Cuando las fiestas de fin de año se asoman

El tiempo pasa muy rápido ¿no? Parece que fue ayer que estábamos tirando petardos, descorchando una fresca sidra y sacando de la muela unos pocos vestigios de garrapiñada. Y hoy nos encontramos planeando nuevamente las fiestas que pronto se avecinan. ¿Con quién la vamos a pasar? ¿En la casa de que tío? ¿A quién no vamos a invitar porque nos peleamos y seguimos ofendidos? Y así mil interrogante que comienzan 30 días antes para que luego la alegría dure sólo 24 horas. No sólo esas cuestiones surgen. Las fiestas en estas tierras encierran muchas tradiciones, varias dudas y un par de anécdotas que sirven para el próximo año.

Los otros días fui al shopping y me encuentro ya con los adornos navideños, y me dije “la mierda ya hay que pensar en esto, si todavía falta una barbaridad” y sacando cuentas, la verdad que no. Inmediatamente recordé que no tengo arbolito, en realidad el que tengo tiene los mismos años que el barrio, 30, porque lo compramos para la casa nueva. Por lo que el estado de ese arbolito es triste. Las luces corren la misma suerte, no tienen musiquita y la última vez que las enchufé me dio una patada eléctrica que la lengua se me fue para atrás, me asusté y las archivé, porque así somos, cobacheros al mango. Guardamos esos adornos pedorros de 1985, una bola desteñida, un Papá Noel que, ahora que lo miro se parece más a Martín Caradagian que al propio Papá Noel. De los Reyes Magos sólo me queda Melchor, los otros fueron víctimas de la mandíbula de mi perro, una pena, una muerte muy truculenta para los pobres reyes. Las guirnaldas las usamos para una despedida de solteros, así que ni rastro de ellas. El adorno yanqui que se pone en las puertas, que por el sol ya estaba medio seco se lo robaron los chorros la última navidad, no sé para que lo habrán querido y esas botas gigantes que se cuelgan, también de cultura foránea, fueron presa de mis queridos sobrinos que, para matar el aburrimiento, se disfrazaron y quedaron irreconocibles. Ya verán que no conservo demasiadas cosas, sólo aquellas que tiene un estado aceptable.

Estuve viendo, entonces, unos adornitos, como para darle un toque a mi casa. Y me encuentro con unos “venaditos” preciosos, muy navideños, pero salían una locura, 400 mangos el venadito del orto, y ¿quién quiere un venado? Como si acá fueran re tradición, yo digo ¿cómo no ponen caballitos? Acá hay caballitos de carne y hueso y los nenes al menos lo reconocen. Ví después un “arbolito nevado” divino, ahora ¿Cuándo puta nevó una navidad acá? ¿Acaso pasamos frío en las fiestas alguna vez? Pienso en el pobre pelotudo que le toca hacer de Papá Noel y disfrazarse con 42º, la pasa tan mal, que se descompone, hay que correr a darle agua, que salude rápido a los pendejos y le de los regalitos antes de terminar en la guardia del Hospital Central.

Mirando encuentro unos muñecos raros, tipo enanos, de verde y rojo, y digo ¿Qué carajo son estas cosas? ¿Desde cuándo se usan esos bichos que nadie me avisó? Son tétricos, con cara de violadores y parece que llevaran un hacha escondida, diabólicos diría yo. Por casualidad encuentro unos cartelitos muy bonitos, “merry christmas”…¿en inglés, por qué? ¿Con que necesidad? Yo no puedo decirle a mis abuelos “merry christmas”, porque inmediatamente me van a preguntar con cara de espanto ¿Qué le pasó a la tía “María Cristina”? entonces pienso ¿dónde quedó lo argento del festejo? Eso de la mesa larga, la sidra, el pan dulce, la música, el saludo de los vecinos, los sanguchitos, la ensalada de fruta, el vitel tone, el pinito y el garaje adornado. Ahora cambiamos todo, la garrapiñada son pasas de Turquía bañadas en chocolate suizo, los sanguches son de aceitunas y palmitos, la ensalada de frutas ahora es helado de limón con champán y la comida es del parripollo de la esquina. La sidra se reemplazó por el vino espumante rosado y el pan dulce, de pedo lo alcanzamos a comprar de oferta, por lo que la fruta abrillantada de milagro no nos hace saltar un diente.

A las 00:00 exactas ya comienzan los saludos, beso va, beso viene, abrazo y llegamos a ese primo y no sabemos si saludarlo o no y lo miramos dudando y recordamos a la perfección que le servimos de garante en un crédito y el hijo de re mil nos garcó. Andamos con cientos de ojos, porque tuvimos “la genial idea” de comprarle estrellitas y petardos inocentes a los nenes, pero como viene medios potenciados y no queremos terminar en la guardia del Hospital Notti, parecemos unos pobre infelices boludos grandotes con la estrellita en la vereda y el vecino mirándonos pensando que verdaderamente nunca maduramos, ya que al movimiento circular de la estrellita lo acompañamos con sonidos guturales desconocidos para llamar la atención de un niño de 3 años que entiende perfectamente un celular, pero no una pirotecnia chota.

Ya pasadas las horas tiramos el comentario de pasar el 25 en otro lugar, y se nos prende la lamparita, “vamos al Carrizal”, “vamos al río”, así con todas las pilas y el silencio inunda el lugar, los parientes nos miran con cara de “¿sos boludo?”, claro el tipo se había olvidado de que de todos los familiares, sólo dos tiene auto, ambos modelos del 80, en total son 35 personas, entre tíos, primos, algún amigo colado, padres, abuelos, hermanos, etc. Hay que cargar con toda la comida que sobró, la bebida y llevar un asadito por las dudas. La verdad que la idea no es mala, si no tuviera un par de detalles negativos, por ejemplo, que la abuela ya no camina, así que no da como para llevarla al río a la pobre en sillas de ruedas entre las rocas, no, definitivamente no da.

No sé porque esa noche nos sentimos muy conectados, tanto que observamos que la prima “Claudita” tiene 42 años y sigue soltera, que los niños ya están creciendo, al punto que le preguntamos a uno como anda en la escuela y con cara característica de adolescente púber llena de granos nos dicen “tío ya tengo 14 boludooo, voy al secu”, nos percatamos de que el “tío Beto” vino muy bien acompañado de una tal “Yenifer”, nueva novia obvio, sólo que el tío tiene 68 años y Yeni 23. Y que de 35 personas, 34 estamos con el celular en la mano, se salva el nene de 4 meses, que no le dan un celular porque está babeando a lo loco y lo moja.

Y así nos damos cuenta que los argentinos conservamos esas raíces que nos hacen únicos e inigualables, las fiestas significan la unión y la separación. Es cuando realmente despertamos del adormecimiento y somos felices, al menos por 24 horas. Es cuando dejamos atrás todas las cosas que por fortuna o por desgracia nos pasaron y rogamos que el nuevo año comience. Hacemos un balance corto para darnos cuenta que la vida es completamente efímera, que lo que no logramos en 12 meses lo dejamos para los 12 que vienen y cuando la madrugada avanza y la familia se despide porque vuelve en un ratito a almorzar, volvemos la mirada, vemos la casa hecha un desastre, la mesa llena de botellas, el mantecol tirado por todos lados y de atrás una cumbia sonando, miramos al cielo saludamos a los que partieron antes y con verdadera nostalgia y una sonrisa dibujada agradecemos que al menos una vez al año seamos bochincheros, disparatados y argentos.

Escrito por Marito para la sección:

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