Un banderín de Independiente de Avellaneda en la luna

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Foto Living

-Tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en una silla.

-La silla se rompió, el arquero se cayó y un gol de mediacancha Bochini le metió.

Ese cruce de canticos era casi diario entre mi hermano Diego, bostero, fana de Gatti y mi respuesta roja cuando aún no íbamos a la primaria.

Mi abuelo Vicente era, italiano, obrero, pobre, semianalfabeto en italiano por haberse venido a los trece años solo a hacer la América y semianalfabeto en castellano por haber llegado a laburar y tener que aprender el español en la calle. El Lelo,  era un bicho raro, quizá un gen que nos hace naturalmente contreras a cualquier mayoría que aún perdura en la familia hizo que un italiano pobre, que debería haber sido de Boca y posteriormente peronista, se hiciera en la Buenos Aires de principios del Siglo XX de Independiente ( el club de los gallegos) y más tarde antiperonista.

De ese abuelo que se fue antes de tiempo tengo el recuerdo de verlo en su taller, entre dobladoras de chapas, taladros de pié y otras máquinas que parecían de la NASA laburando, con una spika en el hombro escuchando los partidos y murmurando “vamo roco”, el sonido de la J es imposible casi para un italiano nativo.

El me contó que hacía muchos años, antes que naciera mi viejo, lo cual para un niño es casi la prehistoria, había llegado destrozado a la casa un domingo, por haber llevado a dar la vuelta olímpica en hombros a un jugador de independiente, vaya a saber quien fue ese afortunado que se me adelantó en eso de andar a peteco o a cococho como decía él, en los hombros de mi abuelo.

Luego mi viejo, que de futbolero no tenía mucho pero era hincha del rojo, me contaba como un cuento que una vez el seleccionado argentino convocó a toda la delantera de Independiente, (Michelli-Cecconato-Lacasia-Grillo y Cruz repetía como un mantra, tantas veces que lo memoricé hasta hoy) y esa delantera, con la camiseta celeste y blanca de la selección le había pegado un peludo bárbaro a los ingleses.

Finalmente el culpable mayor de mi afición a independiente fue mi primo Gustavo, era el primo que todo niño debería tener, unos seis años mayor que yo, atorrante y dulce con los niños chicos. El y su hermano Daniel pulseaban entre ellos por mi y por mi hermano para hacernos ya sea de Independiente o de Boca, se resolvió todo salomónicamente con mi inclinación al rojo y la de mi hermano hacia los xeneizes.

Gustavo me enseñó todo lo que un niño en esos años y en Mar del Plata donde vivíamos necesitaba saber, a elegir la horqueta para hacer una gomera, a usarla infructuosamente contra gorriones cuando estaba lista, a hacer un molde para plomadas con un cuchillo en el suelo, a derretir el plomo y verterlo ahí y luego a sumar un anzuelo y un hilo e intentar pescar. ¡Y a hacerme hincha de Independiente! Gustavo tenía toda la autoridad para hablar de futbol, jugaba en un club de verdad, con camiseta y botines y en cada visita a Mar del Plata cuando ya nos habíamos venido a Mendoza íbamos a verlo jugar de ocho en esas inferiores. Una tarde en un potrero cercano a su casa que era también mía por temporadas me contó que cuando los astronautas fueron a la luna llevaron un banderín del Rojo y un mandato, buscar un equipo en otro planeta porque en la tierra ya le habíamos ganado a todos. Le creí ciegamente, porque era mi ídolo y porque en esos años los rojos éramos una máquina de coleccionar trofeos internacionales.

Luego de eso yo también tuve un perro llamado Boneco, un gato que se llamaba Bocha y otro que se llamó Bertoni.

El tiempo fue pasando, siempre fiel al rojo, pero luego de mi adultez, esposa e hijas mujeres que llegaron, casi que fui perdiendo la pasión, el fanatismo infantil; la llegada del cable que nos permite ver el mejor futbol, la salida de Maradona de la mano de la enfermera, la violencia, la corrupción, los vendehumo el resultadismo y algunos otros ingredientes hicieron que mi último gesto como apasionado del futbol se remonte a 1994 cuando fui a una cena en el entonces Hotel Plaza organizada por una peña roja de Mendoza, en la cual me gané en el sorteo la camiseta firmada por todos los campeones de esa supercopa que hice enmarcar. Cuando me casé, si bien ya el futbol no me emocionaba casi, colgué la camiseta en el living de casa, donde permanece hasta hoy pese a los ruegos de mi esposa que consideraba que una camiseta en el living de una casa es un poco grasa.

Fueron años alejado del futbol, me enteraba de los resultados por los diarios, en algún café cargaba a alguien o recibía cargadas pero casi por reglamento, no había enojo ni alegría en esos años que surgieran de los resultados del rojo.

Hasta que llegó el momento más aciago, el rojo se podía ir a la B. El día que tomé conciencia de eso, decidí que si había disfrutado tantos años, aunque sea por una cuestión de hombría de bien debería acompañar al rojo en las malas. Sería muy hijo de puta haber gritado tanto esa levantada imposible en Córdoba con ocho jugadores y hacerse el pelotudo ahora. Así es que este año no me perdí un puto partido, sufrí como antes, tuve algunos destellos de esperanza y alegrías. Putee al Tecla, al Negro al Tolo, me esperancé con Miguelito y hoy siendo ateo confeso estoy rezando y haciendo promesas. Pienso en el Lelo Vicente, en la inocencia con que escuchaba a mi viejo y en el niño que escuchaba a su primo casi como el niño de Tim Burton en Big Fish.

Hoy googleando sobre el rojo, leí que lo del banderín y los astronautas era verdad, Amstrong llevó a la luna un banderín de independiente. Confieso que lagrimeé en el teclado, que volví a ser niño y que vuelvo a creer en los milagros. El próximo partido lo veré solo, no ya en la estación de servicio donde vi todo, no creo soportar una cargada, prefiero compartir la tristeza o la alegría con el niño que fui y si me emborracho solo como loco malo, quizá me encuentren cantando –El arquero se cayó, y un gol de mediacancha Bochini le metió.

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