Toda persona es un sintetizador

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Platón era hincha de Racing. Solía recorrer las instalaciones de la Academia dando lecciones filosóficas a los pibes de las inferiores. Nadie sabía cuál era su verdadero nombre ni a qué se dedicaba. Algunos creían que había sido director técnico y que lo habían echado por lo poco convencional de sus entrenamientos, basados más en diálogos y reflexiones que en la preparación física y futbolística. Pero lo cierto es que era solo un viejo afiliado como cualquier otro, aunque se le permitía estar siempre dentro del club hablando con empleados y jugadores. Muchos lo ignoraban pero algunos lo considerábamos un verdadero sabio cuyas enseñanzas eran un aspecto esencial en la preparación deportiva y espiritual.

—Toda persona es un sintetizador —me dijo cuando yo pasaba cerca suyo después de mi entrenamiento.

—¡Ehh Platón querido! ¿Cómo andás? ¿Qué onda eso? ¿Qué es un sintetizador? —le pregunté.

—Un sintetizador, también llamado informalmente «sinte» o «teclado», es el instrumento musical que genera esos soniditos locos que escuchás, por ejemplo, en la música electrónica.

—¡Aaahh, de una! Ya entiendo de qué estás hablando.

—Cada persona es un sintetizador —arrancó con su espontánea y nunca solicitada clase—. Un sintetizador con distintas funciones, características y posibilidades… En un sintetizador cada perilla, fader o botón cumple una o más funciones, y cada movimiento en estos componentes puede alterar un sonido o su comportamiento, a veces de manera exagerada y otras de forma casi imperceptible, según qué se mueva y cuánto. Un leve giro sobre una perilla puede lograr un sonido más o menos agresivo, más o menos suave, rápido, ácido, nasal, ruidoso, sutil, digital, aleatorio, estable, exótico, mono, estéreo, y un largo etcétera. Además, las partes de un teclado operan siempre en conjunto, conforman un sistema con distintos subsistemas, y un cambio en cualquier parte del mismo afecta a la totalidad.

—¿Y por qué decís que somos un sintetizador?

—En cada persona habitan distintos yoes, distintos saberes, experiencias, gustos y deseos interactuando entre sí todo el tiempo; también habitan químicos, hormonas, genes, etc. y cada una de esas variables puede alterarse afectando la totalidad. La configuración del sintetizador personal de alguien difícilmente sea la misma cuando se le muere una tía que cuando se recibe de martillero público. El clima, la comida, los vínculos, las ideas… Todo afecta al sintetizador, todo mueve alguna perillita emocional, intelectual o motriz en nosotros, y por tanto, todo altera nuestro sonido, y cada sonido suele ser más propenso a generar alguna música en particular. Hay sonidos que tienden a música más o menos melódica, más o menos disonante, rápida, repetitiva, tranquila, y otro largo etcétera. Por eso hay quienes se asemejan más a un reggae desafinado que a una obra de Richard Wagner.

—¡Por Milito, Platón! ¡Cuán esclarecedora es esta analogía!

—Es una virtud entender el sintetizador de cada persona, algunos llaman a esto «empatía»: saber configurarlo para que emita sus mejores sonidos, saber ajustar en cada momento el parámetro puntual que altere la totalidad. A veces las personas se desentienden porque en su comunicación tocan ritmos muy distintos, van en distintas escalas, no sincronizan, o tienen (o más bien, se provocan) configuraciones difíciles de complementar. Algunos llaman a esto «ruido». Pero también hay seres que, lo sepan o no, saben sacar de nosotros nuestra mejor música. Esa persona que alegra tus días, no hace más que ajustar tus parámetros para que todo lo que suene (o toquen juntos) te resulte bello, bueno y justo. A veces una simple sonrisa puede hacer del ruido más feo algo sublime. Pero no ha habido músico (ni entre los superdotados) que no se haya equivocado alguna vez, llegando a entorpecer (según el caso) la ejecución de otro instrumentista. Los buenos vínculos se ejercitan igual que la música, y hay quienes estudian muchas horas para perfeccionarse, y quienes cuando se juntan a ensayar sólo se falopean. Pero todos somos música.

—Empero, cabría admitir que no toda música es bella, Platón.

—En efecto, mi estimado. Mas también podríamos dar crédito a aquel popular dicho que reza que «sobre gustos no hay nada escrito», cuya semántica daremos por entendida aunque en su expresión literal sea, a todas luces, una boludez.

—Pues Platón, si admitimos que hay música mejor que otra, nos es forzoso admitir que hay personas mejores que otras.

—Tal parece que así es. Pero como acabo de sugerir, también pareciera ser válido afirmar que no hay música mejor ni peor, sino solo músicas distintas, y tal apreciación pareciera aplicarse también a las personas, pero aquí es donde caemos en un problema mayor.

—¿Cuál es ese problema?

—Diremos que no hay música mejor que otra y nos bastará con eso. También las personas son distintas, y aceptaremos esta diversidad igual que en la música, pero no podemos decir lo mismo de los sintetizadores. ¿Verdad?

—Justifícate, Platón.

—Hay sintetizadores construidos con materiales mejores que otros, por ingenieros más experimentados que otros. Los hay más estables, más complejos, más innovadores, o que simplemente suenan muy bien. Y esto se refleja en sus precios. ¿No?

—Pareciera que así es.

—Y habíamos dicho que cada persona es un sintetizador.

—Esa era tu tesis, lo recuerdo.

—Entonces es forzoso admitir que, si hay sintetizadores mejores que otros, también hay personas mejores que otras.

—¡Por Perfumo, Platón! No puedo refutar ese razonamiento.

—Ahora bien, esta sentencia tiene otro matiz aun más complejo. Pues en rigor, tampoco hay sintetizadores mejores que otros, sino que cada uno se adapta mejor a las necesidades y posibilidades de cada músico, pero a esto lo diremos solo al considerar los sintetizadores ya existentes en el plano material. Sin embargo, en el plano de la abstracción o lo inteligible puede haber un sinfín de sintetizadores. Entonces, ¿sería posible crear un sintetizador realmente espantoso? Uno disfuncional, mediocre, de limitadísima capacidad, que sea inservible, una basura.

—Sería posible, en efecto.

—Bien, pues hay personas que son como esos sintetizadores despreciables que nadie en su sano juicio fabricaría. Se trata, más específicamente, de los sintetizadores gorilas.

—¿Sintetizadores gorilas? ¡Explícate, Platón!

—Son sintetizadores chotísimos, berretas, incómodos, que andan a medias, prácticamente rotos de fábrica. Una pija, loco. Los únicos sonidos que pueden emitir son todos parecidos entre sí, monótonos, molestos, sin vida, incluso anti-musicales. Y cada perillita que uno les toque va a dar como resultado algo más horrible que lo anterior, a menos, claro, que se ajuste la perilla de Volumen y se la ponga en 0. Todos somos música, sí; y cada persona es un sintetizador, sí. Pero cuando oigo a un gorila me dan ganas de que se me reviente en los oídos todo el sistema de sonido de un recital de Depeche Mode, o de buscar al forro que haya inventado el primer sinte y fajarlo a cadenazos. Los gorilas no solo suenan mal, sino que configuran los sintetizadores ajenos de modo tal que todo termina sonando como el orto. Mi sobrino el Fede Nietzsche dijo que sin música la vida sería un error, pero los gorilas logran que tanto la vida como la música sean un error.

—¡Por Basile, Platón! ¡Cuán asombroso es lo que decís!

—Concluiremos, entonces, que no existe música mejor que otra, ni sintetizadores mejores que otros, ni personas mejores que otras, con excepción de los gorilas, que representan todo lo malo, mediocre, molesto y deplorable, análogos a un sintetizador tan horrible que solo existe en lo abstracto, en el ámbito de las Ideas, puesto que nadie desearía materializar tamaña aberración en el mundo tangible.

—¡Oh, sabio Platón! ¡No tengo más remedio que adherir a tus afirmaciones!

—Mirá, traje unas fichas de afiliación para que también te adhieras al PJ. ¿Te copás?

—Y bueno, ya fue…

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