrontar…pero el “¿A dónde caballero?”, era sin duda, la puerta a un sinfín de lugares.

Continuará…

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