Las fotocopias circulares

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Horacio era mi némesis. Sólo él podía despertar mi odio más visceral, mis impulsos más violentos, mis pensamientos más patobullricheanos (si no es esta expresión acaso un oxímoron). Cuando lo veía mi cuerpo se preparaba para un combate de vida o muerte: mi pulso cardíaco se aceleraba, mi sangre fluía hacia los músculos más grandes para luchar o huir y mis células comenzaban a consumir energía de reserva. Esto me dejaba exhausto al terminar nuestros encuentros, aunque no solían durar más de diez minutos. Si muchas veces nos enfrentamos, de Horacio yo apenas conocía su nombre, su rostro (su asimétrico y golpeable rostro), su voz (su gangosa e insultante voz) y su lugar de trabajo. Él reconocía mi rostro, tal vez mi nombre —Santiago Kingston 4GB— y dónde yo estudiaba, no mucho más.

«Pobre pibe, recién está aprendiendo», pensé cuando lo vi por primera vez, desperdiciando en pocos segundos unas 45 hojas siendo el nuevo empleado de la fotocopiadora de la Facultad de Derecho. Pero así es como los mayores villanos se insertan en nuestras vidas, de formas aparentemente inofensivas y casi siempre generando cierto grado de simpatía o, en el peor de los casos, lástima. Un compañero nuevo, una solicitud de amistad en facebook, una casual conversación en colectivo… Y cuando te das cuenta ese desconocido logró, cual gusano en una jugosa manzana, pudrir, infectar y arruinar todo tu mundito, a menudo haciéndote dudar de vos mismo, generándote culpa y haciéndote ver como un paranoide inseguro ante tu círculo social que todavía no dimensiona la maldad que alberga en su alma ese ser nefasto.

En su segunda semana de trabajo le di mi pendrive para que imprima un TP de Derecho Penal que debía entregar ese mismo día. Le costó poner el pendrive… Todo bien ¿a qué novato no le ha costado ponerse un preservativo? Es casi lo mismo, aunque uno suele usar preservativo para evitar el contagio de algún bichito, mientras que llevando un pendrive a una fotocopiadora se sabe que lo más probable es que el pendrive contraiga, como mínimo, una flor de sífilis. Las computadoras de las fotocopiadoras son el equivalente informático a un Tiger Woods con nulo conocimiento de educación sexual… En fin, el pibe imprimió el TP, me cobró y me fui, todo normal. A los pocos días me informaron que había desaprobado el TP porque, por error de impresión, faltaban la mitad de las actividades. La semillita del odio ya había sido plantada en mi fértil corazón.

Días después dejé el libro de Calu Rivero para que lo copien, con anillado y todo. De los varios empleados del local, justo ese, ESE, tan nuevo como imberbe, se iba a encargar del trabajo. Al otro día lo fui a retirar, saqué número y esperé 17 minutos —agh, el costo de la piratería—. Por suerte me atendió otra empleada (militante del centro de estudiantes La Socia Lista), pero al pedirle mi encargue me dijo «ah sí esperame un cachito que te lo estamos anillando», y ahí atrás lo vi a él, el indeseable… le sudaba la frente mientras se esforzaba por poner un rulo de plástico entre los agujeritos. Si poner un pendrive es como poner un preservativo, anillar es más o menos como desabrochar un corpiño con una sola mano… y el pibe este era más manco que el baterista de Def Leppard. Cuando me entregaron las cosas empecé a controlar: infinidad de párrafos cortados, hojas ilegibles y bordes rotos por mala perforación. «No pibe, esto está horrible, hacelo otra vez y en una hora vuelvo», le dije. No me discutió nada, pues entre su falta de autoridad y lo innegable de su mediocridad, nada había para discutir. Al volver ya estaba todo bien (supuse que recibió ayuda), pero la mala onda era oficial, pues ningún inútil acepta de buena gana su condición de tal. Yo lo odiaba, y él me odiaba también.

Migré hacia otras fotocopiadoras, más costosas y lejanas, pero mi andar a las apuradas me devolvía a aquella en la que mi enemigo jugaba de local. Siempre lo mismo: le costaba poner el pendrive, le metía virus, se olvidaba devolvérmelo o no lo sacaba bien. Las fotocopias ilegibles, desordenadas, rotas, mal abrochadas, carentes de todo amor. Obviamente también era lento, cobraba mal, tenía olor a chivo y ponía siempre un mismo enganchado de Los Piojos a todo volumen. Con el tiempo dejamos de saludarnos y, cuando yo sabía que no tenía más opción que lidiar con él, los archivos en mi pendrive llevaban nombres como «a ver si podés imprimir esto.doc», «laburá bien pedazo de forro.jpg» o «mamarracho, estás tan cerca de ser un buen empleado como yo de ser el 9 de Newell’s.pdf». También empecé a pagarle con billetes grandes para sacarle todo el cambio y cagarle un poco la existencia como él hacía con la mía.

Su influencia en mi vida adquirió niveles insospechados cuando me hallé golpeando los muebles de mi casa y gritándole a mi abuela con tan solo recordar su rostro. Comencé a hablarle de él a mi psicóloga que pronto me derivó a un psiquiatra que luego me derivó a la re puta que me parió. Tomaba ansiolíticos, tenía pesadillas en las que él sacaba miles de copias espantosas, no podía leer siquiera libros originales sin que las letras comenzaran a borronearse por pura proyección de mi trauma. Horacio era un gran derrame de tóner negro en mi psiquis, una acromática hemorragia en mi alma. Cada minuto era una hoja trabada y arruinada en alguna parte de la espiritual máquina fotocopiadora. Todos mis sueños full color ahora eran sólo un conjunto amorfo de manchas en escala de grises. Toda la existencia se había transformado en eso: en una metáfora berreta.

Esto no podía seguir así, entonces una tarde salí a buscarlo. Me había aprendido sus horarios de trabajo para evitar cruzarlo así que sabía que iba a estar ahí, haciendo cagadas como siempre. Salí de mi casa casi corriendo. Al entrar a la facultad lo miré fijamente mientras me acercaba; Horacio cebó un mate y lo tomó sin aflojarme la mirada, demasiado canchero, como si se hubiera estado preparando para ese momento.

—Te estaba esperando… —me dijo, dejando en claro que él entendía lo que pasaba.

—¿Por qué me hacés esto? ¿Qué te hice para que me cagues la vida así?

—A veces el conocimiento se asemeja a un parto, requiere de todo un proceso previo y no está exento de dolor…

—Hablá bien la enigmática concha de tu madre.

—Jaja sí, flasheé, es que estuve leyendo a Sócrates.

—Sócrates nunca escribió su pensamiento —le aclaré.

—Tal vez sí escribió, pero quizás odiaba al único copista que tenía cerca y luego se perdieron sus originales…

—Esa historia me suena familiar…

—Jaja, vení, pasá…

Tras ese encriptado diálogo, Horacio me hizo pasar al negocio. Estábamos solos. Lo que más me inquietaba de aquella situación media surrealista era el irreconocible aura de Horacio; sus gestos, su forma de hablar, todo le era ajeno, a tal punto que mi desprecio se iba disolviendo poco a poco en respeto dentro de un vaso de misterio. Horacio levantó la parte superior de una de las máquinas y con un dedo tocó el oscuro vidrio sobre el cual se sacan las copias manuales.

—Mirá, ¿qué ves?…

—Y, me veo a mí mismo…

—¿Seguro? ¿Te podés ver desde arriba y con tus propios ojos? ¿Esos son tus colores? ¿Ese sos vos?

—Uh loco qué denso, se sobreentiende que es mi reflejo…

—Ahí va, ¿pero no te parece que en cierto sentido todos somos un reflejo de nuestras circunstancias, de nuestras ideas (que en realidad nunca son nuestras), de lo que hacemos, lo que comemos, etc.? La naturaleza nos dio ojos para ver casi cualquier cosa, pero no a nosotros mismos, y ni una foto ni un espejo alcanzan, pues nuestra percepción está demasiado condicionada como para vernos con indiferencia u objetividad. Estamos hechos de miradas ajenas, de palabras ajenas, y cuando creemos que somos libres o auténticos por haber elegido algo, en realidad no hemos hecho más que tomar un producto de una góndola porque nos gustó su packaging o porque se adaptó a nuestro bolsillo, pero el mundo que configura nuestra psiquis ya está configurado desde mucho antes de nuestro nacimiento. Somos pura adaptación y transitoriedad. Las opciones son limitadas. Nada nos pertenece, salvo el dolor.

—Mirá flaco… Si quiero filosofar me mando una pepa y pongo a Dolina. No hagas que te encaje un bife, que para eso vine…

—Casi todos somos fotocopias de otras cosas —continuó, ignorando mi amenaza—, o una mala impresión de nuestros propios deseos, un conjunto de hojas casi aleatorias condenadas a vivir y perecer atravesadas por un hostil broche o por un impiadoso anillado. Las hojas pueden liberarse, sí, pero pagando con una herida eterna o con la amputación sin anestesia de una esquina abrochada ¿y quién está dispuesto a pagar ese precio? ¿vos estarías dispuesto a arrancar para siempre una hoja de tu libro de vida, sabiendo que nunca volvería a estar completo?

—Sí, me gustaría arrancar la página en la que aparecés vos…

—¿Pero eso serviría? ¿No te parece que todas las páginas siguientes ya se están escribiendo condicionadas por mi presencia? O más aun… Que todas las páginas anteriores hayan transcurrido del modo en que lo hicieron anticipándose a mi llegada. Pues el tiempo del Dios que escribe es distinto del tiempo de los hombres; el final y el desenlace de cada cosa ya se encuentran contenidos en su inicio. Podés encajarme un bife, podés hacer que me despidan, pero nunca vas a poder sacarme de tu vida, porque en la vida, como en el habla, solo existe la modificación por adición, no por sustracción. No se puede quitar algo del pasado, así como tampoco puede eliminarse un solo signo de un texto y decir que el texto sigue siendo el mismo. No podés “desdecir”, no podés “desvivirme”.

—Mirá flaquito, te la hago corta: no me vas a conmover. Yo estudio para ser abogado y por tanto carezco de toda sensibilidad. Si me ponés un disco de Spinetta no sólo no me conmuevo, sino que me literalmente me meo encima adrede, ¿me entendés? Los abogados siempre están a dos pasos de ser psicópatas. Yo lo único que quiero es que dejes de hacer todo para el ojete y empieces a laburar bien. Estoy dispuesto a pagarte un extra de mi bolsillo, pero quiero que dejes de hacer todo mal. ¿Tan difícil es?

—No es mi culpa, Santiago Kingston 4GB. Yo soy solo una fotocopia de tus propias carencias, una copia difusa de tus malos pensamientos. Nuestro encuentro no es azaroso y tu obsesión conmigo no es casual. Si llegamos hasta acá, es porque todo tu pasado transcurrió para que yo aparezca en este momento a decirte lo que te estoy diciendo. Si tu mayor problema es un pibe que saca fotocopias, es porque el problema está en tu interior. Sólo la sabiduría puede alejarte del sufrimiento y acercarte a la salida del círculo kármico —era medio budista el estúpido.

Su monólogo me hartó. Levanté mi puño derecho para encajarle mansa piña, pero en ese instante apareció mi profesora de Derecho Ambiental. Se quedó inmóvil mirándonos con los ojos bien abiertos, sin entender qué estaba pasando. Bajé mi mano y tanto Horacio como yo fingimos normalidad. Ella también hizo como si nada y le pidió a Horacio unas cuantas fotocopias. Yo me quedé en el negocio como si fuera otro empleado, viéndome forzado a procesar algo de lo que Horacio me había dicho.

Empecé a contemplar la existencia desde adentro del negocio. La misma facultad a la que iba desde hacía años se veía un poco más distante desde esa perspectiva. Pensé en los clientes que transcurren sus días imponiendo su prisa a los empleados, descargando en ellos sus frustraciones, sin colaborar con el cambio ni la eficiencia. Pensé en lo irónico que es el hecho de que por las manos de un trabajador del rubro puedan pasar gran parte de los conocimientos de la humanidad sin que pueda hacerlos propios. Me bastaron pocos minutos para entender que allí adentro uno se va mimetizando con las ruidosas máquinas, perdiendo poco a poco su humanidad entre actividades repetitivas mientras ve cómo el resto del mundo va y viene. Imagínense a alguien que labura 10 o 20 años en una fotocopiadora: un día le vende a alguien los cuadernillos de ingreso a una carrera universitaria y luego ya le está fotocopiando la tesis, esa tesis en la que se agradecerá a familiares, parejas y amigos, pero nunca a quienes durante toda la carrera le copiaron los textos a estudiar, deseándole en silencio que apruebe todo (bueno, no, ahí ya la flasheé, lo cierto es que desde adentro se le desea la muerte al 90% de los clientes).

Mis reflexiones se vieron interrumpidas por la llegada de un joven cliente que yo no recordaba haber visto antes. No lo atendí porque no era mi deber, pero Horacio seguía ocupado atendiendo a mi profesora. “¿Y, flaco? ¿No me vas a atender?”, me preguntó enojado el muchacho. No me salió decir ni una palabra, pero sentí que tenía razón de enojarse conmigo. Me le acerqué y me dio un pendrive, yo lo agarré y lo conecté a una de las computadoras… No pude al primer intento, lo di vuelta y tampoco, lo volví a dar vuelta y ahí entró. Sudaba de nervios y vergüenza. Cuando se abrió la carpeta del pendrive, vi que solo tenía un archivo: “Este relato ya fue escrito, culo roto.pdf”… Abrí el archivo sin mirarlo y le mandé imprimir. Lo mandé en simple faz sin preguntarle al cliente (que seguro lo quería en doble). Me acerqué a la máquina para buscar las hojas impresas y lo miré a Horacio. Vi cómo Horacio, sonriente, me guiñó un ojo y comenzó a desaparecer esfumándose en el aire, como si su imagen y sus colores se fueran borrando y perdiendo en la nada misma. Me quedé impactado por un instante, pero pronto entendí que Horacio quizá nunca había existido, sino que solo era una proyección (tal vez una fotocopia) de mis carencias, las cuales habían adquirido una forma material solo para facilitar mi superación de las mismas, por mero pragmatismo pedagógico, digamos. Si Horacio ya no estaba, significaba que yo ya había aprendido lo que él tenía para enseñarme.

Agarré las hojas que había impreso desde el pendrive y me animé a ver rápidamente el texto. “Santiago era mi némesis”, iniciaba. Entonces comprendí todo: yo también era apenas una copia en vías de extinción… y laboralmente precarizada.

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