Pequeño ensayo sobre las Sombras de Hiroshima

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Definitiva como un mármol entristecerá tu ausencia otras tardes.

Jorge Luis Borges

Cuando era chico estaba obsesionado con la 3ª Guerra Mundial; eran épocas de la Guerra Fría y de los tires y aflojes de las grandes potencias, que ponían en riesgo al planeta. Con la poca información que se  tenía al alcance me fui dando un panorama de las circunstancias que aquejaban al posible conflicto nuclear, leyendo revista y libros.

Me interioricé sobre los efectos de un posible intercambio de misiles nucleares y descubrí que el Cono Sur de la Tierra no saldría indemne. Quise saber cuales serían los efectos y de a poco me fui fascinando morbosamente con el poder que podían desplegar. Las explosiones en el desierto de Nevada, en el atolón de Bikini, en la tundra de Siberia me fueron guiando hasta  las dos únicas detonaciones efectuadas en poblaciones.

La primera de ellas fue el 6 de agosto de 1945 sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, luego se repetiría la explosión nuclear sobre Nagasaki. Hubo cientos de miles de muertos durante y después del bombardeo.

Después de los estallidos nucleares, en el medio del caos, de la muerte y de la radioactividad en las venas se fueron descubriendo las sombras, la génesis de este efecto fantasmagórico fueron personas comunes que hacían cosas comunes que  fueron sorprendidos por el tsunami de  fuego. Este fenómeno es conocido como “efecto sombra” o “sombra radioactiva”. Se produce durante las explosiones nucleares por el intenso brillo quemador de la explosión. La detonación alcanzó el millón de grados centígrados. Esto hizo que algunos cuerpos y objetos dejaran una sombra en alguna superficie próxima.  En las zonas en donde un objeto o un cuerpo tapaban el suelo, o una pared, estos se protegían del efecto de la explosión nuclear, quedando impregnada la forma o la sombra de lo que tenían delante. Una especie de negativo. Un fogonazo cegador que marcó las siluetas como jugando.

Un transeúnte que llegaba tarde al trabajo o una mujer esperando al amor de su vida o un niño persiguiendo una mariposa… Conjeturas de su identidad.

Sólo quedaron sus efigies oscuras marcadas en el concreto, como un himno a la umbría. Quizás quedaron también sus pensamientos plasmados, pero no los podemos ver, aún.

La presencia en la ausencia misma.

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