Violento el que filma

El que graba con morboso placer una pelea callejera, con la maliciosa sonrisa incrustada en la cara, sin que le tiemble el pulso de ver cómo golpean con saña a otro, sin que atine siquiera a pedir ayuda ni intentar intervenir en la contienda para calmar las aguas, alentando con teléfono en mano a los agresores, sin sentir un ápice de empatía, sólo por la necesidad de protagonismo y popularidad al colgar luego su video primicia a las redes sociales (ya sabemos que tiene la autoestima por el piso y nótese el grado de idiotez que lo caracteriza), sin importarle la humillación masiva a los protagonistas; es, ante todo, un gran hijo de puta.

¿Qué les pasa a estos imbéciles? Ni siquiera les sale gritar ayuda por instinto. ¿Es que no les corre sangre por las venas? ¿O la vida del otro vale menos que la cantidad de likes que sumen? Yo diría que las dos cosas. El dolor y la vida del otro les importa un carajo. Muchas muertes y violaciones podrían evitarse si los espectadores largasen sus teléfonos decididos a ayudar.

Cada vez importa menos la gente. Me asusta decirlo, pero casi hemos perdido la empatía y sin ésta todo se va al diablo. Y digo “casi” por mantener una luz de esperanza porque no sea tan así. Esperanza de que la violencia y el no hacer nada por el otro, no ganen la pulseada. Porque la verdad que duele y mucho ver tanta violencia.

Pareciera que se está aceptando la violencia y el salvajismo como algo natural y legítimo, cuando vemos a todos alrededor de un espectáculo sanguinario grabando con sus celulares y a nadie interviniendo o pidiendo ayuda.

Violentos son todos, tanto los que se agreden como los que filman, los que se quedan mirando sin hacer nada, los que incitan, los que suben los videos y los que colaboran en su viralización.

Es prudente hacer una reflexión y no quedarme sólo en la queja y el agravio. Estos jóvenes de entre quince y veinte años, son educados por nosotros los adultos. Padres, docentes, policías, Estado y la sociedad entera debemos hacernos cargo de lo que nos toca a cada uno. Algo debemos hacer. ¿Tan anestesiados de indiferencia estamos, como para mirar para otro lado?

Como padres, claramente nos estamos equivocando cuando permanecemos ausentes en la crianza de nuestros hijos, cuando les decimos “sí” a todo, cuando les damos todos los permisos para sacárnoslos de encima, cuando tememos decirles que “no”, no vaya a ser cosa de que se nos frustren, se traumen y no sean felices. Nos equivocamos cuando avalamos las dichosas previas en nuestras propias casas, “si van a tomar, mejor que tomen en casa”, decimos naturalizando y minimizando el consumo de alcohol, para luego permitirles que se vayan “desinhibidos” a los boliches, sin tener la plena conciencia para cuidarse y cuidar del otro, y después lamentarnos de las tragedias y vivir bajo la culpa.

Por su parte el Estado, debería preocuparse mucho más por la calidad educativa, que por la cantidad y garantizar en las escuelas, dentro de esos ciento ochenta días de clases que caprichosamente impone, el desarrollo de  talleres de prevención con personal capacitado que aborde esta grave problemática social, en un intento de ponerle freno a las situaciones de violencia que se están dando con mayor frecuencia.

Los jóvenes y adolescentes de hoy, que a veces acusamos de estar perdidos sin hacer un mea culpa, nos están pidiendo que los ayudemos, que les prestemos atención, que los miremos, que los escuchemos, que los contengamos, pero también que los ordenemos mostrándoles los límites, para poder formarlos con amor bajo los conceptos de igualdad, la no violencia y el respeto por la propia vida y la de los demás, rompiendo con los estereotipos sociales tan nefastos de masculinidad y feminidad, y fundamentalmente, predicar con el ejemplo; para que en el desarrollo de su personalidad logren ser seguros de sí mismos, responsables, empáticos y solidarios, y así contribuir a que existan mucho menos posibilidades de que se conviertan en grandes hijos de puta con los que cargue la sociedad.

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