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La banda de sonido de tu vida

Existen canciones que apenas escuchamos nos llevan a la niñez. Las que usamos en los juegos, las que nos indicaban el comienzo de los dibus, las que cantábamos para hacerles saber en el colegio que el “5to C” era mejor que el “5to A” o los cantitos de las excursiones “Chofer, chofer apure ese motor que en esta catramina nos morimos de calor”. Uffff, si chicos, soy una persona grande, ese cantito era de mi época. Pero nadie puede negarme que escuchar, hoy en día “Patoruzito, Isidorito, Pamperito a- dor- mir” no los traslada inmediatamente a la infancia.

Están, también, las canciones que usamos siempre para descargar en los días de furia. “Smell like a teen spirit” de Nirvana, me atrevo a decir, es la canción por excelencia para desatar la ira en los días en los que estamos enojados. Generalmente son las mismas que usamos cuando atravesamos la rebeldía, esa etapa de ser punks, del palo del grunge, o del heavy metal. Ni hablar si escuchabas “Gangster Paradise” de Coolio y flasheabas que te estabas bajando de un auto tremendo, con cadenas colgando y caminabas con actitud canchera y cuasi mafiosa (Si no lo hicieron, yo sí… porque siempre se puede ser más fantasma).

Y están también las canciones fiesteras, esas que suben las ganas del descontrol, la fiesta y las ganas de bailar. La misma que esperas que pongan en cualquier reunión de amigos porque sabés que en el mismo momento en que comienza a sonar, aparecen todos con la coreografía armada y realizan unas armonías de voz que dejan mucho que desear, pero te hacen feliz porque te recuerdan la complicidad que tenés con tus amigos. En mi caso, no soy mucho de coreos ni de canto, pero apenas suena “I will survive” de Gloria Gaynor, es fija que se arma un mini desfile en la pista ¡Giordano forever (alone)!

Y no podemos dejar de lado las canciones melosas, las que sabés que son el ejemplo número uno de lo empalagoso. Las que convencen a cualquiera que la luna se puede bajar, que las estrellas son tus ojos y que sin vos se mueren. La ñoñez elevada a la enésima potencia. Las que después terminás odiando, porque una vez que se las “regalaste” a él o ella, creaste una expectativa altísima sobre el romanticismo y te das cuenta que está complicado el asunto de demostrar lo que el señor cantante dice en esa dulce melodía.

Y llegamos a la antítesis a lo anteriormente detallado, las canciones melancólicas corta venas incitadoras al suicidio con aspirinetas. Las que te dejan el alma como la ropa cuando te largas en un tobogán oxidado: rajada. Esas que entre el despecho, el desamor, palabras tristes, y despedidas, hacen el combo perfecto y se transforman en la canción que vas a poner en repeat las 24 horas. Si hay una verdad casi irrefutable, es que estando en el suelo con el corazón pisoteado, necesitamos esa dosis de masoquismo musical. Sí chicos, nos convencemos de que no estamos sufriendo lo suficiente y ¿qué hacemos?, pues claro, pongamos a todo volumen “Mi historia entre tus dedos” de Gianlucca Grigniani. Eso nos va a levantar el ánimo ( no damos más de losers).

Iracundas, fiesteras, empalagosas, motivadoras, melancólicas, liberadoras, pónganle el adjetivo que quieran, todas tienen algo en común: nos generan emociones.

Es que la música tiene ese magnífico poder de llevarnos a personas, a lugares, recordarnos olores, paisajes.

Cada canción se transforma en una instantánea de momentos de nuestra vida, y ahí va un consejo de alguien que ama a la música: de vez en cuando saquen del cajón esas instantáneas y contémplenlas de nuevo, y se van a dar cuenta que el tiempo está congelado ahí, entre medio de unos acordes. Vos ¿ya viste tu instantánea de hoy?

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