Casos en los que nunca tenes que creerle a una mujer

Las mujeres son lo mejor que le puede pasar en la vida a un hombre, si lo piensan en frío y objetivamente todo lo que hacemos lo hacemos por ellas, por llamarles la atención, por enamorarlas, por encantarlas, porque nos amen y necesiten. Y muchas veces caemos en sus embrujos letales, pasando de ser cabríos machos alfa a simples marionetas de sus suaves manos. Pero ojo… hay casos en los que jamás de los jamases tenemos que creerles, más allá de que sus encantos nos suman en la idiotez, tenemos que tener la mente fresca y saber que nos están mintiendo.

“Nunca antes la pasé tan bien con un hombre”. A ver chiquito, vamos por partes, si no sos semental bravío, dotado de un Lumilagro de cinco litros, el estado físico de Usain Bolt y el aguante sexual de un budista zen, no pierdas un instante en creer esta patraña. Nos encanta pensar que somos “el hombre”, “el salvador”, “el príncipe azul”, “el único” y ellas se encargan de hacértelo creer… pero no papu, ese arco tiene más goles que España del 2014. Conformate con hacerla feliz mientras está con vos y punto.

“Prestame el auto, si manejo desde los 15”. En la pareja hay que compartirlo todo, menos la ropa interior, es por ello que si tienen un solo auto (y es el tuyo), tiene derecho a usarlo tanto como vos. Eso sí… no le creas que no va a volver con un piquete en la puerta producto de un portazo por estacionar pegado a otro auto, con un paragolpes roto por chocarse un chonguito marcha atrás en el estacionamiento, con un espejo menos por pasarle finito al bondi, con una óptica trizada por estacionar demasiado cerca del de adelante y un largo etcétera de destrozos menores.

“Dale amor, haceme la extensión de tu tarjeta, yo te la voy a pagar”. Tu resumen de la tarjeta incluye ítems varios, que van desde repuestos de autos, compra de computadoras, celulares, pago de nafta, restaurantes, servicios, un viaje, gomería, algo de ropa y cosas básicas. Hasta que vino el vendaval con una extensión de la misma… prepárate para sumar carteras, peluquería, zapatos, vestidos, lentes, zapatillas, camperas, spa, maquillajes y miles de ítems relacionados con lo textil.

“Te dejo para estar sola un tiempo”. Si ese “tiempo” no tiene nombre y apellido, seguramente te deja por anónimos, pero “sola un tiempo” es una expresión tan falaz como cuando completamente borracho decís “no tomo más”. Suele pasar cuando la susodicha ha tenido una vida sumida a hombres chotos, que van desde padres chotos hasta novios chotos, entonces la misma desea sentirse libre y gozar de los beneficios de la soltería, con ese “tiempo” entre sus sábanas.

“Vos háblame yo te escucho”. Esta frase emitida mientras la mujer se pinta las uñas, se cambia, se maquilla o se está secando el pelo es tan mentirosa como cuando llegamos a las cinco de la mañana, ella dormida, y al otro día decimos que llegamos a las dos. Nada de lo que digas va a ser tomado en cuenta, escuchado, reflexionado o atendido. Eso sí, si te pasas de vivo te enganchan en un segundo.

“No me gasté mucho, es todo del persa”. Vos en pantuflas mirando fóbal, la ves entrar con setenta bolsas de ropa, gafas aún con la etiqueta de cartón, y hasta vuelve al auto en busca de dos o tres bolsitas más. Bolsas de colores exóticos, de texturas complejas, con marcas que te suenan, como Tucci o Zarkany, le preguntas cuánto se gastó y te dice que re poco, que es toda ropa barata, “cositas del persa”. Entre esas “cositas” está un par de medias para vos… es más fácil conocer el secreto de la vida que la cifra gastada por ella.

“Quedate tranquilo, si no va a estar la Emilia”. Emilia es un nombre alusivo, ¿quién es “la Emilia”? Es esa amigota de tu mujer lo más parecido al “atorrante partucero” de tu grupo de amigos. Soltera, fiestera, tramposa, viciosa y garca. Esa mina únicamente fiel a sus amigas, que lleva fiesta y descontrol al grupo, que está siempre de joda con cuanto muchacho (y grupo de muchachos) ande suelto. Sabes que si está ella, hay milonga. Si te lo aclara, estate seguro que es una joda organizada de la A a la Z por la Emilia.

“Es una plata que me regaló mi mamá”. De pronto se ha comprado tremendo par de botas, cartera y zapatos… ves el precio: 5 lucas. ¿De dónde salió esa plata? Te preguntas, cuando ambos están ahorrando para el viaje a Perú / el auto / la pintura de la casa / la pieza del nene / el piso de la lavandería / cambiar el Fiat modelo 93 por uno más nuevo, etc… Mentira papa, sos el único que está ahorrando sin darse “gustitos”, ella encanuta y te miente como las mejores.

“Me quedo a dormir en lo de la Bárbara para no llegar sola”. La Bárbara es otro nombre alusivo, dícese de la más ñoña del grupo, puritana y santurrona. Teóricamente es una juntada a cenar, ver pelis y charlar cosas de mujeres, y para no llegar tarde y de noche (por la inseguridá’ ¿vio?) te dice que se queda a pernoctar en lo de la Barbi… ¡mentira! La turra de la Emilia ha organizado alta gira, se van de joda y vuelven rotas a las siete de la mañana.

“Sniffffff, buuaaaaa, sniiff”. Nunca le creas nada de nada cuando te lo digan llorando, es su arma más letal para con los hombres. Se ponen en una posición indefensa donde la teoría y la lógica dice que la podes atacar, dar el zarpazo final, pero generan algo que te dan ganas de protegerla (y lo saben, por eso lo usan), entonces por más que estés peleando y lleves todas las de ganar, te apiadas y bajas un cambio.

Escrito junto a “Andy” (master en el tema mujeres)

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