Quizás volvamos a encontrarnos, o no

Llevaba horas observándola en la barra de aquel bar de mala muerte, el olor a humedad del lugar hacía la escena más desagradable, pero entraba en perfecta concordancia con el estado de su corazón. La veía suspirar y secar algunas lágrimas, mientras otras iban a parar al fondo de un vaso, que pedía rellenar sin falta con agua ardiente, después de cada bocanadade aire mezclada con angustia.

Pensaba para sí mismo:

“Seguramente ha venido a refugiarse a este misterioso lugar escapando de alguna tóxica relación,  de alguien que no la supo querer. ¿Pero mujer como no te van querer? Eres magnífica, con tu pelo al viento, esas caderas producto de las más delicadas pinceladas, esas pestañas ahora humedecidas por tristeza apuesto que se verían radiantes con alguna de mis estúpidas bromas. Ese perfume que dejaste a mi lado al pasar, a flores amargas que jamás olvidaré. Y tus piernas, acentuadas por esa pollera roja, adherida a tu piel, tu piel…”

Se admiraba con cada segundo que la observaba, las horas del reloj parecían años en su mente.

“Es suficiente, debo hacerlo ahora, o será demasiado tarde. Pero ¿Qué voy a decir? ¿Qué puede decir una persona tan común como yo a alguien con una belleza exagerada como ella? Creo que me equivoqué, todavía no supero a Julieta y quiero hablar con una mujer así de hermosa, seguramente ella aún no supera a su pareja anterior, quizás mañana vuelven a estar juntos, en una relación tóxica, o no. ¿Y si no la volviera a ver? Esta  es mi oportunidad, ya estoy aquí, he dado cinco pasos de donde la observé toda la noche, tengo que hacerlo, voy a hacerlo, ha estado sola por horas, rechazó a cada hombre y mujer que se le acercó, quizás soy yo el afortunado que marque la diferencia, o no”.

Corrió hacia el baño cabizbajo y casi rendido.

“No puedo” Se repetía una y otra vez con cada paso que daba.

“Llevo ya diez minutos observándome al espejo. ¿Por qué nunca soy suficiente? Suficiente corajudo, suficiente confiado, suficiente apuesto, suficiente… No esta vez, hoy va a ser diferente, voy a salir y voy a hacerlo”.

Al salir del baño, caminó decidido en dirección de aquella hermosa mujer, daba pasos firmes llenos de seguridad y levantaba las suelas de aquel zapato dejando marcadas algunas dudas en su andar, al llegar a la barra la chica ya no estaba, la esperó durante algunos minutos, pensando que habría ido al baño, pero no la vio.

– Don Tulio, ¿usted vio a la mujer de pollera roja que estaba aquí hace unos minutos?

– Si, pagó la cuenta y salió. Dijo que caminaría a casa, si se apura quizás la encuentre en la calle.

Salió desesperado dejando una cantidad de dinero que ni contó en la mano del viejo en la barra, agarrando apurado su campera y corriendo en dirección de la puerta, tenía la vista nublada y ni siquiera vislumbraba el picaporte, abrió con la mano sudorosa que se resbalaba de la perilla, al salir el frío golpeó su cara pero sumergido en adrenalina, no lo sintió. Intentaba buscar a esa mujer entre las siluetas que los faroles de la calle dibujaban, sin suerte suspiró, miró al oscuro cielo que lucía más estrellas que las que este simple y aficionado escritor podría resumir en una oración llena de nada.

Comenzaba a lamentarse de su desgracia, de su temor, de su falta de coraje, de su desbordante cobardía, ahora la adrenalina abandonaba su cuerpo y comenzaba a sentir ese frío congelante en el rostro y de repente una mano tocó su hombro y sintió un hermoso perfume a flores amargas y una dulce voz que le decía:

-Disculpame, ¿tenés fuego?

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