Soy leyenda

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Siempre lo supe…Todos me tildaron de loco cuando ví que la tecnología crecía a pasos agigantados y, al ser un asiduo fan de Terminator y Matrix… sabía lo que se avecinaba, y veía a la humanidad toda sucumbir con placer e incluso pagar por doblegar su vida ante las nuevas tecnologías. Las máquinas algún día se sublevarían para tomar el control y yo podía sentir que ese día se aproximaba.

Al principio eran noticias aisladas, Crónica, el diario Uno y el Mdz mostraban accidentes y muertes que me hacían comer la cucuza un rato sobre COMO habían sucedido, pero terminaba echándole la culpa a la paranoia.

Hasta que pasó lo de Juan. Juan había sido un compañero de laburo mío allá por el 2004, y cuando me encontré a Tito, un compañero en común, me avisó que se había estrolado con el camión la noche anterior.

Que raro, Juan era uno de los mejores conductores que yo conocía. Sin embargo, en el velorio me enteré de cosas que fueron como la punta del iceberg de esta verdad que yo creía ver. Era una sombra que ya estaba encima nuestro… Juan se había vuelto muy pendiente de los aparatitos de geo posicionamiento satelital. Y en el pozo de 300 mts adonde había caído Juan mas los 50 pallets de sidra que transportaba, lo único que había salido ileso era su GPS… le había marcado que el camino era hacia el precipicio.

Esa fue la gota que derramó el vaso de mi cordura y fue cuando abrí los ojos a lo que estaba pasando.

Como todos andaban bobos, nadie se hablaba con nadie por estar con la cabeza metida en el celular. Los Musimundos pasaron de 17 sucursales a 74 en Mendoza nomas, en un período de un año. Y yo todo lo iba viendo crecer y arrollar la mente humana como una aplanadora sin poder hacer nada.

A mis amigos más cercanos les advertía, pero como siempre, me evitaban con un ‘‘Callate peludo choto, vos y tus teorías conspirativas me tienen los huevos en vinagre’’ mientras tecleaba la pantalla de su tablet, bajándose aplicaciones para que le avise cuando debía bañarse.

Decidí apartarme del embrujo de las máquinas y convertirme así en último bastión que todavía disfrutaba sentarse a mirar el sol.

Vendí el auto y usé la plata para comprar armamento, municiones y provisiones no perecederas. Pero siendo cuidadoso al elegir lo que me llevaba al cuerpo, ya que mi teoría de que meten nanobots en el salchichón primavera para controlarte desde adentro como a un sistema robótico más, cada vez me parecía más plausible.

Me asedié en mi departamento, arranqué los cables de electricidad para que ninguna de sus ‘‘microondas’’ me afectara y me hice un “repelente de ondas electro magnéticas hipnóticas’’ parecido a un sombrerito de papel de aluminio.

La casa era asediada constantemente por vendedores de Claro, MoviStar, Megatone, Apple… ofreciéndome Ipads, notebooks, celulares de alta gama, televisores ultra planos, suscripciones a Netflix o Directv y demás herramientas del mal que según ellos iban a mejorar mi vida.

Pero la trinchera era sólida. Aguanté y me llevé a unos cuantos… unos cuantos muchos.

La falta de compañía me estaba afectando un poco y tenía momentos en los que me reía a carcajadas solo pensando en que capaz me había tomado todo muy en serio y me estaba volviendo loco. ¡¿O acaso estaba cada vez más cuerdo??!

El tiempo me dio la razón en lo segundo el día que llegó Martín a mi casa. Vivía enfrente y le había hecho señas con un espejito reflejado al sol para que, en clave morse, entendiera que tenía que acercarse a mi lo antes que pudiera. El, mi amigo del alma, nos conocíamos desde muy chicos, él no me iba a fallar, no iba a llamarme ‘‘gordo peludo demente’’ como lo hacían todos. El se iba a aliar conmigo y juntos íbamos a juntar sobrevivientes para formar una resistencia contra las máquinas el día que tomaran total control de la tierra con sus cables, sus botones y sus beep boop boop prii prii tacataca friiiii y sonidos polifónicos.

Cuando lo vi llegar, me dijo:

– ¿Que pasó chabón? ¿Estás bien? Hace como dos semanas que no te veo salir y estaba preocupado por vos. Ya han desaparecido dos técnicos de telefónica y tres tipos vinieron a instalarme el Direct tv pero cuando llegaban a la cuadra se tomaban el palo. Ni que hubieran visto un fantasma. ¿Che, y ese sombrerito que onda?

– De eso te quería hablar, en una de mis tácticas de aislamiento y protección de la periferia barrial los intercepté y…

– Aguantá que me llegó un whatsapp… – me dijo cortándome en seco mi conversación.

– ¿¡Qu…qu….que es eso?!?! – le espeté, aterrado porque en sus manos tenía al enemigo, lo había traído hasta mi guarida.

Un celular, boludo. ¿Que va a ser? Me lo compré hace poco y tiene de todo, no sabés… – empezó a enumerar.

Pero yo sí sabía, sabía mejor que nadie. Me di cuenta que Martín ya no era Martín, tenia los ojos perdidos y hablaba con una fascinación automática, casi podía escuchar el traqueteo mecánico de sus adentros, fruto de la manipulación de las máquinas, ya estaba adquiriendo su lenguaje, era tarde… ya estaba perdido… formaba parte del bando contrario y venía a traicionarme.

– Tiene el multiprocesador y el software 2.0 con 400 ram y 2 núcleos.- decía mientras yo ya no veía rastros del amigo que alguna vez tuve. 

Seguramente por dentro ya era una máquina, algo así como un T1000. Lo miré, me miró con una sonrisa en la que solo se tomaba el tiempo para seguir hablando en esa dialéctica tecnológica para convencerme de comprarme auriculares bluetooth, una tarjeta de memoria y bajarme el task killer.

Saqué el arma y gatillé con todo el dolor del mundo. La primera bala le entró por el ojo izquierdo, aunque yo había apuntado al corazón. Entendí que el orden había cambiado. Yo ya no era ejemplo de lo normal, lo normal era la vida enfrente de una pantalla. Rotar de una pantalla a otra, del celular, a la computadora, a la tele. Siento las sirenas acercándose. Tengo que resistir, tengo que ser fuerte…

En algún momento, que las máquinas tomaran control sobre nosotros era una idea descabellada, pero ahora no.

Fue difícil asumirlo, pero hoy, acá… con mi papel y lápiz y sin celular, ni notebook, ya no soy un ser humano común y corriente…

Hoy soy leyenda.

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