Si esto no es mala leche, ¿la mala leche donde está?

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Viernes de asado. Hace un tiempo que los viernes con los vagos han cambiado un poco, más si hay asado de por medio. Hay una delgada línea que separa los bolicheros zarpados que no perdonan un día sin salir a bailarla, tirando tiros sin parar y pateando doce kilómetros por noche dentro de un mismo lugar como un ping pong frenético de los que comienzan a preferir las charlas de bar, brindis hasta altas horas, filosofía de barra y quizás alguna amena charla con alguien del sexo opuesto, esa línea se llama 26 años, a veces 27.

El asado venía bien, el gordo Rolo se había hecho cargo de la parrilla con su hermano el Melena, el Rodi ya estaba con el Garabito bardeando al Conejo. El Tanque nos verduleaba al Tato a mí y el Flaco quemaba ramas con el Negro y el Pelota en la terraza. El Cecil no llegaba del estudio y del Pompi ni noticias. Era sorprendente que estuviese el Tetera, ya que su novia no lo deja salir hace setenta findes. Noviazgo hermoso, mezcla de tortura con esclavitud.

Acompañaban la velada varios tintos, dos Brancas, un Campari en honor a mí y las “fichitas”. Todo estaba preparado para ser un viernes tranca, de amigotes, morfi, escavio y poker hasta altísimas horas de la madrugada. Ese era el plan de la noche, como cuando le organizas una cena romántica a una mina y desde el vamos compras desde vino dulce para la entrada hasta forros texturados para la salida.

Un “manso” asado era la excusa perfecta para no tener que salir a bailar un viernes (siempre y cuando nos midamos con el alcohol), sumado a que ya estamos del otro lado de la línea de los 27, solo que al principio cuesta reconocer que crecimos y nos sentimos viejos para el baile. Por eso las fichitas del poker y por eso el Tetera entre nosotros.

Arrancamos el asado y de movida el Flaco, el Negro y el Pelota estaban comiendo Yacaré en el Líbano con Luca Prodan, Rolo Puente, la Banana Pueyrredón y Miguel Mateos. Los siete hablando del vínculo intrínseco que unía a los alemanes de oriente con los de occidente en la época del muro de Berlín. El Rodi y el Garabito se habían bajado dos tubos y estaban enronchados y bufando. Los demás comíamos y charlábamos de los tres temas que más charlan los hombres: minas, autos y fútbol.

Al tiempo de descorchar el fernet, el Flaco y sus secuaces pegaban su segunda marivuelta, el Tanque, el Pompi, el Cecil (ambos llegaron juntos en mitad del asado) ya acompañaban a dos escaviados Rodi y Garabito con cánticos de fútbol de la B, el gordo Rolo y el Melena preparaban las fichas y con el Tato nos habíamos bajado medio campari. El Tetera hablaba con su novia por celu. Estaba enojada la gallega.

Antes de que el Rolo terminara de ordenar las fichitas, el Pelota ya había puesto “Te Felicito” de La Barra (a full) y todos agitábamos como cuando le ganamos a México en el mundial, cuarteto y escavio no son buena combinación para una “noche tranqui”. Aparecía media mina en ese festival y se armaba la tercera guerra mundial. Volaron las fichitas y explotaron los celulares, mensajito va mensajito viene, empezaron a desfilar los lugares de partuza. Era obvio que el asado iba a terminar en bailanteca infernal. El Tetera ya le estaba mintiendo a la novia. El Flaco aseguraba que Marcelo Romanello y Federico Klemm venían con nosotros, se payaneaba los ojos. El Garabito hacía su chiste de fondear fernet puro, el Tanque le festejaba la proeza, el Rodi incitaba al Negro para que lo acompañe a una tercer marivuelta y yo hacía mi megagracioso pasito símil samba Brasilera tan loado y vitoreado por la vagancia. La juntada ya era un descontrol total.

¿Dónde vamos? Empezaron a desfilar los lugares más conocidos de la noche mendocina, el Tetera ponía cara de misterioso y no se bancaba el cagaso. Vamos acá, vamos allá, no nos poníamos de acuerdo, hasta que la tetera del Tetera explotó y lo largó “Viejas, vamos a un lugar donde no se me arme bardo, le dije a mi novia que no salíamos, háganme el aguante”. ¿Y como fallarle al Tetera cuando no venía nunca?

Si al boliche que fuimos le hubiesen puesto Ántrax al menos hubiese sido chistoso. No solamente había más vagos que un show donde una Ford Big Foot conducida por una mina en tetas pisa Fititos, sino que las pocas que habían eran tan feas que no nos animábamos a mirarlas. Terminamos haciéndole chistes a un maraca que bailaba sobre un parlante (siempre hay “raros” en los lugares pedorros) y a una gorda que juntaba los vasos de plástico del piso para llevarlos a la cocina, lavarlos y volverlos a meter en la barra. Obviamente lo bueno de esos lugares tan “biorsis” es que el escavio sale re barato, así que terminamos bailando algo así como Locomía o Vilma Palma todos chivados y bañados en porrón. El Flaco, el Negro y el Pelota ya iban por la quinta marivuelta, el Rodi no se banco ni una y quedó reventado cuidando el auto. El Garabito se la quería poner a algo parecido a una morcilla con tiritas blancas y párpados verdes. Nadie se había dado cuenta de que el Tetera se había quedado afuera del boliche “convenciendo” a la novia de que estaba en el asado.

Cuando miré alrededor y no vi al Tetera lo salí a buscar. Ahí estaba, encerrado en el auto hablando con la novia. Le golpee el vidrio y me hizo una seña como que me calle, que no haga ruido. Lo banque un toque hasta que cortó el celu puteando. La novia no le había creído que se quedaba en el asado y el Tetera le había dicho que ya estaba en su casa. “Bomur, anda con los chicos, me quedo en el auto, esta culiada me va a llamar en cualquier momento”, me dijo el Tetera. No voy a ponerme a explicar los motivos por los que el Tetera es tan mamón, ya ni intentamos entenderlo, simplemente lo aceptamos. El tema es que me decidí quedar con él, para hacerle el aguante, total, el Ántrax estaba pésimo. Apenas me siento le suena el celu y con cara de “¡ves, te dije!” atiende con un patético y bajito “hola mi amor, estoy acostado”. La pelea telefónica se extendió por unos quince minutos que me parecieron una eternidad. Por el vidrio veía las luces del antro y escuchaba los gritos de los chicos. Lo miré al Tetera y le hice señas que le cortara y que nos fuésemos adentro. Me hizo señas de que cerrara el orto. Esperé unos cinco minutos más y me bajé del auto, no sin antes decirle que ni se le ocurra irse sin nosotros (habíamos ido en dos autos nomás) y mandarlo a la mierda por lo bajo.

El decadente bailongo terminó como era obvio; el Rolo se quiso robar un trago para que la velada sea más graciosa aún, el barman lo fichó y un pelado re potente le puso un ñoqui en el riñón que lo inutilizó desde la barra hasta la vereda. Todos los cagones chistosos nos fuimos haciéndole trencito al patova… lamentable lo nuestro. El Rolo tosía de dolor, nosotros nos ahogábamos de la risa. El Pompi vomitaba la acequia y el Cecil le tiraba a unas putas con el Tanque, para ver si se las ponían sin garpar. El Garabito re caliente fue a buscar el auto porque a la morcilla, que se llamaba Rosalía, se la dejaron adentro. Yo insistía con mi símil brasilero con tan poca coordinación y gracia que se había transformado en una estúpida y patética imagen de ebrio mal pintado.

Íbamos en dos autos, nos dividimos según locación y a mi me tocó ir en la nave del Tetera (que estaba medio dormido con el celu estallado contra el vidrio de atrás) junto con el Rodi y el Garabito. El Pompi iba de copiloto adelante. A las dos cuadras de arrancar el Pompi (muy muy ebrio y con hilachitas de baba en la remera) se tiró uno de los mejores chistes de la noche: “en ese boliche si que no se coje, pero en este auto menos”. Fue uno de esos comentarios que en otra situación hubiese pasado desapercibido, hubiese sido ninguneado, incluso digno de un relajo, pero luego de una noche de excesos, de amigos, con la que se había mandado el pelotudo del Tetera y viniendo de un gordo ruludo que le dicen “Pompi”, lleno de baba y olor a colitis de Red Bull, era imposible no estallar de la risa. Los tres de atrás empezamos a saltar, como haciendo pogo y al unísono vitoreábamos “no se coje, no se coje, no se coje”. El Tetera estaba que hervía. En ese instante de éxtasis saque un forro de la billetera, lo inflé y lo empezamos a pasar de atrás para adelante, siguiendo con nuestra cantata. El Rodi lo agarró eufórico, no se como hizo pero lo desató y lo soltó, dejándolo volar libremente por los aires al tiempo que hacía un ruido a pedo increíble. El chiste ameritó ser repetido tres veces hasta que nos dio un poco de asco sentir la boca tan envaselinada.

El Tetera nos llevó caliente y en silencio hasta nuestros respectivos hogares, una noche divertida había culminado, por la mañana la jornada pasaría su cruel factura.

Pasó todo el sábado normalmente, yo más “ente” que “normal” y llegó ese típico domingo en donde pensas que los atardeceres domingueros están hechos para pegarse un tiro en las bolas. Esa presión espantosa de haber dormido una siesta exuberante, absurda, soberbiamente ridícula y confusa hace que todo sea más deprimente aún, más lento, hasta que suena ese puto celular y rezas porque algún condenado la esté pasando tan mal como vos y se digne a invitarte a tomar una coquita o tu novia te invite a ver “El Hombre de tu Vida” y te cocine rico. Era el Tetera, no sonaba alegre, pero era juntada en fin. Un domingo más con mis bolas en su lugar.

A los diez minutos apareció el Tetera por mi casa en bondi, con la cara larga como la ruta 7 y más tristeza que cuando ves por primera vez Bambi, Chatrán o escuchas El Oso de Moris.

– ¿Qué haces Tete? ¿Y el auto? – le pregunté.

– Loco, no sabes lo que me pasó – alcanzó a decir entre pucheros de macho – Resulta que fui a buscar a la Vero (novia del Tetera) y cuando llegué estaba con el Maxi (hermanito de la Vero) y la vieja pelotuda de la madre (suegra del Tetera) me pidió que lo lleve al guachito culiado (el Maxi, cuñadito del Tetera) al cumpleaños de un compañerito de la escuela.

– ¡Como te gusta ser mamón! – le dije

– ¡Para boludo, dejame empezar! – me gritó el Tetera – el tema es que cuando vamos yendo en el auto, yo manejado, mi novia de acompañante y el Maxi en el asiento de atrás, siento al guachito que busca algo entre los asientos. De pronto siento soplidos, siento que el pibito está intentando soplar algo… está intentando “inflar” algo – me dice el Tetera medio enojado.

– ¡Nooooooooo! – Le dije al Tetera, sospechando algo.

– ¡Si culiado! Me empecé a poner re nervioso – me dijo sorprendido el Tetera – El guachito puto empezó a escupir y a decir “puaj que asco”.

– ¿Y que pasó? ¿Qué pasó Tetera por Dios? – le dije intrigado.

– Yo le hablaba re fuerte a mi novia, para que ella no se diese cuenta. Puse más fuerte los Redondos y la miraba fijo a la pelotuda para que no fuese a voltearse – me dice el Tetera.

– ¿Y? ¿Se quedó canuto? – le dije

– ¡Que se va a quedar canuto el pendejo re pelotudo ese!, ¿sabes la que se mandó?

– ¡No Tetera!, ¡no!, ¿Cuál se mandó? – le dije nerviosísimo.

– El pendejo pelotudo empezó a flamear el forro con el que vos habías pelotudeado la noche anterior al tiempo que me gritaba “Tete Tete, ¿de donde sacaste ese globito? Tiene un olor horrrrrrrribleeeee.” – me dijo el Tetera

– No-te-lo-pue-do-creer… – le respondí con cara de Poker

– Y el muy puto remató “Olelo  Vero, tiene un olor re feo” y le repasó todo el forro por la boca – me dijo el Tetera desfalleciendo

– ¿¿¿¿Y qué paso re mil culiado????? – le dije a punto de morir.

– ¡No sabes la que se me armó hermano! Mi novia se volvió loca, loca mal, sacada. Me dijo que la baje ya del auto, al tiempo que le explicaba tal cual era había sido la joda – me dijo el Tetera y le corté en seco.

– ¿Y te creyó? – le pregunté inocente.

– ¿Vos sos pelotudo o tu papá hacía payanitas con vos como pelota de chiquito? – me dijo caliente.

– Y la verdad es la verdad – le dijo tipo “aforismo” de Hidalgo

– Pero pedazo de re pelotudo, vos imaginate cuando le dije “Verito, anoche fui con los chicos a bailar, bah… no fui, en realidad me quedé en la puerta porque no te quería mentir y cuando volvíamos los chicos se pusieron a joder con el forro ese” – me dijo el Tetera autoimitándose como ñoño.

– Y ahí bajó un cambio – aseguré.

– ¡Va a bajar!, me dijo “¿vos te crees que soy pelotuda?” entonces le arrimé el forro y se lo acerque a la cara y le dije “mirá si no tiene nada, ni semen ni nada”… el guachito atrás estaba más sorprendido que viendo Transformers versus Termineitor en 3D.

– ¡Y ahí te creyó! – suspiré

– ¡Que me va a creer boludo!, no me terminé decirle lo de la leche que me puso tremenda piña en la pera. Saltó el forro a la mierda y me empezó a salir sangre del labio. Vos conoces a la gallega, ¡no sabes como se puso! – me dijo el Tete abatido.

– ¿Y que pasó? – le pregunté

– Y nada, no la podía parar, “que bajame que bajame, bajame o me tiro”. La mina atinó a abrir la puerta así que me paré, se bajó, me reventó el vidrio de un portazo y se rajó dejándome al pendejo que no había emitido sonido.

– ¡Uuuuuuu con lo traumado que sos con el auto! – le dije. ¿Qué hiciste? ¿Tenes al nene muerto en el baúl?

– Me bajé re loco y la fui a buscar, ella iba rapidísimo, media cuadra más abajo. Corri y la agarré de la mano. Se dio media vuelta tipo Karateka y me puso otro camote en el medio de la cara… ahora me salía sangre de la nariz también – me dijo el Tete acariciándose la nariz que la tenía colorada.

– ¡Que garrón cumpa!… que pija – le dije consolándolo.

– Igual eso fue lo peor… pero no lo único – me dijo el Tete misterioso.

– ¿En serio mataste al Maxi? – le dije medio asustado. El Tete medio loco era capaz de hacer cualquier cosa…

– ¡No boludo! Todavía no… El tema es que cuando me baje me olvidé de poner el freno de mano. El auto no estaba – me dijo el Tete.

– ¿Cómo no estaba culiado? – le dije parándome del susto

– Bah… si estaba. Estaba media cuadra más abajo, se había ido para tras hasta que paró en el semáforo – me dijo resignado.

– ¿Se paró solo o lo paró el guachito choto ese? – le pregunté.

– El guachito se bajó cuando se empezó a ir para tras… lo paró una Dodge Ram, justito al medio… dejándome el Gol como un acordeón – me dijo el Tete al tiempo que se le caía un lagrimón.

– Si eso no es mala leche ¿la mala leche donde está? – Y nos fuimos a tomar una Cindor.

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