Terror en ciudad: Avellaneda, la pensión del miedo

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“Esto pasó en Ciudad hace cosa de 20 años cuando recién me casé, ocurrió en una añosa pensión que está en calle Avellaneda, a pocas cuadras de los portones del parque”

Allí llegamos con mi esposa embarazada a vivir de allegados con mi hermana que alquilaba una pieza por módicos 600 pesos que incluían habitación con dos camas, derecho a baño comunitario, cocina comunitaria y los domingos comedor comunitario.

El caso es que yo había hablado con el encargado de la pensión, un chileno a quien llamaré Adriano y quien, para los efectos de la historia merece una reseña.

El tipo era un vividor, un tahúr entregado a los goces de la vida a pesar de cargar sobre sus hombros con 40 y tantos y una renguera producto de una accidente en moto, lo que no le impedía bailar al ritmo de los éxitos de Sandro, a quien se parecía físicamente  y deleitarnos los domingos durante el asado de patio con los temas del gitano cantados histriónicamente con un vaso de lata a modo de micrófono.

Adriano era además plomero gasista por oficio y ahí enganché con él para que me enseñara a trabajar y me diera laburo dado que salido recién del cole y con una mina y un gurí en camino no podía pretender ser gerente de nada como hoy en día.

Adriano era un tipo oscuro, igual que el Turco dueño de la pensión que venía solo una vez al mes y solo entraba a la habitación del encargado a cobrar lo recogido por éste de los otros inquilino, sin que el resto le pudiera hacer ver sus molestias por lo desvencijado del edificio.

Y como estas antigüedades abundan en Mendoza, tenía guardada una historia que hasta el día de hoy me pone los pelos de punta cuando recuerdo.

Toda la gente que allí vivía lo hacía normalmente… pero de noche y sobre todo cuando había luna, se escondían temprano y cerraban los postigos de las puertas que tenían vidrios (o falta de ellos) que permitían la vista hacia el exterior (e interior respectivamente), ponían la televisión fuerte o la música para no oír los sonidos del exterior.

Siendo joven era un tipo poco dado a la cobardía, pero aquella ceremonia de encerrarse me empezó a inquietar y más aún cuando cambié de laburo y empecé a trabajar de noche…

Entré a trabajar al carrito que está en el cerro La Gloria como sanguchero y de noche, para ganar más, de mozo, por ende llegaba a casa a eso de las 4 o 5 de la mañana, debiendo recorrer  hasta mi residencia una distancia de treinta metros desde el tétrico portón de calle, pasando por las habitaciones de dos pisos del frente lo que le daba a la pensión un aspecto fantasmagórico, una vez ingresado al patio principal, se accedía mediante una galería a las piezas.

Fue en el patio donde por primera vez me sentí vigilado, observado desde arriba, era difícil de explicar, pero se sentía como un frío que bajaba cual un manto de hielo, a pesar de estar en pleno verano, que me obligaba a apurar el paso para meterme a la pieza… debo hoy reconocer que me recagaba de miedo y no me atrevía a mirar al techo. Entonces empecé a indagar y a medida que lo hacía los eventos se desencadenaron  vertiginosamente.

Pregunté a los vecinos y la mayoría rehuía a las respuestas como si estuviesen siendo vigilados, amordazados por una mano invisible, fue Mirta, una vecina ya entrada en años y con un pasado opulento (psicóloga retirada y enloquecida por el abandono marital) quien me llamó un día a su cuarto, al lado del nuestro y me contó…

– Vos, pajarito (así le gustaba llamarnos a mi mujer y a mí) no te imaginas lo que acá ha pasado, el tipo ese, Adriano, vos lo conocés, tiene mucho que ver en esto por eso nos callamos, lo que acá pasa va más allá del entendimiento humano… por lo que más quieras ¡¡no preguntes más!!

En este punto sus cenicientos ojos revelaban un dejo de horror, un horror latente y presente, como si hablara conmigo y con alguien más dentro de aquella habitación… me supo transmitir su miedo y mi inicial coraza de hombría e ignorancia se tornó de inmediato en pavor. Estábamos solos en la habitación, sobre la mesa estaba una lamparita de mesa con un foquito de 60 watts que iluminaba mortecinamente la estancia y si inicialmente nuestras sombras eran dos sobre la pared, al culminar las palabras de Mirta… ¡sobre mi sombra aparecía otra en forma horizontal!, me quedé helado mirando, sintiendo sobre mí el frío que he descrito con anterioridad, entonces haciendo acopio de valor, me desembaracé de aquel hipnótico trance y volví mi vista hacia mi vecina. Esto me desmoronó, sus ojos miraban la pared sobre mí y con horror asentía, mientras lágrimas corrían por sus descarnadas mejillas. Hui de allí sin dar crédito a lo que había visto. ¿Cómo podía ella haber visto esa sombra sobre mi si hacía tiempo un severo glaucoma la había enceguecido totalmente?

En los días siguientes los sucesos se desencadenaron vertiginosamente, como si mi intrusión hubiese despertado o molestado a aquella cosa, por las noches se oía en las chapas del techo un constante ir y venir de pasos fuertes y gruñidos… bajos y estertóreos, siempre deteniéndose sobre nuestro cuarto, gruñendo, rascando las latas y tratando de bajar. Debo contar que estas casas, para quienes no hayan visto alguna, poseían en vez de cielo raso una lona gruesa colgando sobre la mampostería y que con el viento (el zonda por ejemplo) se movía como la vela de un barco.

Entonces cuando la cosa caminaba o corría por el techo  lona se cimbraba y arrojaba sobre nosotros polvo y restos de insectos secos.

Hasta que una noche, que recuerdo hasta hoy, volviendo del trabajo y cuando  los sucesos habían amainado un  poco, la ví…

Sobre el techo, en el ángulo que quebraba la pensión en dos, de pie estaba una figura femenina, una mujer de pelo suelto y ropa clara, con las manos crispadas a los lados del cuerpo, mirando el techo bajo sus pies. Mi horror me paralizó y me obligó a presenciar aquello que no era de este mundo. Sus pies desnudos, su ropa de niña mecida por la brisa cálida del verano, sus manos convertidas en dos arañas gigantescas cuyas falanges se agitaban como látigos sobre sus muslos, aprestándose a saltar… aprestándose a bajar… pero ¿adonde?… ¡¡la habitación de Adriano!!, esta tenía un  tragaluz  y el chileno tenía su cama justo debajo para poder tomar a la luz de la luna y las estrellas, y ahora una aparición lo estaba acechando por esa misma claraboya.

La mujer empezó a moverse en círculos alrededor del agujero en el techo y cuando me daba la espalda, mi respiración se soltaba, fueron dos vueltas, me acuerdo muy claro y a la tercera… me vio, o eso creo porque detuvo su cancina y macabra ronda dirigiendo su faz hacia el patio donde yo estaba petrificado, echó hacia arriba los hombros y comenzó a gruñir, tal como había oído en las carreras por el techo, un gruñido seco, sin vida, de odio, de perdición.

No lo soporté más, corrí venciendo el miedo, pero en cámara lenta, no podía correr, mis piernas daban largas zancadas pero no podía salir del patio, siempre bajo la vigilancia de la cosa, rodeé una hilera de malvones que crecían en una cantera de piedra y me acuclillé, como un feto intentando gritar. Pedí ayuda sin emitir más que un ronco estertor, como cuando una sueña cosas horribles y trata de gritar sin conseguirlo.

Levanté la vista, con ardientes lágrimas brotando descontroladas, con una mezcla de horror y creciente adormecimiento y grite en voz baja:

– Mamita lo tuyo no es conmigo, soltame…

Y desperté con la luna sobre mí, temblando y con mis manos crispadas y vacilantes, con la cabeza agachada, me arrastré por el lado del alero del patio hasta alcanzar la trancada puerta de mi cuarto… golpeé con sigilo, pero con urgencia, y entré como un galgo a la apenas iluminada habitación donde mi mujer y mi hijo recién nacido dormían sin haber oído nada.

Nada le conté, pero hice todos los esfuerzos por emigrar, cuanto antes de allí, consiguiéndolo casi un mes más tarde.

Supe luego que Adriano había estado de novio con una chica de 20 años y que habían vivido hacia años en la pieza del cuidador. Luego de una aventura de él con otra mujer, la chica se colgó del techo en donde las alas de la pensión se juntaban y se veían las vigas de la añosa construcción.

Hace poco supe que Adriano se mudó a una casa de calle Belgrano y que los vecinos ya hablaban de los raros hábitos del hombre y la fijación de los gatos del sector que han agarrado de correr y gruñir por los techos de su casa por las noches.

Hace poco también pasé por la oscura pensión de calle Avellaneda… la herrumbrosa puerta de hierro sigue allí a media cuadra de la Boulogne… como un viejo que se niega a mudarse para que pasé por su casa una autopista…

Escrito por Darkkatt para la sección:

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