Mendoza Dixit – Capítulo 9: Al final del pasillo

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Los tres golpes a la puerta sonaron nuevamente. La duda, el misterio y el enigma eran ahora secundarios. El actor primordial de todos su ser, se llamaba terror. Nunca antes había sentido tanto terror en su vida. Era algo infinitamente inexplicable, los nervios acurrucados bajo la piel, apretando con fuerza cada milímetro de sus órganos vitales, los pelos erizados, la mente revuelta y  los ojos nublados con un punto de objetivo puesto en mira: la puerta.

Estaba inmóvil, petrificado y medio encorvado contra una pared esperando por tres golpes más. Su mano derecha apretaba fuerte el teléfono celular y la izquierda, apagaba la tv con el control remoto. Con prisa intento chequear que nada ni nadie estuviese del otro lado de la línea. Inconmensurable fue la fuerza que tuvo que hacer para levantar el brazo a la altura de su oído, y poder escuchar por el parlante del móvil. Pero el silencio presidía. Finalmente desistió de su móvil al igual que del control remoto, y los arrojó a ambos sobre la mesa.

Miró el suelo y observó como uno de sus pies había cambiado de posición. Ahora estaba adelante del otro, como preparado para caminar. Caminar hacia la, ahora, tan temible puerta. No entendió bien del todo lo que su mente estaba dictando, pero una pista se le presentó cuando el pie contrario se puso adelante del otro; y el inverso adelante, y así sucesivamente. Estaba caminando. Pasos torpes, infectados en terror, pero pasos al fin.

El llamado a la puerta iba a ser contestado.

Cuando hubo llegado a la entrada principal, dejó caer su mano sobre el picaporte. Su mano que ahora pesaba cuatro veces más de lo normal. Los dedos apretaron el frio metal de la llave, y con la fuerza necesaria hizo girar el pasador.

Sudaba, gemía y sollozaba. El terror se le escapaba del interior por cada poro de su ser.

A los tiritones, con los ojos entre cerrados se asomó de a poco. Primero parecía como si un solo mechón de su cabello hubiese sido lo único en asomarse. Pero su cabeza salió después, y al final su cuerpo entero. Una vez afuera, se preguntó en las milésimas que tarda el cuestionarse a uno mismo, por qué no había preguntado quién era. Por qué había salido de su departamento a la vera de Dios, confiando en nada más que en su instinto.

No encontró respuesta.

Pero rápido se olvidó de su prerrogativa cuando se acordó que ya estaba en el exterior.

Descalzo, con jeans a medio prender, a torso desnudo y con el pelo aún húmedo; se encontraba solamente él y el pasillo. Nada más.

Inexplicable. Espeluznante.

-Hace menos de un minuto que golpearon, como puede ser que no haya nadie.- pensó –Esto es sugestión. No puede ser otra cosa. El hambre, los nervios, el sueño; fue un día del carajo, y ahora que me estoy relajando empiezo a sentir estas cosas extrañas: como gente que me habla desde la distorsión de un teléfono, o golpes en la puerta que no existen. Si, esto es sugestión.-

Tomás se convencía. Pero no podía hacerlo del todo. Algo muy fuerte en su interior le decía que nada era mentira, que todo era verdad.

Se miró nuevamente los pies, viendo si el acto reflejo de caminar iba a repetirse. Pero no. Sus pies estaban inmóviles, esperando algún espasmo del cerebro, una orden para marchar. Levantó la mirada y se encontró nada más que con la pared de enfrente, aquella que veía siempre al salir de su casa. Decidió girar, y volver a entrar a su hogar.

Y la vio.

Girando a la derecha, el pasillo tenía aproximadamente seis metros. Terminaba en una bifurcación que daba a las escaleras de salida y topaba nada más que en una pared. Esta vez, el panorama no era el de una pared. Esta vez había una figura parada al final del pasillo. Una figura femenina, de no más de cuarenta años. Vestida con ropas informales. Algo no fantasmagórico, pero si muy, muy extraño. Lo primero que pensó Tomas fue en alguna nueva inquilina.

Y que equivocado estaba.

La mujer del final del pasillo, miraba fijo en dirección a Tomás. No parecía sacarle los ojos de encima. Y era efectivamente lo que no hacía. Tomás dio un paso hacia el interior de su departamento. Él tampoco dejaba de mirar a esta extraña mujer, había algo magnetizante en esa figura.

Cuando la mitad de su cuerpo ya estaba en el interior, y estaba por apartar la vista de los ojos de la mujer; la escuchó hablar:

-No es sugestión, Tomás Mendoza.-

Tomás se petrificó. Con las uñas apretó el marco de la puerta abierta. Quiso hablarle, pero no pudo. Parecía haberse olvidado de cómo unir las letras para formar las palabras. Fue en el mismo instante que la mujer dio media vuelta y se marchó por la bifurcación del pasillo, que las piernas de Tomás se vencieron y lo hicieron caer. En ese mismo instante, los ojos estallaron en lágrimas, y la voz expulso un desgarrador llanto. Una imagen patética si uno se la encontrará de pronto y sin conocer historia previa alguna: un hombre a medio vestir, llorando en el suelo.

Pasaron varios minutos, hasta que recobró las fuerzas para ponerse de pie. Entró con prisa y cerró la puerta bajo mil llaves. Corrió hasta el baño y se lavó la cara repetidamente, como intentando despertar de un sueño. De una pesadilla. Con el rostro aún mojado, salió hasta la sala de estar, y se dejó caer en el sillón. Intentó armar lo sucedido en el día y sobre todo lo que le aconteció al final. Pero todo era un rompecabezas con miles de piezas faltantes. Todo era nada.

Por un instante, sintió nuevamente la necesidad de llorar. Pero no pudo: el hambre le estaba dando un ultimátum.

-Ya está Tomás, tenes que comer.-se dijo.

Desistiendo de la idea del delivery –no quería a nadie más golpeando su puerta- Tomás sacó lo que encontró en la heladera: un poco de carne y unas verduras.

La cocción de alguna carne asada lo distrajo por un tiempo. Siempre había sentido que la cocina era su lugar favorito, se creía a gusto cocinando. Pero por más que estuviese metido en lo que cocinaba, no podía dejar de pensar en la escena del pasillo.

¿Quién era esa mujer? No era la mujer de la foto; a esta altura de las situaciones, podía reconocerla a 20 metros ¿Cómo sabía lo que él había pensados segundos antes? ¿Qué estaba pasando? Tantas preguntas y ni una sola respuesta. Ni siquiera una sola.

Con dedicación, pero con torpeza, Tomás se había preparado un poco de carne asada y ensalada para comer. Llevó el plato hasta la mesa, arrastró la mesa cerca del sillón, y usando el sillón de silla de comedor, empezó a comer.

Ya iba por el tercer bocado, cuando sintió unas imperiosas ganas de rezar. Tenía miedo, claro que sí.

El plato se vació en menos de diez minutos. Sin duda alguna, el apetito de Tomás no se había visto opacado por lo sucedido. O si, no lo sabía a ciencia cierta. La única ciencia que conocía era que si no comía, no podía seguir.

Se paró de la mesa, y caminó hasta la cocina. Se llenó un vaso con agua y lo vació en un instante en su garganta. Repitió la acción, solo que esta vez, el vaso se completaba hasta la mitad. Caminó por el departamento, aún descalzo, aún a medio vestir, y llegó al ventanal. Ese que servía como pared.

Apoyó una mano en el marco, y apretando la frente contra el vidrio, miró la etérea noche comérselo todo.

Cuando hubo bajado la vista a la calle, contempló uno que otro auto acelerar, contempló a las personas noctambulas deambular como almas en penas.

Y la vio a ella.

El vaso con agua rodó por las manos de Tomás y reventó en el suelo. Parada, como hacía unos instantes en el pasillo, estaba de nuevo la misma mujer. Mirando desde abajo, en la calle, en dirección a esa ventana. Mirándolo, espiándolo.

Tomás gritó, pero no dejo de observarla. Ella seguía ahí, con la mirada fija en él, y parecía que no iba a moverse. Estaba montando guardia.

Tomás se sintió abrumado, lleno de terror, pero a diferencia del encuentro anterior, tenía un poco mas de “sensación de seguridad”. Después de todo, el estaba en el tercer piso y ella en la calle. Esa misma sensación, fue la que le dio fuerzas de tomar una iniciativa. Iba a intentar hablar con esta extraña mujer.

O eso pensó, hasta que la puerta sonó tres veces nuevamente.

Tomás se sintió morir y renacer velozmente al escuchar la voz que acompañaba los golpes al otro lado de la puerta:

-Tomás, abrime. Soy el Ruso. Vine a ver como estas.

La cartilla de decisiones, sin duda, se había ampliado.

 

Continuará…

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