Vivencias de un espectacular casamiento en Mendoza

Lo primero que pensas cuando está llegando la fecha es en no cenar el viernes ni almorzar el sábado, así llegas con el hambre de un Bear Gryll dos meses en Lavalle sin equipo de producción detrás de cámara. Así arrancó mi sábado. Iba manejando hacia el salón y me quería masticar el volante. Mi esposa me miraba con esa cara que suele poner dos o tres veces por semana diciendo “¿Por qué me casé con este infeliz?”. Para colmo se casaba ese amigo de años, que es como un hermano, por lo que el casamiento podía decir que era de un familiar mío.

Llegar a un casamiento y ver que el 50% de los invitados son amigos tuyos es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida, te late el corazón, es como entrar a la cancha y que las tribunas estén llenas, siempre digo que no hay nada mejor que los casamientos… ajenos. Encima te encontrás a los atorrantes de las despedidas, que son como esos cumpas que te haces en las vacaciones, con los cuales compartir solo cosas lindas.

Saludo va, abrazo viene, copita va, vasito viene, al cabo de media hora y con el estómago vacío, ya empezaba a tomar color la noche. Hasta que se realiza la apertura de la tan fantástica recepción. Hay una diferencia enorme entre el hombre soltero y el casado. El primero sabe que en un casamiento las chances de levantar son pocas, pero las de coger (si levanta) son muchas, como así también sabe que el nivel de minas que puede levantar es mucho más alto (porque hay menos oferta varonil), entonces tiene que cuidarse de cualquier exceso, desde no comer cosas con ajo, hasta no terminar doblado por el alcohol. El segundo tiene pase libre a todo.

Entre los deberes previos que había hecho, estaba el asunto de llevar el carnet de conducir de mi esposa, la cual toma uno que otro traguito sutil y come como una persona normal, así que lógicamente mi futuro estaba puesto (y asegurado) en sus manos. Yo tenía free.

Y comenzó el bandejeo de cosas riquísimas, al tiempo que en las mesas abrían comidas exóticas servidas en platitos. Yo estaba como un niño en una juguetería, como los compradores compulsivos este finde en Wallmart, como un enviagrado corriendo por la zona roja con acceso a todas las puertas, quería probar mucho de todo. Mientras esperaba en la cola de la paella picoteaba sushi y fiambre, al tiempo que le hacía a mi esposa pedir “dos” de todo lo que ella pidiese. Incluso utilicé el cochecito del bebé de una amiga como mesa, apoyando todos los apetitosos bocados que me iba a comer. Donde va la mamadera había puesto un copón de vino. Si les cuento que la pareja era de enólogos, se pueden ir imaginando la calidad y la cantidad de vino que había en ese lugar… el cual fue catado en su totalidad por este paladar.

Los mozos me miraban con cara de “para flaco, deja una bandeja sin manotear que esto no es una calesita”. Pero los mozos me chupaban un huevo, se casaba mi amigo y se había esforzado para que nosotros le rindiéramos honor a su gasto. Se pasó el mareo, pero ya estaba lleno como si en Don Mario sirvieran asado libre. Previo al civil abrieron la barra… preparaban unos mojitos infernales. En cinco minutos me había bajado tantos que parecía que me había comido un pote de Kolynos. Mi mujer me tuvo que sacar un pedacito de menta que tenía en el diente.

Terminado el civil, todos se dirigieron a las mesas… todos menos yo. Aún quedaban un montón de cosas riquísimas en las mesas de la recepción, así que me quedé probando por enésima vez unos rollitos de sushi y unas empanaditas de jamón y queso. Mi esposa me miraba desde la mesa, seguramente pensando por segunda vez en el día “¿Por qué me casé con este infeliz?”.

Entre que la gente se sienta y sirven el primer plato, hay un tiempo estipulado para que todos se acomoden, tiempo ideal para probar los vinos que hay en la mesa. Yo venía para atrás, pero los personajes que pusieron en mi mesa me sacaban años luz (todos amigos míos, obvio). En tres rondas nos bajamos dos tubos. El Ñata “sodeaba” el vino, lo que lo hacía mucho más suave, así que el desfile etílico fue impresionante. Antes del primer plato ya estaba listo para irme a dormir como un bebé.

Las chicas usan vestidos súper ajustados, por ese motivo solamente prueban el primer plato, actitud que veo patética, pero agradezco porque me permite repetirme al toque la comida. Debo reconocer que por vergüenza no me comí el plato de la esposa del Flaco, cosa de la que hoy me arrepiento profundamente. Los hombres nunca comemos postre… salvo en los casamientos. Así que listo, ya estaba como esos domingos en los que te desprendes el cinto y te quedas mirando fobal… pero no, el festival recién comenzaba.

Ponen el videíto, que siempre se acompaña por un champagne, bailan el vals (momento hasta el que tenes que mantener la vestimenta adecuadamente ordenada) y arranca la joda. Lo primero que hace el varón es llevarle los zapatos taco aguja kilométricos de la dama al guardarropas, junto con el saco. Lo segundo es desprenderse la corbata que te está acogotando y arremangarse la camisa. Ahora si arranca la partuza.

Todos los pibes bailamos un rato con nuestras respectivas parejas, como para cumplir esa cuotita que te permite no escuchar el nefasto “¡no estuviste en toda la noche conmigo y ahora queres coger!” a las 7 de la mañana. Y luego nos dirigimos a la barra, donde seguramente pasemos el 70% de nuestra noche escaviandonos y emborrachando al novio.

Mientras esperaba que me preparen los mojitos para mi esposa y yo, me hacía probaditas de otros tragos, como campari, fernet, ron con coca, etc. Así que por cada trago que le llevaba a ella, me empinaba unos tres solo. Era lógico que en media hora mi estado sea deplorable.

Y llega la hora en la que el novio de desbanda… ¡y cómo se desbandó mi muchacho! Arrancan las levantadas por los aires, los saltos, el pogo (donde siempre aparece el ubicado desubicado que tira un trago por los aires a modo de lluvia etílica, decorando las camisas for ever), los trencitos, las rondas, los toc toc’s, los desfiles, la llevada en alza del muchacho hasta la barra donde se fondea un wisky puro boca arriba y todas esas mágicas cosas de una noche única.

Empezaron a llegar caras nuevas, los invitados al baile, y lógicamente que hice lo que todos tienen que hacer: ponerse a brindar con cada uno de ellos. Mi color rojo ocular era el de un soldador de rejas un miércoles de enero a las tres de la tarde en San José.

Y vinieron las fotos escracho, los abrazos de amistad con borrachos de la misma calaña, los besos en la boca con amigos de toda la vida, las palabras de aliento al recién casado, las bailes apasionados con la pareja, prólogo a que esta noche la cama se quema, las idas al baño donde tantos amigos nos hacemos, el cotillón, las risas, los “que se caseeeeeennnn toooodooooo queee noooo quedeeeee ni unoooo solooooo” y una horda de chimpancés descociendo la pista de baile.

Tanto ajetreo, tanto baile, tanta quema de calorías, tanto trago te despiertan un hambre atroz y yo no soy la excepción a la regla de ningún tipo de exceso culinario. En ese preciso (y precioso) momento, cuando la noche está a poco de terminar, traen morfi onda “desayuno de campeones”. Sanguchitos de carne, pizas, fiambre, pernil, de todo… todo rico. Obviamente la turba de voraces monos se dirige en mandada hacia las mesas, dejando a las féminas solas bailando en el medio de la pista. Una vez más, comí como si en minutos se acabara el mundo. Comer a esa hora es tan rico como pasar el nivel 455 del Candy Crush.

Mi esposa me miraba ir de una mesa a otra pensando en “¡dónde le entra taaaanto Dios mío!” y obviamente por tercera vez “¿por qué me casé con este infeliz?”, cosa que ya no me preocupaba tanto porque a esa altura de la noche era lo que pensaban todas las esposas y novias de los chicos… mal de muchos, consuelo de tontos dicen.

Y tratándose de un amigo, obviamente me quedé hasta que prendieron las luces, cosa que recuerdo a medias. Como buen ciudadano responsable que soy, le di el auto a mi mujer, la cual se quedó con todas las ganas del mundo de dejarme en la Rodríguez Peña… pero no lo hizo. Me levantó cuando llegamos al departamento con todo el amor del mundo, me ayudó a desvestirme, me acostó, se fue a lavar los dientes y volvió con todas las pilas para que le hiciera la cantidad de cosas que le había prometido hacer durante la noche. No hubo chances de levantarme, estaba en ruinas y embalsamado. Entre risas y por última vez del día se dijo “¿Por qué me casé con este infeliz?”.

Dedicado a mi gran amigo del alma Maxi y a su flamante esposa Sole.

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