Pocas Pulgas

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Madrugada de Sábado, 1.00 am. Hace unos años.

La esquina está como siempre a esta hora, bastante pelada. Sobre Colón circulan algunos autos hacia la Arístides. Sobre 25 de Mayo poco y nada. Hace diez minutos que estoy esperando el último 15 de la noche que me lleve de vuelta a mi casa. Perderlo significaría quedar tirado hasta las 6.00 am cuando empiezan a pasar de nuevo por acá.

Estoy sentado en las garitas que han instalado hace poco, iluminado por la luz que proyecta el cartel de publicidad. Solo, como me gusta. Se abre un portón a pocos metros a mi izquierda y sale un palio. El flaco me mira con aire desconfiado. Es el cachetón que está en el noticiero con Romanello. Ortiz algo creo que se llama. Se para en el semáforo hasta que le da verde y cruza Colón. Yo sigo esperando el puto bondi.

A lo lejos lo veo. Después de tantas veces hasta reconozco el interno. Me subo, pago y me siento en el tercer asiento solo. El resto del bondi está casi vacío, todavía. Como noche de viernes, este horario estira su recorrido llegando a los boliches de Chacras. Eso permite que mucho laucha salga en bondi a bailar. Yo solo quiero irme a dormir a mi casa.

El recorrido va tranqui, hasta que doblamos hacia Barraquero y San Martín. Suben varios pibes y algunas chicas. Todos producidos con un gusto que no comparto. Olor a perfume barato por todos lados. Hasta mi pobre olfato sufre con algo así. Las chicas suben primero, deben ser unas cuatro y atrás unos seis pibes. Todos hablando fuerte, gritándose cosas. Tratan de colarse cuando alguno paga pero el fercho los torea un poco y terminan pagando todos. El bondilero va con un amigote detrás de él, que se hace el áspero.

Cuando pasan los pibes al lado mío puedo ver botellas de cerveza, algo de ferné con coca en una botella plástica sin etiqueta y otras cosas por el estilo, todo debajo de las camperas de los varones.

Se instalan al fondo y siguen vociferando en voz alta. Antes de pasar por donde yace lo que fue Forum está bastante lleno el bondi. El grupo de bailaores está bien atrás, armando flor de quilombo. Se siente humo de cigarrillos y algún que otro comentario zarpado de algún valiente hacia alguna chica que no contesta. Más adelante se han quedado los que no quieren compartir el quilombo como yo. Algunas personas se nota que vienen de laburar, también suben algunas chicas que no van a bailar y no quieren ni arrimarse a los fiesteros del fondo.

A mi derecha, en el asiento de dos que tengo a la par viene sentado un tipo del lado del pasillo. No me llamó la atención cuando subió. Debe tener unos 45 pirulos. Los que estamos adelante ni nos damos vuelta cuando escuchamos las barrabasadas del fondo. El chofer no les dice ni mu, pero viene calentito porque se le han colado varios. Cuando para en San Martín y Rivadavia se sube otro tanto y se le cuelan más. Se hincha las pelotas y les pega unos gritos. Tira el freno y se para. Les dice que vuelvan los que no pagaron y que paguen. “Chúpame la pija!” se escucha del fondo, bien atrás, bien cagón. El fercho mira rojo del odio. Nada. Se da vuelta, se sienta y seguimos. Le hacen señas en una parada sobre Lavalle y el loco ni para, sigue directo hasta la cana que está frente a la plaza de Godoy Cruz. Se prende de la bocina hasta que sale un milico. Le dice gritando que tiene gente arriba que no quiere pagar. El milico espera a que vengan dos canas más y suben los tres. Pegan unos gritos, se hacen los malos. Amenazan con bajarnos a todos y pedir boletos uno por uno. Al ver que arriesgan todo el chupi salen cuatro o cinco para adelante a pagar. Los milicos siguen haciéndose los malos. Los pendejos pagan y vuelven al fondo, mientras se comen las gastadas de los otros. “Cagón!”, “te cagaste culiao!” y cosas por el estilo.

El micro arranca y me queda retumbando una imagen en la cabeza. Desde que el bondi se paró en la cana hasta que seguimos, el tipo sentado del otro lado del pasillo bajó la cabeza y no la levantó nunca mientras los milicos estuvieron arriba del bondi. Recién ahora se mueve un poco más mirando hacia los costados. Lo miro un poco mejor. Está vestido con un saco de traje bastante viejo, marrón oscuro, un pantalón por el estilo y unos zapatos muy baratos. Tiene una bolsa con algo en la falda, envuelto varias veces. Podría ser cualquier cosa. Ropa, comida, no sé. Se da cuenta de que lo miro pero no me mira. Yo también me doy cuenta y dejo de mirarlo. Sigo con cara de boludo mirando para adelante y para afuera. El tipo nunca me mira directamente, pero percibo que los dos sabemos que me llamó la atención y él no quería que eso pasara.

Atrás sigue el quilombo. Sigue subiendo gente, algunos fiesteros, algunos no fiesteros.  Se suben dos chicas lindonas, con tacos pero no para el boliche. Se quedan paradas por la mitad.  Ya vamos por el carril Cervantes y el bondi va parando menos. Cuando estamos por el Miraflores las chicas intentan ir hacia atrás para bajarse. Ya les habían dicho algunas cosas los del fondo en el camino, siempre cagones, siempre desde atrás, como “mamita, sentate acá” y cosas por el estilo. Cuando las chicas comienzan a pedir permiso, empezaron a decirles de todo. Ya perdieron el decoro por completo estos valientes efímeros. Las chicas se acobardan y reculan para adelante. Cuando iban llegando al chofer para pedirle bajar, se sintió una sarta de guarangadas irreproducibles, que ya ni gracia tenían.

Eso fue el disparador. El tipo misterioso se paró en un único movimiento mientras giraba, ágil, y quedó mirando hacia el fondo. La voz que se escuchó no daba lugar a ninguna duda. Fue tan contundente el tono como lo que dijo: “Se callan carajo! Al que diga una sola cosa más lo despanzo acá mismo!”.

Lo último quedó flotando en el aire, y de a poco se fue juntando con la sorpresa que había provocado la imagen. Estaba parado, piernas separadas, con un pie delante como un boxeador, siempre listo para esperar un golpe, pero en la mano derecha tenía un cuchillo de carnicero con la hoja achicada de tanto afilarlo. La cara era la de alguien que no tiene nada que perder, ni nada que temer. La mirada no tenía ningún brillo, simplemente esperaba una respuesta.

No sabría decir cuánto estuvo así parado, mirando fijo a cada uno de los boludos del fondo. Atrás no solo se habían callado, sino que hasta dejaron de respirar. El chofer miró por el espejo pero no dijo nada. Nadie dijo nada. Yo lo tenía demasiado cerca para mi gusto. El tipo giró lentamente y se sentó de nuevo. El bondi paró y las chicas bajaron. Luego siguió y dobló en Carbometal, el tipo se levantó. Fue hacia delante, dijo algo al chofer y se bajó en la calle Pablo Casale. Entró caminando hacia la oscuridad de la noche sin darse vuelta.

Seguimos y a las pocas paradas me bajé. El bondi parecía un velorio. Se escuchaban algunos murmullos, ni remotamente parecido a lo que era unos minutos antes.

Me seguí tomando ese bondi cada tanto. Siempre el mismo horario. Nunca volví a verlo. Vaya a saber qué fue de la vida del tipo con menos pulgas que me he cruzado.

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