Traidoras

A lo largo de toda la vida de una mujer, una de las cosas con las que hay que aprender a convivir es con las “traidoras” de género. Son esas chicas que pueden ser buena compañía, divertidas, graciosas, simpatiquísimas, pero con las que una no puede contar al 100%. El problema es que son bastante bichas, y una no se desayuna de la cruel realidad hasta que ya fue víctima de la muy víbora.

Estas chicas funcionan como espías. Disfrazadas de amigas, escuchan atentamente, y están metidas en todas las conversaciones, sobre todo en aquellas que involucran a los problemas de una con el sexo opuesto. Se aseguran de defender a muerte su papel de persona bonachona, comprensiva, sin prejuicios, todo oídos. También incluso son preguntonas: con aire cómplice, se informan de todo lo que te pasó o te pasa con Juan o Pedro (o con los dos), qué sentiste, qué pensás y qué vas a hacer. ¿Y qué hacen con toda esa sabrosa información, que una verdadera amiga guardaría como el más preciado de los tesoros? La venden al grupo de varones, la malvenden en realidad, la intercambian sólo por unos segundos de atención masculina, por una palmadita en la espalda y porque cada vez que quieran más información la llamen a ella. Y cada vez que la llaman, siente que está tocando el cielo con las manos, y mira con superioridad al resto de las chicas, como diciendo “los chicos me eligen a mí”, sin sentir ni un poco de remordimiento por las nabas que deja ahí plantadas para cagarlas con la tribu ansiosa por nueva información.

Es una chica sedienta de atención masculina, que en su proceso de conocer al sexo opuesto intenta acercarse lo más posible y conseguir su amistad, creyendo que contando los secretos más vergonzosos de las que llama “amigas” va a obtener algo más de ellos, que ellos a su vez le van a contar todo a ella (ja ja ja, pobre ilusa), todavía cree que las chusmas son sólo las mujeres y que los tipos son totalmente confiables y que nunca van a promover un puterío. A veces, si la anécdota no es lo suficientemente interesante, pueden exagerarla “un poquito”, dejando volar su imaginación, para deleite de los caballeros. Todo sea  por sus amigos. Ella misma confía ciegamente y cuenta todo también. Pero cuando tiene un problema, un verdadero problema que necesita contar y encontrar eco, comprensión y ayuda, ahí sí busca al grupo femenino.

Por eso los varones se enteran mágicamente, cuando sos una nena, de quién gusta de quién, quién le daría un beso a quién, a cuántos ha besado Martita y cuándo Florcita le va a decir que sí a Martincito.

Cuando sos adolescente: quién es virgen y quién no, a quién le tiene ganas Jenifer, cuándo comenzó a usar corpiño Silvia, que Fernanda se rellena el suyo con papel higiénico, que Graciela se tira pedos hediondos, que Verónica se transó un pibe en el boliche, y que la madre de Ana es medio gato y sale con un tipo casado.

Cuando sos una mujer: qué pasó en la despedida de soltera de Paulina, que Zulma le coquetea al verdulero, que el hijo de Valeria podría haber sido del exnovio por una diferencia de 2 semanas, o mejor, que tiene dudas de quién es el padre, que Amanda dejó que su jefe le palmeara la colita, que Susana está flaca… pero porque se hizo la lipo, y que Carina toma más fernet del aconsejable.

Hasta las boludas cuentan de qué tratan esos posteos misteriosos y muy pavos en el Facebook, posteos que se pensaron para demostrar que hay espías entre las mujeres, que se filtran datos sin importancia y con más razón los importantes. No se pueden callar nada, sienten que traicionan a sus grandes amigos (que nunca la invitan a un asado ni al Carrizal ni a jugar al fútbol en la Play), sienten que ellos deben saber los mil y un detalles que sus mujeres (u otras mujeres) guardan celosamente. Los ven idealizados, inocentes, sin manchas, víctimas de los engaños de las arpías. Además no podemos negar que es más fácil llegar a la altura de los otros bajándolos, que subiendo uno mismo… creen brillar sobre el resto tapando de mierda a las demás… y quizá en algún modo lo consigan.

Son un número mínimo, quizá una de cada 50 mujeres, pero ellas nos han hecho ganar el mote de yeguas, de víboras, de que nos destrozamos entre nosotras. Si tenés una “amiga” como la mía en su momento, que iba a todas las juntadas de las chicas con 2 pesos pero cuando ella organizaba algo en su casa sólo invitaba a los varones y les ofrecía merienda, cena y película, que no se cansaba de contar cómo Gonzalo o Fabián le habían pedido juntarse a hablar con ella, que siempre salía mejor amiga en el curso, que te agarraba sola en el patio para preguntarte por los chicos que te gustaban… aunque son personitas aparentemente cálidas, tomá distancia nena, porque sino vas a ser el próximo cadáver en la mesa de autopsias de la pizzeada del fin de semana.

La solución sería que ellas descubran el 1% de los secretos masculinos, descubran qué es lo que realmente piensan de ellas, escuchen uno sólo de los comentarios que hacen cuando ellas se van, y se enteren del daño que pueden hacer por 5 minutos de atención. Y que aprendan de ellos a cómo cerrar la boca, cómo cuidar al gremio, cómo mantener códigos. Porque debo reconocer que en eso son casi perfectos.

Dedicado a Marcos Valencia, nuestro Cortázar mendolotudo, y a su traidora amiga la Teresita.


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