¿Tu nombre es..?

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Con una media sonrisa surcando sus labios, arqueó sutilmente las cejas y asintió en mi dirección, permitiendo que supiese que sus atenciones iban dirigidas hacia mí. Aun así comprobé, mirando por encima de mi hombro, que no había nadie detrás de mí.

Volví a mirarla, ella estaba prácticamente en el centro de la pista de baile rodeada de hombres que trataban de llamar su atención. Pero no les hacía caso, puesto que sus ojos incitantes y provocadores estaban clavados en los míos. Aquella mirada me estaba invitando a unirme a ella pero no me moví, no todavía.

No estaba acostumbrado a que me sedujesen, puesto que ese era mi juego. Yo era quién avistaba a mi presa, me preparaba y procedía a atacar sin piedad alguna. Y ahora una mujer preciosa se me ofrecía en bandeja de plata y a mí me parecía que era demasiado pronto para hacer cualquier tipo de movimiento.

He tenido muchas citas, he conocido a decenas de mujeres y a la gran mayoría las he seducido y sé cómo piensan. Aunque ellas se muestren complacidas con «el cortejo» uno debe moverse despacio, dar los pasos con cautela, puesto que si te ven demasiado ansioso incluso parecen perder interés. Y la mujer que me miraba desde la pista de baile como si quisiese que me acercase hasta ella para que pudiese arrancarme la camisa de un tirón parecía ser de esas.

Debía calcular mis movimientos si quería salir victorioso. Deseaba que esos ojos me mirasen mientras la embestía como ella me lo pidiese, lento y suave o fuerte y rápido, no me importaba. Sólo sabía que tenía que ser mía y para eso debía jugar bien mis cartas.

Mis ojos se clavaron en los suyos y vi cómo los entrecerraba momentáneamente, sin dejar de bailar provocativamente… me tomé aquel momento como una invitación indecente. De verdad sabe lo que quiere pensé. Enarqué una ceja hacia ella y observé cómo su sonrisa se ensanchaba más, obligándome a deslizar mis ojos hacia sus labios pintados color rojo pasión. Algo que erizó mi piel produciéndome escalofríos, me volvían loco los labios rojos. Solté un gruñido al imaginarme sacar el color de ellos con un beso hambriento y apreté el vaso dentro de mi mano, permaneciendo inmóvil en mi posición, observándola cada vez con más detenimiento mientras ella me miraba con tal intensidad que llegaba a robarme el aliento.

Casi podía sentir como sus manos se deslizaban a lo largo de mi cuerpo y me sorprendí notando que una erección comenzaba a formarse en mis pantalones. Agité la cabeza.

«Todavía no» dije, autoconvenciéndome de que después habría tiempo para excitaciones… cuando la tuviese a mi alcance, bajo mi cuerpo, en mi cama, piel contra piel, suplicando que la hiciese mía antes de que la consumiese el deseo. «Pensar en eso no ayuda» pensé, maldiciendo mentalmente mi ansia por arrastrarla lejos de todas las aves de rapiña que la rodeaban con unos fines muy similares a los míos. Pero allí había una diferencia, y era que ella me había elegido a mí.

Le sonreí y me apresuré a proseguir con mi muy detallado recorrido por su cuerpo.

Abandoné los labios rojos y lentamente fui bajando mi mirada a lo largo de su mentón, de un frágil cuello del cual se suspendía un colgante de brillantes que destellaba colorines por todas partes cuando alguna de las luces del lugar lo golpeaba de pleno.

Me deleité con sus hombros desnudos, los cuáles mostraban que tenía una piel que, además de tener un bronceado perfecto, asemejaba ser suave, sedosa, tersa. Continué con el escrupuloso estudio al que la estaba sometiendo, percatándome de que ella acababa de inclinarse un poco hacia adelante para mostrarme mejor el escote del el vestido negro que llevaba, algo que me hizo pronunciar más mi ceja enarcada. Verdaderamente se me estaba ofreciendo, y eso era algo que en mi vida me había sucedido, al menos que se tratase de una prostituta. Pero no, no parecía ser una de esas mujeres, sino una mujer que sabía muy bien lo que quería y con quién. ¿Por qué, sino, se habría fijado en mí y en ningún otro?

Tragué saliva y abandoné la visión de unos senos que parecían ser perfectos, anotando en mi mente que no llevaba sujetador bajo aquella tela, algo que consiguió que de nuevo sintiese la sangre concentrándose en mi entrepierna. Me aclare la garganta. Acaricié con mis perspicaces ojos las delicadas curvas de su cintura y su cadera, perdiéndome en ellas, atragantándome con mi propio aliento una vez pude ver que el vestido era condenadamente apretado, pero también jodidamente corto. Tan corto que apostaba todo mi dinero a que si se inclinaba un poco, el que estaba detrás de ella podría verle sin problema alguno la ropa interior. Si es que llevaba alguna prenda puesta bajo el diminuto vestido porque, la verdad, tenía mis dudas.

Sus piernas también eran bronceadas y firmes parecían no tener fin. Le encontré la explicación a esa última sensación en cuánto vi los zapatos que llevaba, también negros y poseedores de un tacón de aguja que a muchas mujeres le quebrarían los tobillos si los calzasen.

Madre mía…

Volví a alzar la mirada, deslizándola a lo largo de su cuerpo de modo ascendente hasta que volví a clavar mis ojos en los suyos.

¿Quién carajo era esta mujer? No la había visto en toda mi vida, pero desde el instante en el que mis ojos se habían posado en los suyos deseé saber cuán en serio llevaba sus provocaciones. Me estaba volviendo loco, y ni tan siquiera me había tocado. Y lo peor de todo era que su sonrisa, encantadora por cierto, me hacía conocedor de que sabía el efecto que estaba causando en mí.

Creyendo que ya había esperado demasiado, me levanté del banquito en el que había estado sentado todo este tiempo y me giré hacia el barman para que me cobrase los tragos que había consumido. Con un ademán me indicó que invitaba la casa y le sonreí agradecido, agarre mi chaqueta del respaldo de la silla y se la di para que me la cuidara. No por algo se es amigo del dueño de este boliche ¿no? Además, la chaqueta en la pista de baile sólo sería un estorbo más.

Me arremangue ligeramente mientras me iba girando hacia donde me esperaba mi presa, encontrándome con la sorpresa de que ya no estaba allí. Fruncí el ceño y miré a los lados, buscando una melena castaña, un vestido negro y unas piernas kilométricas… Nada… ¿Había malinterpretado sus señale o tal vez había esperado demasiado?

Comenzaba a dudar de mis dotes de seductor y se estaban yendo a pique cuando la vi de espaldas a mí en las escaleras que llevaban a los reservados VIP, situados en el piso superior. Comenzó su ascenso a lo largo de los primeros escalones y, cuando llegó más o menos a la mitad, miró por encima de su hombro, tardando sólo un segundo en volver a fundir sus ojos en los míos. Tragué saliva y ella sonrió, continuando con su camino.

No tardé en dirigirme hacia allí. Sería un estúpido si no la siguiese, eso desde luego. Llevaba siglos sin ver a una mujer así y, por primera vez en toda mi vida, no tenía que arrastrarme a sus pies para que se dignase a cenar conmigo, sino que directamente se saltaba el largo proceso de las citas y nos llevaba directamente al sexo. Me vuelven loco esta clase de mujeres a las que les gusta llevar la iniciativa. Aunque debo admitir que me gustan más aquellas que se hacen las duras de conseguir, pero que finalmente acaban en el mismo camino que las demás.

Llegué a la cima de las escaleras y miré hacia el pasillo vacío, echando un vistazo a un sin fin de puertas con un número de placa que las identificaba. Estupendo. ¿Se suponía que tendría que buscarla? Me estaba dando cuenta que no iba a ser tan sencillo como había pensado en un principio.

Tomando una gran bocanada de aire me acerqué a la primera de ellas y tanteé el picaporte… cerrada. Iba a dirigirme a la segunda, pero me detuve en seco… La puerta estaba entreabierta. Sin dudarlo un momento la empujé y me dirigí al interior, cerré la puerta a mi espalda y me mantuve en silencio, mirando a mi alrededor esperando que mis ojos no tardasen demasiado en acostumbrarse a la oscuridad para intentar distinguir si ella se encontraba allí.

¿Es que acaso en este lugar no había ni una sola luz? Maldita sea… Caminé tres pasos hacia delante y mis pies chocaron contra lo que parecía un sillón, enviándome de bruces sobre el mueble por lo que agradecí que al menos fuese mullido.

Escuche de fondo (la música todavía se oía demasiado) una risita juguetona y sensual y miré a un lado, comenzando a reincorporarme. Me pareció que se movía a toda velocidad y, cuando iba a ponerme en pie, unas manos se colocaron en mis hombros y antes de poder percatarme de qué estaba sucediendo, mi espalda descansaba sobre el respaldo del sillón y aquel cuerpo de infarto estaba sentado a horcajadas sobre mí.

Sentí sus manos deslizarse por mi pecho, acariciándolo arriba y abajo lenta y tortuosamente y me vi obligado a cerrar los ojos y a controlar el gemido que amenazaba con escurrirse de mis labios. Yo era el que debía hacer gemir… no ella. Pero esa mujer verdaderamente irradiaba una pasión en cada cosa que hacía y me sorprendía a mí mismo de lo embelesado y excitado que me tenía.

Haciendo un poco de esfuerzo logré ponerme de pie. Ella en ningún momento soltó el agarre alrededor de mi cadera, sino que se afianzó, rodeándome con sus largas piernas. Noté que sus zapatos salían disparados de sus pies y quise detenerme para darle las gracias, ya que ese tacón de aguja podría haberme hecho daño de verdad pero no dije nada hasta que noté que tras su espalda había pared y que la tenía aprisionada y sin posibilidad de escaparse. La apretujé y escuché un gemido ahogado que me hizo sonreír.

“No tengo el placer de saber tu nombre…” le dije en un susurro cerca del oído. La sentía estremecerse con mi aliento y aspiré detenidamente su olor, un perfume que no había olido en mi vida pero que resultaba embriagante. Esperé a que me respondiese, pero lo único que obtuve de su parte fue otra leve risa y de un momento a otro había atrapado mi rostro entre sus manos de dedos finos y largos y me estaba besando como si la vida se le fuese en eso.

Así que además de saber lo que quiere, también le gustan las relaciones esporádicas con completos desconocidos. Esto no lo he pensado nunca ni en mis más oscuras fantasías, pero era la cosa más excitante que me había sucedido jamás.

Le correspondí en el beso dirigiendo mis manos a su cintura, comenzando a tocarla con la misma necesidad con la que ella me tocaba a mí, haciéndome creer que todo iba a terminar cuando ni siquiera había comenzado. A mis 29 años, volver a sentirme como un adolescente sin experiencia en el sexo que acaba al poco tiempo de comenzar con el manoseo y los roces, eso sí era novedoso. Señorita, puede estar orgullosa de despertar en mí instintos que consideraba dormidos, desde el temor a que eso me suceda y a la vergüenza posterior, hasta la pasión desenfrenada que me vi obligado a dominar para no rasgarle el vestido, bajarme los pantalones y penetrarla de una vez.

Sentía sus manos en mi cabello, desordenándolo todavía más de lo que en sí ya estaba, descendiendo hasta mi espalda, presionando mi nuca para evitar que me alejase del beso en el que ella me estaba absorbiendo el alma. Sus tobillos, situados justo detrás de mi trasero, presionaban empujando mis caderas contra las de ella haciendo que nuestros sexos se rozasen en una caricia agonizante.

El beso se rompe y siento su aliento caliente contra mis rostro, justo antes de que sus labios se deslicen sobre mi cuello, mientras aquellas hábiles manos desacían el nudo de mi corbata para comenzar a abrir la camisa, botón a botón, con una rapidez bárbara. De seguro tiene costumbre de desvestir a los hombres pensé.

No queriendo ser menos, deje de acariciar sus muslos y lleve las manos hacia su trasero, sonriendo para mis adentros cuando comprobé que, tal y como había pensado, no lleva ropa interior o al menos eso creía hasta que entre mis dedos se enroscó una especie de hilo. ¿Y esta cosa cubría más de lo que enseñaba? Decidí que no era tiempo de dedicar un estudio a algo tan estúpido como al tanga de mi acompañante y conduje una de mis manos hacia su pecho, mientras que la otra apartaba aquella diminuta y molesta prenda que me evitaba llegar a mi objetivo.

Tuvo que separarse de mí para gemir libremente cuando acaricié su intimidad, aprovechando para abrir la camisa empujándola detrás de mis hombros. En ese momento sí que creí que todo terminaría.

“Estás muy preparada para mí…” le susurré con voz ronca por la excitación. Incluso podría decir que también hacía mucho tiempo que no me escuchaba hablar así. Ella gimió de nuevo cuando introduje un dedo en su interior, llevándome a gruñir al comprobar que, efectivamente, estaba muy preparada para mí.

Comencé a acariciarla, peleándome al mismo tiempo con su vestido para poder descubrir sus pechos mientras ella gemía y se movía contra mí, paseando sus manos por aquellos lugares que alcanzaba hasta que se percató de mis intenciones y ella misma me ayudó a cumplir mi cometido. Enseguida mi boca se encontraba sobre uno de sus pechos, chupándolo y aún a pesar de no poder verlos, supe enseguida que eran perfectos. No eran demasiado grandes, pero al menos eran naturales y eso le daba un punto a su favor.

Yo habría podido estar más tiempo complaciéndola de ese modo, pero una mano agarrando mi pelo y arrastrando mi cabeza hacia atrás, no me lo permitió. Quise pensar que aquel tirón me había dolido, pero en realidad lo único que hizo fue mandar un escalofrío a lo largo de mi espalda, obligándome a estremecerme. Sus labios se posaron sobre los míos con necesidad una vez más, robándome el aire.

Podía notar cómo sus gemidos se morían en mi boca y su lengua acariciaba la mía de tal forma que me erizaba la piel. La pasión que desprendía esa mujer era inédita para mí, cada vez estaba más seguro de ello. Rompió el beso tan bruscamente como éste había comenzado y tomó una gran bocanada de aire dejando que la cabeza le cayese hacia atrás. Hundí mis labios en su cuello mientras tanto, sintiendo contra éstos las vibraciones de más gemidos, hasta que volvió a agarrarme del pelo y su aliento se trasladó a mi oído.

“Cogeme maldita sea”. En ese momento gemí. No pude evitarlo. Tenía una voz que disparó la pasión en mí, y no sólo por lo que me había dicho, sino por cómo me lo había dicho. Aquella sí que era una orden que uno cumplía encantado de la vida. Mientras me desabrochaba el pantalón volví a besarla, deseando escucharla hablar de nuevo. Pero no fui afortunado. Esperaba que me sugiriese que nos trasladásemos al sofá en el que habíamos estado antes o que de nuevo me suplicase que la hiciera mía, pero no dijo nada y se limitó a fundirse conmigo en un apasionado beso que se volvía más desesperado con cada segundo que pasaba.

Y entonces, entré en ella… con una facilidad que me llevó a gemir al notar la suavidad de su interior, el calor que desprendía.

“Mierda” habló de nuevo y yo sentí que algo en mi pecho se encogía. De veras tenía una voz muy sensual de la que sabía no me cansaría de escuchar. Comencé a moverme, despacio en un principio, pero sus pies empujando mi trasero, sus caderas balanceándose y sus gemidos me llevaron a aumentar la velocidad al tiempo que expulsaba un gruñido que hizo vibrar mi nuez.

“¿Te gusta?” le pregunté entre dientes, observando cada expresión que surcaba su rostro. Me miró. Apenas podía percibir qué decía exactamente su mirada por la falta de luz en el cuarto, pero pude ver el brillo en sus ojos marrones verdosos. Ese brillo que me indicaba que estaba ardiendo de deseo por mí, y eso me hizo sentir en una nube. Gimió y yo me vi obligado a tragar saliva para hidratar la garganta.

“¡Oh, sí!” gritó entonces, justo antes de humedecerse los labios y atrapar el inferior entre los dientes, llevándome a inclinarme sobre ella para besarla de forma hambrienta. Ambos gemimos cuando nos separamos y yo volví a clavar mis ojos en ella, deseando que ese fuego que quemaba en mi pecho no quemase tanto. Pero lo hacía, y sólo había una forma de extinguirlo…

No sé ni cuánto tiempo pasó cuando la sentí temblar contra mí, sus uñas clavándose en mis hombros mientras inclinaba la cabeza hacia atrás, arqueando su espalda para hacer que nuestros pechos gozaran de un contacto casi pleno y de su boca se escurría una excitante sucesión de gemidos de placer que me erizaron los pelos de la nuca y que me llevaron al límite. Afiance el agarre en sus caderas hundiendo los dedos en aquella firme y caliente piel e hice que mis movimientos fuesen más profundos y rápidos, llevándome a mí también al deseado abismo al que llevaba tanto tiempo tentando con que debía absorberme. Hasta que lo hizo. Apoyé la cabeza contra la pared que había justo al lado de ella y besé su hombro, obligándome a sonreír cuando noté que todavía se estremecía bajo mi contacto.

La escuché suspirar y abrí la boca para decir algo, pero las palabras se murieron contra mi garganta, puesto que no sabía muy bien qué carajo podría decir para comenzar una conversación que no se tachase de incómoda.

Acabábamos de tener sexo sin conocernos, sin apenas hablarnos y ahora nos envolvía un silencio que resultaba incluso tenso. ¿Qué podría hacer para mejorar la situación? ¿Contar un chiste? Sí, por supuesto. Que eso iba a mejorar las cosas…

‘Ya puedes dejarme en el suelo’ me dijo en un susurro que acarició la piel de mi cuello y que provocó un escalofrío. Me encanta su voz, lo juro. Podría escucharla todo el día sin cansarme, pero ella quería que le permitiese ponerse en pie. Y debo admitir que no me apetecía mucho dejar que se alejase demasiado de mí (me gustaba sentir su ardiente cuerpo cerca) pero me vi obligado a cumplir su mandato resoplando de resignación cuando sutilmente empujó uno de mis hombros, separándome ligeramente de ella.

Esperé a que me dijese algo más, cualquier cosa, pero en lugar de ello, se dedicó a caminar a tientas buscando sus zapatos por el suelo mientras recomponía sus prendas. Fruncí el ceño y yo mismo me dispuse a hacer lo mismo. Empecé por recoger los pantalones del suelo, a la altura de mis tobillos, y prenderlos en su lugar, para después encargarme de los botones de la camisa. Pero mis manos se congelaron sobre la tela cuando noté que ahora había más luz que antes. Alcé la cabeza, sorprendido, y mi mandíbula se desencajó cuando vi que la puerta estaba entreabierta, dejando entrar la luz y que no había rastro de aquella preciosa mujer por ninguna parte… ¿Cómo había podido irse de ese modo?

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