Padre, he pecado

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Aquella noche me habían dejado plantada. Si bien no era la primera vez que me cancelaban una salida a último momento, no era una sensación para nada placentera. ¡Eso sí! Flaco que me planta, flaco al que no le vuelvo a hablar… Por suerte, todavía era temprano y mis ganas de salir seguían intactas. Ya me había probado la faldita nueva y hasta me había depilado las piernas para lucirla como se debe. ¡No me iba a quedar al pedo en casa!

Luego de histeriquearle a un par de flacos como para sacarme la bronca, la llamé a Flor y le pregunté si tenía planes para esa noche. Ella me dijo que iba a ir al cine con su chongo nuevo, por lo que no podía juntarse conmigo. Después de preguntarle más detalles sobre quién era este flaco y qué hacía, me despedí sin antes obligarla a prometerme que el finde siguiente saliéramos juntas. Ante la negativa de Flor, decidí llamar a Sofi. Yo sabía que en esa semana tenía que rendir pero me había dicho que tenía ganas de despejarse un rato. Cuando la llamé, me dijo que estaba en un taxi camino a una previa, junto con un par de compañeras de la facultad. En aquella oportunidad, se iban a reunir en la casa de uno de los chicos de su curso que vivía en el Barrio Fuchs. Aparentemente, los padres se habían ido por el fin de semana y tenían la casa sola.

Si bien no me gustaba mucho la idea de ir sin conocer a nadie, con saber que Sofi iba a estar ahí me bastaba para convencerme y terminar de prepararme. Por suerte yo no vivía muy lejos de la casa donde se iban a juntar. Mi amiga me dijo que cuando llegaran a lo de su compañero, iban a pedirle a alguno de los chicos que tenían auto que nos hiciera el aguante para pasarme a buscar.

Mientras esperaba el llamado de Sofi, aproveché para pintarme y plancharme el pelo. Esperaba ansiosa este finde, hacía ya más de dos semanas que me había encerrado a estudiar y apenas había podido ver la  luz del día. Por suerte, tanto sacrificio había valido la pena dado que finalmente había podido sacar “Técnicas Proyectivas I”. ¡Había que celebrar!

Una vez que terminé de pasarme la planchita, revisé que en mi cartera hubiera todo lo que podría llegar a necesitar esa noche. En ese momento, mi celular me notificó de un nuevo mensaje en WhatsApp que decía: “Gorda, en 15 te buscamos.” Al parecer, Sofi había podido convencer a alguno de los chicos presentes en la previa para que me fueran a buscar. Como yo ya estaba lista, me senté en el sillón del living a charlar un rato con mi mamá.

Ni bien llegaron a la puerta de casa, el que manejaba el auto no tuvo mejor idea que dar un par de bocinazos. Considerando que ya era casi la una, mi vieja me miró con una cara de orto como queriéndome decir: “Andá antes que vuelvan a tocar o se pudre”. Rápidamente, tomé mi cartera, saludé a mi mami y salí de casa.

Estacionado y con las balizas puestas, me encontré con un auto un poco viejo pero en muy buen estado. Apenas abrí la puerta, me encontré con Sofi en el asiento de atrás. Adelante, el conductor iba acompañado de otro muchacho. Después de saludarme, Sofi me dijo el nombre de cada uno de los chicos pero con la música tan fuerte no pude escucharlos.

Cuando llegamos a la casa del amigo de Sofi, el chico que iba en el asiento del conductor se bajó a abrirnos la puerta. Fue un lindo gesto, que lástima que este tipo de atenciones se vea cada vez menos hoy en día. Le agradecí al muchacho y aproveché para preguntarle su nombre, luego de explicarle que no había podido escucharlo en el auto. Me dijo que se llamaba Lucas. “Es un lindo nombre”, pensé. Además, su voz era muy dulce y cálida.

En el living del dueño de casa, nos encontramos con un grupito de personas jugando juegos de mesa. Era uno de esos juegos de preguntas y respuestas que siempre terminan dejando rotos a más de la mitad. No tardamos en unirnos al resto de la gente. ¡Me encantan los juegos de mesa! Y más cuando sirven de excusa para tomar y conocer gente nueva.

En una de las esquinas de la mesa habían dos lugares vacíos que ocupamos rápidamente con Sofi. Los chicos que me habían ido a buscar se sentaron en la otra punta, donde tuvieron que compartir la misma silla. Recibimos los vasos de fernet que nos prepararon y comenzamos a jugar con el resto de la gente. A medida que pasaban las rondas de preguntas y respuestas, las mismas se iban poniendo más íntimas y personales. A Sofi, por ejemplo, le tocó contar sobre aquella vez que se descompuso en la casa de un ex y le terminó vomitando uno de los canteros del patio. Cuando finalmente le tocó el turno a Lucas, el chico que nos había abierto la puerta del auto, le pidieron que contara un secreto que pocos supieran. Después de pensarlo por unos segundos, dijo: “Soy virgen”. La reacción a su respuesta fue surtidita: los chicos se le cagaron de risa, algunas chicas cuchicheaban por lo bajo y el dueño de casa no pudo evitar escupir el trago de fernet que había bebido.

Por mi lado, no me causó gracia. Al contrario, me generó mucha intriga. Me sorprendió que el muchacho no se mostrara avergonzado ni mucho menos. Uno de los chicos, luego de calmarse, le preguntó por qué había sido que todavía no la había puesto. Mientras varios en el grupo volvían a reírse debido a la pregunta, Lucas respondió: “No he tenido sexo porque me estoy preparando para ser sacerdote”. Ante su respuesta, un silencio implacable invadió la sala. Ya nadie se animaba a reírse…

El momento incómodo se vio interrumpido por el sonido del timbre de la casa. El anfitrión abrió la puerta y un grupo de diez personas cargadas con botellas de alcohol invadió el living. Lo que parecía ser una simple previa, comenzaba a parecerse a una fiesta. El volumen de la música empezó a subir y comenzaba a escucharse ese murmullo constante, producto de varias conversaciones que se daban al mismo tiempo.

Mientras cada uno estaba en la suya, charlando con sus amigos o parejas, pude ver a Lucas sentado en uno de los sillones del living. Deduje que estaba aburrido, dado que no dejaba de prestarle atención a su celular. Aproveché la situación y me senté a su lado, mi curiosidad hacia él era evidente.

“¿Tan aburrido estás que no dejas de boludear con el celular?” – le pregunté sin tapujos.
“¡Uh! Perdón. Es que tengo que pasar a buscar a mi hermanita por la casa de una compañera. Están haciendo una pijamada pero mi vieja no la deja quedarse toda la noche.” – respondió Lucas.
“¡Qué raro! Mi vieja no me hacía tanto quilombo por esas cosas. Será que en tu casa son muy estrictos…”. – contesté mientras apoyaba el vaso en la mesa.
“Si, bastante. Pero era eso o quedarse en casa, así que mi hermana me pidió por favor que la pasara a buscar como a esta hora. Y yo no puedo decirle que no a ella…” – enfatizó el muchacho mientras volvía a mirar la hora.
“¡Uh, qué embole! Hagamos una cosa, yo te acompaño a buscar a tu hermana. Total, por la hora que es, parece que ya no vamos a ir a bailar. ¿Por dónde tenés que pasar a buscarla?” – insinué sin vergüenza alguna.
“¿Estás segura? Es cerca de la Arístides, es un tramo bastante largo.” – dijo Lucas sin salir de su asombro.
“¡Claro! Dale, vamos.” – contesté mientras me levantaba y buscaba mi cartera.

Saludé a Sofi, quien me propinó su mejor cara de asombro, abandoné la casa y subí al auto de Lucas. Cuando habían pasado a buscarme por casa no me había percatado de la calcomanía con la cara de Jesús en la zona del baúl, ni del rosario colgando del espejo retrovisor y mucho menos del pin autoadhesivo de la Virgen de la Carrodilla pegado al lado del botón de la baliza. ¡Sin dudas estaba en el auto de un fanático religioso!

Las primeras cuadras fueron un poco incómodas porque él prácticamente no hablaba. Poco a poco fue entrando en confianza, gracias a que yo siempre tengo temas de conversación. Al cabo de unos minutos, cruzamos por el parque en dirección a la Arístides. Cuando estábamos por la altura de la calesita del parque, le pedí que detuviera el auto. Temeroso, me hizo caso, pensando que quizás estaba mareada o me sentía mal. Ni bien se estacionó, me abalancé sobre él. Atónito, Lucas extendió sus brazos como para tratar de alejarme pero esa postura le duró apenas unos segundos. Luego, sin pedir explicación alguna, me siguió el juego. Él me había atraído desde el primer momento que lo vi y el hecho que de alguna forma estuviera prohibido acercarme a él me generó demasiada curiosidad. Tanta que no pude contenerla…

Su forma de besar y de ponerse en contacto con mi cuerpo me terminaba de confirmar que nunca había estado en una situación similar. Sus movimientos eran tan torpes como tiernos. Poco a poco, la situación comenzó a calentarse e irse de las manos. Él apenas se atrevía a tocarme a pesar de lo mucho que yo deseaba que lo hiciera. Mientras lo besaba decidí ir más allá y comencé a palpar su zona genital. Mientras apretaba el bulto del pantalón, se retorcía en el asiento del auto. Yo no podía evitar morderme el labio inferior al saber lo que estaba generando. Lentamente y mientras lo miraba a los ojos, comencé a desajustar su cinturón. Podía sentir su incomodidad, pero no porque no lo estuviera disfrutando, sino porque sinceramente no sabía cómo reaccionar. Mientras besaba su cuello metí la mano derecha por debajo de su ropa interior y saqué su pija. ¡Estaba muy dura y mojada! Lentamente comencé a masajearla hacia arriba y hacia abajo, sin dejar de besarlo. Tal como me lo esperaba, no pasaron ni cinco minutos hasta que comenzó a retorcerse y a aferrarse al asiento del conductor. Mientras cerraba sus ojos fuertemente y reclinaba su cabeza hacia atrás, pude sentir que su orgasmo estaba cerca. Mientras endurecía su cuerpo y tensionaba sus extremidades, una gran cantidad de semen comenzaba a brotar de su pija cual lava volcánica producto de una erupción.

Mientras recababa mi cartera con mi mano izquierda en busca de un paquete de pañuelos, pudimos ver a la distancia un patrullero que se acercaba en nuestra dirección. Rápidamente le pasé un pañuelo a Lucas, mientras yo tomaba otro para limpiarme. Él, todavía adormecido y fuera de sí, hizo lo que pudo para limpiar el enchastre y se las ingenió para poner en marcha el auto antes de que el auto de policía pasara al lado nuestro. El conductor del patrullero nos hizo juego de luces y nosotros entendimos que era una señal para que dejáramos el lugar. Lucas comenzó a manejar y luego de hacer 200 metros se dio cuenta que aún no había prendido las luces bajas.

Al llegar a Boulogne Sur Mer, Lucas aprovechó para terminar de limpiarse y dejar más o menos en condiciones el auto antes de que subiera su hermana. Le pedí que me dejara cerca de la Arístides. Iba a aprovechar la oportunidad para encontrarme con un grupito de amigas que habían salido  a bailar. Le agradecí por acercarme, le di un beso en la mejilla y me bajé de su auto.

En los siguientes días, se las ingenió para conseguir mi número y bombardearme a mensajes y llamadas. Me decía que nunca había vivido algo así y que le había hecho conocer el verdadero placer, entre otras cosas. A los meses me enteré, gracias a Sofi, que había dejado el seminario y había comenzado el pre de Psicología en la Universidad Católica. Al fin y al cabo, su devoción terminó siendo tan frágil como su resistencia ante la tentación de la carne.

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