Barrio bajón

Era octubre de 2009 cuando yo, Cristian Potto, con 21 añetes, trabajaba de cadete para una rotisería llamada «La Roti-sería Roti-genial!” (juego de palabras medio boludo pero simpático). El laburito estaba piola, me re explotaban pero igual me gustaba subirme a mi Motomel y sentirme un moderno soldado de caballería napoleónica dispuesto a cumplir heroicamente su deber de repartir comida por toda la jungla de asfalto, y como ya se habrán dado cuenta por mi redacción, soy alto estúpido.

Un jueves al mediodía, Pamela, la rubia encargada del negocio, me dio dos docenas de empanadas para entregar.

—Tomá Cristian, una de pollo y otra de carne dulce para calle Carlos Carroña 238. Son 62 sopes, tratá de esta vez no regalar todo el cambio —me dijo Pamela con su habitual mala onda.

—¿Y esa calle dónde queda? —pregunté.

—Es en Barrio Medina. Agarrás derecho por Krupoviesa y doblás en Rubén Castiñeiras, de ahí bajás varias cuadras hasta llegar a una placita. Tené cuidado que es zona turbia.

—¿Es pasando el Instituto Metafísico José López Rega?

—No sé, vos andá por donde yo te digo…

—Che ¿y a las empanadas las pidieron así frías?

—¡¡Ay no sé flaco!! ¡¡¿¿Tanto vas a preguntar??!!

Me puse mi casco que tenía una calco de Viejas Locas y arranqué para ese tal Barrio Medina, del cual nunca había oído hablar. «Tenés que ser muy cisgénero para pedir de carne dulce», pensé indignado mientras esperaba un semáforo que se hacía largo como DNI de chino. (En esa época la palabra «cisgénero» ni existía, yo no sabía lo que significaba pero me acuerdo que la escuché en una clase de Sociología —carrera que abandoné en el primer cuatrimestre—, y de ahí con mis amigos empezamos a usarla todo el tiempo; «che pedazo de cisgénero abrite un porrón», «esos chupines son re cisgénero”, «no me gusta el Loco Bielsa como entrenador… es muy cisgénero», solíamos decir, entre otras frases cuya gracia era inversamente proporcional a su coherencia).

No sabía a dónde estaba yendo, pero seguí las indicaciones de Pamela y me mandé como veinte cuadras profundas por calle Castiñeiras hasta llegar a una placita. «Plaza Pichuco Trolo, Barrio Medina», rezaba un cartel. En la plaza, de juegos oxidados y pasto también un poco oxidado, había tres pibitos (de entre 7 y 41 años) jugando a la pelota, dos chicas fumando al lado de un bebé en su cochecito y un tipo solo en un banco que jalaba una bolsa con caramelos de goma como si fuera pegamento. A dos muchachos que pasaban por ahí les pregunté cómo llegar a calle Carroña.

—Ni idea loco —respondió uno—, yo antes también le entraba al poxy y perdí para siempre la noción de espacio-tiempo…

—Yo tampoco sé —agregó el otro cuya remera de Hermética parecía tener al menos una década de alcoholismo—, pero ni loco te metas por esa callecita de allá —me señalaba—, porque ahí viven unos narcos que en lo que va del mes ya acribillaron a dos pibes que repartían revistas de Walmart.

—Ah bueno gracias! —les respondí tragando saliva por el julepe que me agarró.

Seguí marchando en mi moto buscando algún transeúnte al que pudiera preguntarle por calle Carroña, recorrí pocos metros en los que vi: una pared a medio caerse con un Carlitos Tévez a medio pintar, un perro rengo revoleando por los aires una bolsa de basura, un chabón que tenía medias de River Plate arriba de un pantalón largo de All Boys aunque la temperatura era de 35C°, y dos tipos lavando un Renault 12 mientras desde un parlante todo cagado a palos escuchaban Su Florcita de Agrupación Marilyn Manson, banda pionera de la alternative-dark-cumbia.

El soundtrack fue mutando a medida que me acercaba a una casita desde la cual se escuchaba una obra de Tchaikovsky, que era la música más culta que yo de pedo conocía en ese entonces. El pasaje de Su Florcita —himno eterno de las bailantas góticas—, a Tchaikovsky —música clásica para gente que se cree inteligente por escuchar música clásica—, fue tan berreta como todo lo que mis ojos veían en ese lugar, parecía un enganchado hecho por algún DJ falopoide sin un mínimo de criterio artístico ni buen gusto.

Frené frente a la casa desde la cual se oía Tchaikovsky; la puerta estaba abierta y rápidamente salió un señor de unos, calculé yo, 72 años…

—¿Necesitás algo, pibe? —me preguntó al verme.

—Buen día, ¿sabe cómo llegar a calle Carroña?

—Estás a tres cuadras, tenés que seguir derecho nomás, pasando una ferretería.

—Muchas gracias! Lo dejo que siga escuchando Tchaikovsky —le dije para hacerme el copado.

—Ah, pará… ¿Te gusta Tchaikovsky? ¿En serio? ¿Piotr Ilich Tchaikovsky? ¿Пётр Ильич Чайковский?

—Sí, me encanta! —le mentí para seguir haciéndome el copado, confiado en que el viejo ignoraría mi calco de Viejas Locas.

—Qué bueno! Acá todos los pibes viven a cumbia nomás…

—Y bueno, son generaciones distintas…

—Mis huevos son generaciones distintas, esto es lo que nos dejaron décadas de gobiernos corruptos… Quedate acá que te quiero mostrar algo… —No tuve ni tiempo de responderle. En cuestión de segundos el señor se dio vuelta, entró a la casa y volvió a salir, esta vez con un papelito en mano…

—Mirá —me dijo desdoblando el papel—, a esto lo escribió mi nieto Jonatan, de 11 años, y me lo regaló para mi cumpleaños. Te cuento… él se junta con sus amiguitos del barrio que viven escuchando cumbia, pero yo trato de hacerle escuchar otras cosas porque no quiero que se estanque en esa, viste… Yo quiero que él sepa que aunque seamos humildes hay otras cosas, otras oportunidades… Y creo que de a poco mi influencia va dando frutos, porque el otro día me dijo que su sueño es ser músico y te juro que me llenó de orgullo…

El papel era una hojita de cuaderno mal arrancada que contenía una especie de poema o canción que decía:

Q bolonqui q bolonqui,

en la villa to los pibes

la flayean con Chaicosky.

Q jarana, q jarana,

las wachas se calientan

si ven a Facundo Arana.

Q bolonqui q bolonqui,

en la villa to se menean

si el DJ toca Chaicosky.

Q jarana, q jarana,

como perrean esas wachas

si suena la Marcha Eslaba.

Y a los giles de la 1-11-14

les batimos la Overtura mil ocho dose.

Q ningun gorra venga a parar este bolonqui,

xq en el cora llevo a mi abuelo y al Chaikosky.

Para mi abuelo Carlos.

Te quiero mucho.

Tu nieto: Jonatan Viale 20-7-2009.

Los dos leímos esa tierna bazofia en un silencio incomodísimo, que se volvió aún más incómodo cuando el señor parecía estar a punto de llorar.

—Es muy tierno —le dije casi por puro protocolo.

—Es el regalo más lindo que me han hecho…

—Es re lindo, sí…

—Tomá, quiero que te lo lleves… —me dijo con la voz rota corte Hernán Lombardi.

—¡No! ¿Cómo me lo voy a llevar? ¡¿Por qué?!

—Yo ya estoy viejo, pibe. Soy celíaco y ayer me comí un pan. Me voy a morir y esto va a terminar en la basura. Ya viví la emoción de recibirlo, lo material es efímero. Tomá…

—¡¿Pero por qué me lo da a mí?! —insistí.

—Mirá flaco hace 40 años que vivo en este barrio y sos el único acá que conoce Tchaikovsky, aparte de mi nieto y yo… Quiero que guardes esto como un símbolo de la esperanza que tengo en ustedes, los jóvenes, porque son ustedes los que van a tener que superar la decadencia cultural en la que nos han metido. Está en ustedes superar las falsas doctrinas, el arte mediocre, el egoísmo y la frivolidad, y lograr que por cada delincuente o drogadicto de hoy, mañana haya mil hombres trabajadores dispuestos a servir a la Patria —hice unos cálculos rápidos y el resultado daba una superpoblación re heavy—. En el regalito de mi nieto está mi esperanza de que algún día la nación se eleve espiritualmente en lo sublime de las grandes obras de nuestra civilización… Así que llevatelo. Llevatelo o lo prendo fuego —me decía mientras mecheaba un encendedor cerca del papelito, amenazándome con hacer algo que me importaba tanto como la cotización de la moneda de Uganda (que seguro son piedritas o algo así).

Sus palabras me dieron lástima, aunque sospeché que las había choreado de algún famoso discurso. Con tal de irme, acepté llevarme el papel, me lo guardé en un bolsillo, le di un abrazo al viejo y seguí mi camino, entendiendo que no era ni el momento ni el lugar para semejante situación.

Pasé la ferretería que me había indicado el señor tchaikovskista (o tchaikovskero) y llegué a calle Carroña; por fin encontré la dirección y toqué timbre. El delirio de los minutos previos parecía haber cesado hasta que de la puerta de Carroña 238 se asomó, a la altura del picaporte, una especie de densa masa peluda llena de migas: era la panza de un tipo gigante (más de 2,15 mts. seguro) y obeso, de esos que sabés que las gambas en cualquier momento le piden la jubilación. Creo que también era albino.

—¡Hola! Acá le traigo las empanadas que encargó —le dije intentando disimular mi asombro.

—Uh loco no las calentaron? —dijo al agarrarlas, sin siquiera saludarme.

—Eh, disculpe, no sé si usted pidió que las calentemos…

—Ta’ bien pibe, con ese criterio mañana me van a cagar a tiros y vos me vas a decir “no ze zi uzted pidió que no lo caguen a tiroz”… Tomá, agarrá —estiró uno de sus pesados brazos y me dio $70. Ni le pregunté si tenía dos pesos así yo le daba diez, preferí ignorar las órdenes de Pamela respecto al cambio y le di cuatro billetes de $2. Lo puteé con la mirada y comencé mi retorno.

«Qué ogro cisgénero, seguro se va a comer las dos docenas él solo», pensé mientras veía otra pared que decía «viva la experiensia introspectiva» junto a un dibujo de la Pantera Rosa fumando marihuana. Sólo una cosa quería saber antes de irme para siempre de ese calvario: ¿por qué carajo se llamaba Medina el barrio? Supuse que había alguna historia bizarra y miserable detrás de ese nombre. Al pasar otra vez por la plaza vi un pelado paseando un perro. Así que frené mi moto y le hablé…

—Che disculpame, capaz esto te suena medio raro pero… ¿sabés por qué este barrio se llama Medina?

—Sí, mirá… hasta hace unos años se llamaba Martínez de Hoz, pero un grupito de estudiantes empezó a pedir que se cambie el nombre y lo lograron. Se hizo una asamblea popular con un par de concejales y toda la bola para ver qué nuevo nombre le iban a poner, y al final se decidió ponerle Medina por el ídolo del barrio: el Teto Medina… Después se hizo un acto de inauguración en el que el Teto cantó un par de temas, bailó con las vecinas… Unos pibes le quisieron chorear y él se lo tomó con humor jaj… Fue muy lindo todo…

Me quedé absorto. Lo miré fijamente al tipo. Pestañeé una vez. Dos veces. El tipo se quedó mirándome, como esperando una respuesta. Lo miré al perro del tipo. El perro también se quedó mirándome. Más atrás todavía estaba el pibe que aspiraba una bolsa con caramelos. Lo volví a ver al tipo. Tomé aire. Sentí que recuperé la consciencia que había perdido por unos instantes…

—Ah… ¿te puedo hacer otra pregunta? —le dije con calma.

—Sí… decime… —el pelado y su can me miraban con desconfianza.

Sentí que mis ojos se pusieron verdes y penetrantes: era el espíritu de Ricardo Darín apoderándose de mí. «¿Por qué no se van vos, tu perro, Tchaikovsky y el Teto si te agachás te la meto y todo este barrio horrible a la re puta madre que los parió?», estuve a punto de gritarle, pero entendí que eso le daría a esta historia un cierre vulgar y mediocre, así que le dije, simplemente: —Gracias por tu respuesta, pelado… Nunca apoyes al neoliberalismo. Suerte.

El tipo se quedó mirándome sin decir nada, su perro me empezó a ladrar (seguro era un perro menemista). Arranqué con mi moto y me fui a toda velocidad de ese lugar al que jamás volvería a ir. Cuando llegué a la rotisería quise contarle a Pamela todo lo que había vivido y mostrarle el papelito que me había dado el viejo celíaco, así nos reíamos juntos.

—¡Mirá Pame la flasheada que tengo para mostrarte!

—A ver con qué boludez saltás ahora…

Metí la mano en el bolsillo trasero de mi jean, agarré el papelito y lo saqué delante de Pamela. Grande fue mi sorpresa al notar que el papel no era precisamente un papel, sino un pedazo de cartón, y que todo lo anteriormente narrado nunca había ocurrido en realidad, sino que fue todo una alucinación producto de mi descontrolado consumo de ácido en horario laboral. Entonces quedé así, como un gil, con la mano abierta mostrándole una pepa a mi jefa. Traté de compensar mi falla ofreciéndole la mitad… Pamela se quedó mirándome… Y esa fue la última vez que nos vimos.

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