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Situaciones fatídicas de encontrarte a tu ex en el boliche

Listo, fue, se terminó, se acabó lo que se daba, te cortaron el chorro o te sacaste la mochila, una de dos, el tema es que se terminó tu relación sentimental. Uno sentirá una libertad absoluta, una liviandad total, un soplo de viento suave en pleno desierto, una lluvia de septiembre, un vestido blanco de seda al aire mientras se pisa un suelo de césped húmedo.

El otro se sentirá como el mismísimo diablo, llorará por los rincones, no bastaran los oídos de amigos, hermanos y familiares para escuchar sus lamentos y súplicas, sus pensamientos, sus esperanzas de algo que no fue ni será y quizás nunca existió. La vida del otro momentáneamente carecerá de sentido, buscará asilo en la soledad, en las sábanas, en el martirio de rememorar antiguas letras o fotos archivadas. Soñará con su piel, con sus besos, con sus palabras, revivirá todos los momentos felices como si hubiesen sido eternos, olvidando por completo el sufrimiento y la desidia. Se refugiará en los excesos, las artes, el deporte o los amigos…

Pero tarde o temprano, antes o después, miércoles, jueves, viernes o sábado, un día, mejor dicho una noche, volverá a ese recinto del infierno, donde promiscuos personajes se fagocitan entre sudor y ritmo, ese lugar generador de historias e histerias, de aventuras y desventuras, de amores y odios, de amigos y enemigos, de fama o ninguneo. Todos sabemos que volverá, porque todos volvemos a ese lugar, ese hermoso e inmundo lugar, ese sucio y patético inmueble de moda… todo volvemos al boliche.

Y ahí, cuando pasado en alcohol llegas, haciéndole creer a todos tus amigos que más o menos estas bien, justo cuando estas bailando con una persona “digerible”, en ese momento cuando decís “¡joya!, hoy mojo”, en el preciso instante que comenzas, tal vez, a darte cuenta de que no fue tan malo terminar con tu ex… en ese momento, si ella está en el mismo lugar que vos, pasan las siguientes cosas:

Revive el humillado: de pronto el caramelito digerible pasa a ser lo peor que te pasó en la vida y como un bebe llorón vas a buscar a tu ex a implorarle su perdón. Te pasas toda la noche entre súplicas y llanto sincero, sin la menor vergüenza hacia los cientos de miles de flacos que te ven como un choto y las millones de mujeres te ven como un tierno (al que no desean más que lo que se desea una mamadera caliente). Le arruinas la noche a tu ex y te máquinas como para tener crédito un mes más de lamento y bajón.

Vuelve el perro arrepentido: vos estas meta que cintura, meta que beso, meta que chupón y… ¡chan! La susodicha se dio cuenta que ahora que no tiene a su choquito faldero, lo extraña como nada en el mundo. ¡Pero no!… no es cierto, extraña no tener más en su posesión a un tipo, no te extraña a vos ¡pajarón!

El polvo de madrugada: sabes que anda por ahí, pero te haces el que te chupa el codo. Le tiras a todas las más ricas del boliche con artillería pesada, perdes como el mejor. Luego seguís con las más biorsis, para terminar charlando con una heladerita se Sorpole a ver que onda… te dignas un instante. Entonces, cuando se acabó la música y toda la monada esta planeando donde ir a calmar la gula, arrancas con el mensajeo erótico a ver si pegas garche confianzudo. Probablemente pase, uno de los dos se confunda nuevamente y el otro diga como si nada, como solo lo que fue: un polvo.

Las amigas de tu ex: pueden pasar dos cosas, si te cortó a vos, probablemente te vengan a chamullar un rato (y vos es fija que vas a preferir quedarte escuchando las sandeces que te cuenten aunque por ello te pierdas vacunarte a la Maglietti), te van a decir que la mina “es una boluda”, que “no sabe lo que quiere”, que “no sabe lo que se está perdiendo”, que “flacos como vos no va a encontrar jamás”, que “ninguna lo podía creer cuando te cortó” y una tediosa, falaz y humillante lista de taradeces. Flaco… ¡te tienen lástima pelandrún! La mina se muere por garcharse a un pendejo más divertido que vos, con más guita u onda. Le chupa una rodilla “lo que se perdió” ¡porque no se perdió nada al perderte paparulo! La otra cosa que puede pasar es que seas vos quien le cortó a la muchacha… ¡y ahí si prepárate campeón! Por el simple hecho de no amar más a alguien te transformas en el peor genocida, nefasto, malicioso, maquiavélico, demoníaco, repugnante, repulsivo, mal parido y criminal de todos los hombres, ¡basura mala leche sin corazón! Ni soñes con bailar con otra mina porque puede ser tu muerte.

El despechado peleador: en un momento te parece verla, te detenes, enfocas bien y si… ahí esta… bailando con ese pituco pendejito lindo, a las risotadas, mirándolo con esos ojos que hace siglos que no veías, esa llama, ese candor, esa frescura, esa inocencia. Un fuego te abraza como la Roma de Nerón, como el habitáculo de Niki Lauda en el 76, como el piso 80 el 9 de septiembre. Y ya no sos más vos, ahora sos Rocky, o mejor dicho: ¡Maravilla Martínez! El primer sopapo que se come el símil-Justin Bieber lo deja en coma, pero la gavilla de amigos que se viene a vengar tu cometido es imbatible. Te pegan hasta por debajo de la muela, ¡gracias a Dios existen los patovas! Al otro día no solo te duele hasta el pelo, sino que tenes cientos de llamadas perdidas y mensajes que van desde “sos un pelotudo”, pasando por “te odio”, “te lo merecías”, “sos un ordinario bruto”, “no me busques nunca más” y miles de cosas que, lógicamente, te merecerás… ¡pero que rico cobró el Justin!

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