Mi primer dolor de huevos… ¡una cosa de locos!

A los quince años mi vida sexual se limitaba a un primer beso en séptimo grado, una mini transadita en una hora libre en primer año, unos abrazos muy pajeros con una mina de quinto en segundo (que no me dejó hacer más) y cientos de miles de horas de onanismo nato.

Recuerdo que también fue la primera vez que salíamos a un boliche copado… de Chacras, de verdad, por un baile y no por un cumpleaños de quince, de joda … ¡Al Diablo señores! ¡Mammeeeta que lugar! Literalmente en esa época el boliche era un infierno.

Íbamos con el Oso y con el Cuentin, era una época de poca guita y bebidas rústicas. Le comprábamos al papa del Goy Ogalde unos sobrecitos como de jugo Tang, pero con wiski concentrado (lechoso y viscoso), que se vertía en un litro de Coca para hacer una especie de Wiscola del más allá. Esa noche también compramos un sobrecito de pisco, generando una piscola vomitiva y mortal. Los tres caímos al boliche con la lengua ancha y trabada, envalentonados para el levante.

Tuve suerte de poder aprovechar mi primera hora en el boliche, porque después de ese tiempo terminé desmayado en el baño y luego en la calle, decorado de pies a cabeza con piza de la cena y esperando hasta las seis que venga a buscarnos una trafic… (¿Se acuerdan cuando salíamos en trafic? ¡Después nos quejamos que antes no se podía garchar!)

En fin, en aquella gloriosa primera hora le atiné a tres cuartos del boliche, siendo peinado a diestra y siniestra por cuanta fémina osaba mirarme… hasta que la vi. Acodada en la barra estaba ella, la Vanina, suerte de enana potentosa, esas que pasados los 24 se ponen re tutucas, pero antes las tetas les desbordan y los juveniles culos le estallan en el pantalón. La Vani era picante, rápida, divina si le gustabas y un asco sino… suerte pasó lo primero. De solo bailar con esas curvas, típicas curvas adolescentes que si no son cuidadas con rigor con el pasar de los años se desploman como un museo de cera en Costa de Araujo, me ponía al palo. La miraba y se me hacía agua la boca, así como cuando te hablan de un asado con mollejas y chinchules a las seis de la tarde en la oficina mientras que todo tu menú ha sido un té y siete traviatas.

Con solo rozarme me generaba un cosquilleo en todo el cuerpo, mariposas en la panza, el sabor de la victoria en la boca sin aún haberlo probado, la alegría del triunfo, la emoción de estar siendo visto por el Cuentin y el Oso, lo mejor de la vida… el corazón explotado, si hubiese podido le hubiese dicho que la amaba… porque si esa sensación no era amor, ¿qué concha era el amor entonces? Esa botella no tenía nombre…. ¡y ahora me tocaba a mí! Si a mí, al eterno “pajarito y a la cama”, al que jamás había “transado” groso, al que no le habían metido nunca la lengua, mucho menos una mano, a nadie. Al que solo se había besado el antebrazo, como para ver qué onda, escondido en el baño con las manos en la masa. Me tocaba a mí, el que solo se había “transado una mina en vacaciones” para los oídos del Oso y el Cuentin, totalmente falaz. ¡Por fin iba a besar! Y lo mejor de todo es que los pibes me iban a ver.

Sin más que decir, la agarré por la cintura, la traje contra mí y le partí la boca de un beso, ella no se resistió y me siguió el juego… yo volaba. Me di el gusto de tocarle el culo, como un campeón. Era un ganador, un capo, el Cacho Castaña de la noche, el Facha Martel de Mardel del 87… Sumido en mi galantería la invité a tomar un trago… y eso fue lo último que recordé.

Al amanecer del sábado me encontré en calzoncillos en mi cama. Lo primero que pensé fue que me habían robado, así que lo llamé al Oso para preguntarle qué había pasado. Me contó del pedo que me había agarrado y de la vuelta a mi casa… pero nada de la Vani. En un halo de lucidez recordé que llevaba plata en el bolsillo, estaba seguro de que me la habían afanado. Por suerte estaba toda ahí, hecha un bollo, pero lo mejor de todo no fue esto, lo mejor de todo fue que en ese bollo estaba el número de teléfono de la Vani.

Encontrar ese papelito con el número (que aún empezaba sin el 4) generó en mí la misma situación que debe haber generado en Colón el llegar a una playa del caribe llena de morenas en bolas… fue uno de los días más felices de mi vida. Desesperado le llamé al Oso para contarle. Apenas corto me llama el Cuentin y me dice loco… ¡que minón pegaste anoche! Lógicamente les vomité lo sucedido y los cité en mi casa para la siesta, si le iba a llamar por primera vez a una mina necesitaba apoyo moral. Tipo cuatro estaban los dos nieris de mi vida conmigo, el consejo fue simple y llano: llamala puto cagón y traete una botella de agua.

Me bajé medio litro de agua de un tirón y me senté frente al teléfono… los dedos me temblaban y un sudor frío me recorría la espalda al tiempo que me hacía el langa frente a los pibes, como si todos los días de mi vida llamase a una minita distinta. Mi primer beso fogoso… mi primer llamado en serio.

Tuuuuuuuuuuuuuuuuu tuuuuuuuuuuuuuuuu tuuuuuuuuuuuuuuuu

– ¿Hola?

– Hola, ¿esta Vanina?

– Sí, soy yo, ¿Quién habla?

– Bomur… nos conocimos anoche.

– ¡Aaaa Bomur! ¡Que empedo estabas anoche nene!

– Si jeje, perdón… es que nos escaviamos un wiski y un pisco importado muy muy peludos…

– ¡Jurame que además de tomarte un barril de cerveza con tus amigos de rugby te tomaste un wiski importado!

– ¿Amigos de rugby? (dije mirándolos al Oso y al Cuentin que de jugadores de rugby tenían lo que yo de paleontólogo egipcio) aaa si… si…, los chicos de rugby. Seeee un montón.

– ¿Che y como hiciste para manejar tu camioneta en ese estado?

Un silencio de dos segundos, que pareció una eternidad, me dejo en orsai, con más dudas que certezas y con terribles ganas de cortarle. Ni siquiera sabía sacar el auto sin que me cascabelee y se me pare y ya andaba en camioneta.

– Estemmmm… bien, bien… tranqui. Volví despacio.

– Pobre tu amigo… ¿Cómo está?

– ¿Qué amigo?

– ¡Bomur! Ese que es dueño de La Chimere, el gordito…

– ¿El Oso?

– Si, ese… el Oso, ¿alcanzó a solucionar el lío en su boliche?

– Estemmm… si, si… es un capo el Oso.

– Y si nene… además si el dueño de La Chimere y el dueño de Runner no pueden solucionar un lío con la municipalidad ¿que nos queda al resto? Jaja..

– Si… Cuentin también se las sabe lunga (contesté apostando a que mis mentiras habían llegado a niveles absurdos… El Oso dueño de La Chimere, el Cuentin dueño de Runner. ¡Si de pedo entre los tres juntábamos para la Coca y el sobrecito de escavio!)

– ¿Y cómo hiciste para ir a laburar?

– No… hoy no fui (Y me quedé en silencio, expectante, suplicando por una puntita para seguir)

– ¡Esas chicas no se van a querer ir de viaje de egresados si no está su coordinador estrella en las reuniones! Jajajajaa.

– Si, jaja… en fin, te llamaba para ver si nos podíamos juntar… alguna vez.

– ¡Me encantó! ¿Hoy que planes tenes además de la inauguración?

– ¿Qué inauguración?

– ¿No vas a abrir los patios de La Chimere para organizar la fiesta de egresados con todos los colegios que te eligieron como el mejor coordinador de Río?

– Aaaa siii, lógico (menos mal que mi mentira fue estudiada, porque no me daba la nafta para salir dos noches seguidas ni en pedo) te preguntaba si a la tarde tenías planes vos (mis planes eran una Paso de los Toros Pomelo, dos alfajores y tratar de atornillarla)

– No, yo nada…

– ¿Queres que nos juntemos? (Yo sabía que vivía cerca de mi casa, porque recodaba a que colegio iba y por el número de teléfono)

– Dale… venite a mi casa, estoy sola…

En ese momento un coro celestial de querubines negros y angelitos culones bajaron desde el cielo razo del living de mi casa para asaetarme con la más dulce de las flechas, un manto de luz bañó mi alma, una jauría de lobos rosados devoró mi corazón y mis pulmones para dejarme sin latidos ni aire, un latigazo eléctrico me hizo latir el pito, ¡esto era mejor que la vez que cagué 17 veces seguidas por comer chimichurri vencido y tenía el culo similar a un sifón de soda! ¡Era mejor que cuando le pegue con una bombucha en las tetas a la Romina! Esto era mejor que comprarse el Sega Génesis, que tener el cd de Luzbelito original, que ir tomando del pico un birra en un descapotable por plena Arístides, que saber dónde esconder las revistas porno. Era mejor que tener en VHS todos los episodios de los Caballeros del Zodíaco y no tener que verlos cientos de veces hasta llegar a la última casa, era mejor que ser amigo del patovica de La Casa del Fundador… era un sueño, acariciaba con mis manos la posibilidad de perder mi sagrada virginidad a los quince años y poder sentar a todos mis amigos con el pito en la mano al tiempo que les podría decir este fitito aparcó en un garaje épico. De la alegría se me escapó un pedo rústico y lastimero, hasta los cachetes del culo me vibraban de emoción, pensé.

– Dale, pásame la dire, en una hora estoy ahí.

En quince minutos estaba bañado, perfumado, me había arropado el pingo con abrigo manual dos veces seguidas en la ducha por recomendación del Cuentin que decía: vaciá la cartuchera así aguantas más. Llevaba una caja cerrada de forros, plata, un sobrecito de vaselina que me regaló el Oso, porque seguro le hacés el orto a la petisa rica esa. Estaba con mi bermuda marroncita rockera, mi remera violeta con fotos de surfers bahianos y mis zapatillas Adidas con puntera Stone.

En cincuenta minutos estaba colgado al timbre de la Vani, con olor a menta en la boca y mirada de tigre en celo. Incluso había comprado un paquete de puchos para ella, yo no fumaba, pero sabía que la Vani si, así que ahí llevaba un atadito en el llobolsi. Me abrió la puerta y estaba hecha una perra infernal. Pantalón cortito, remera ajustada sin corpiño, recién bañada, con el pelo mojado y suelto … Dios mío, de haber tenido un anillo en ese momento se lo entregaba arrodillado y le juraba amor eterno y trillizitos morochos.

Como una maestra de la tertulia, me trajo hacia ella con una mano, con la otra cerró la puerta, me empujó contra la misma y se me abalanzó como una topadora sexual. Esa actitud gloriosa, que ahora, casi quince años más tarde, sería un accionar normal, agradecido, bienaventurado  y recíproco, en mi incipiente y virginal adolescencia me desestabilizó. Al cabo de tres minutos de besos de fuego mi palo de amasar se había transformado en una soga y lo único que pensaba en ese momento era en lo lindo que sería estar tomándome unos mates con mi mamá y jugando a la Carioca con ella mi nona.

La perra insaciable de la Vani me tiró contra el sillón, como un muñeco de trapo, blandengue, torpe y soso. Con movimientos de una motricidad entrecortada y sin gracia caí sentado y la Vani se me puso encima casi sin despegar su boca de la mía. Cerré los ojos y me imaginé al Oso y al Cuentin creyéndome la mentira de proezas sexuales que les iba a contar… de como mi pito monumental tamaño poste había atravesado cuarenta minutos sin parar a la golosa de la Vani. Lo único cierto era la ninfomanía imberbe de la Vani, lo demás era falacia, así que me dio vergüenza. Decidí ponerme las pilas y disfrutar, ¡no podía ser tan estúpido de desperdiciar la oportunidad de mi vida! Me relajé y dejé de pensar estupideces, respirando como un huracán de lava. Se me enderezó la nave, me focalicé en la situación como un cazador apuntando a su presa y me relajé para seguirle el ritmo a la Vani. Entonces la soga se volvió a transformar en el palo… en el palito de amasar.

De los besos pasamos a las manos y fue ahí cuando empecé a sentir algo raro, esa sensación hermosa, previa estampido lácteo que tantas veces mis medias y las hojas de la revista de Avon habían proyectado. Ese cosquilleo que parte de los talones e indignamente para esa época de mi vida terminaba en lugares obsoletos, como el piso. Entonces me di cuenta de que si no empezaba a pensar en otra cosa, un final feliz autómata se aproximaba a ritmos vertiginosos.

Intenté todo, desde algo tan simple como imaginarme manejando a 200 kilómetros por hora, hasta algo tan complejo como estar enjabonándole la espalda al papá del Cuentín, que más que pelos tenía un pullover. También pensé en la iglesia y estar sentado rezándole a la virgen de la san concha de Dios al tiempo que el padre Pepe me miraba irritado o en estar en un recital de un Charly híper drogado o que se yo… ¡ayudando niños pobres en Uganda! Pensé de todo… pero nada me podía sacar del temporal de chaparrones plastiolézcos que se avecinaba.

Entonces me hice el boludo, lentamente la saque a la Vani de encima mío y sutilmente le pedí por el baño. Cuando entré al biorsi me bajé los pantalones y me miré mi hombría. Estaba en todo su esplendor, rebosante de salud y latente… como con vida propia. Era el preciso momento en el que al más mínimo roce clavas catorce pendejos al hilo. No sabía qué hacer, pero tenía frenar esa calentura sublime. Tuve la grandiosa idea se sentarme en el bidet y abrir el agua fría, intentando apagar el incendio voraz que devoraba los bosques de mis huevos. Mi experimento criogénico detuvo el manantial ovolácteo. La sensación de ver la cuestión como debía estar, sin la sensación cosquillosa del orgasmo, me envalentonó como cuando a Judas le mostraron la biyuya la noche que lo durmió  a Jesús.

Volví hacia la Vani como cuatro Optimus Primes cero kilómetro contra un Megatrón fundido modelo 72. Como un Leonardo con botas de metal contra un Crang sin el robot. Como un Ken con interminables adukens contra un malísimo y vapuleado Onda. Se paró cuando estaba llegando a ella, la empujé contra el sillón como había hecho antes conmigo, con la diferencia que ella cayó con la suavidad de una gacela, como un pañuelo de seda arrojado desde el Edificio Gómez. Me le tiré encima, le saque la remera, me saque la remera (como un choto, lógicamente primero trabándome en los hombros y luego en la cabeza), me desprendí la bermuda y cuando atiné a bajarle el pantaloncito a ella me dijo…

No…. No puedo

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Estoy con “la cosa”…

La mentira me sonó a mentira, pero la sinceridad interna me hizo dar cuenta que mejor así, porque en cuanto me toqué el botón de la bermuda el Súper Mega Archi Ultra Optimus Prime Mercedez Benz con acoplado, se había transformado en un 1114 en subida. El orgullo me invitó a seguir el conocido hilo de la súplica, el cual siempre se topó con lo mismo… ahora no puedo.

Después de unas dos horas más de besos de fuego, de chuparme dos tetazas por primera vez, con la hombría digna (gracias a la tranquilidad que me generaba el saber que no habría eventos en los cuales pueda pasar vergüenza) decidí volver a mi casa. Además tenía que contarles al Oso y al Cuentin de los tres polvos que le había echado a la Vani con forro y el cuarto a pelo.

Salí de la casa de la mujer de mis sueños infantiles (y húmedos por casi dos años consecutivos) y en cuanto caminé hasta la esquina sentí un dolor nuevo, inédito, insospechado… algo que jamás había sentido antes. ¿En qué momento me pegaron un pelotazo en las bolas y no me di cuenta? Hice memoria pero hacía cuatro días que no había fulbito. El dolor se hizo agudo y me empezó a costar caminar. Seguí el ritmo con las piernas medias abiertas, como un imbécil, pero el dolor se me había subido a la panza. Me toqué las bolas y fue como una punzada ósea de dolor. Hice los ejercicios fobaleros para minimizar un golpe pero nada… no dejaba de dolerme. Eran eso de las ocho de la noche, estaba bastante oscuro pero pasaban mil autos por la calle.

Me arrimé a una sombra que proyectaba un árbol gracias a un farol y me bajé un poco los pantalones con ánimos de examinarme… quizás me había lastimado, quizás me estaba saliendo sangre… aun sabiendo de lo absurdo y ridículo de mi deducción llegue a pensar que había perdido la virginidad y algo me debía doler. Me miré el paquete y estaba todo en su lugar, solo que vibrante y rojo. Miré hacia ambos lados y no venía nadie, me apoyé contra el tronco del árbol para soliviar el dolor, me volví a palpar el coso, lo cual hizo que cobrara nuevamente fuerza y vigor.

Entonces finiquité drásticamente, de dos simples sacudidas, con mi primer dolor de huevos. Regando con una viscosa y abundante lluvia de piña colada natural todo el pastito, las raíces y la vereda de aquel árbol del cual hoy cuelgan Bomurcitos florecidos, agradeciendo a la vida por haberme puesto a la Vani en frente y a mis manos por ser tan buenas cirujanas.

La verdad fue mucho más graciosa que la mentira, así que esa noche les conté la anécdota tal cual a los chicos al tiempo que metíamos cerveza de contrabando en la pieza del Oso.

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