Un apodo es un nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. La mayoría de las veces no son demostraciones de respeto. Una situación trágica o una incapacidad son combustible para que los estigmas-apodos, se mantengan cruelmente en el tiempo. El mundo está lleno de personas, como un servidor, que poseen uno.
Ejemplos sobran. Tenemos el caso del Cholicho, que vivía en Gutierrez pero se venía a pasar las siestas en Luzuriaga. Era callado por obligación ya que tenía un defecto en la dicción. No podía pronunciar las erres y las cambiaba por eles. En vez de decir corazón, decía colazón y de esa forma con todas las palabras que contuviesen una erre. Una noche va un grupo de gente, entre ellos el Cholicho, a comer a un carrito en Dorrego, en la calle Espejo. Cada uno pide lo suyo, que un lomo, una hamburguesa, papas fritas. El Cholicho pide un cholipán (traducido sería un choripán). El mozo al escucharlo lo mira sin comprender y le pregunta: ¿un qué? Hizo esta pregunta con picardía cruel ya que conocía el problema del habla del Cholicho. Un cholipan repitió éste. Y el mozo se hacía el que no entendía. La pregunta y la respuesta se repitieron varias veces, para alborozo de la gente que iba con el Cholicho. ¿Un qué? Un cholipán. Hasta que el Cholicho se enojó por primera vez en su vida, se levantó y gritó: ¡un cholipán, pan cholicho pan…Con cholicho no entendés! Cholicho y pan. Y desde ese momento fue nombrado de tal forma.
Los apodos no solo sirven para las personas, también pueden servir para identificar un lugar. Mi tío Juan tenía un bar en Maipú, a cinco escasas cuadras de la plaza; era un bolichón, un bar para tomar vino desde tempranas horas hasta entrada la tarde, todos los santos días. El vino se vendía en vaso par módicas sumas. Tenía un mostrador de madera surcado por el tiempo y el vino tinto derramado. Lleno de mesitas de mármol y de borrachos respetuosos, que tomaban y tomaban mientras filosofaban sobre fútbol, política y demás. Un día la municipalidad llegó a hacer una inspección de rutina. Le preguntaron a mi tío cómo se llamaba el local, a lo que él respondió que no sabía. Era solo el bar de la esquina. El municipal le dijo que tenía que tener un nombre. Entonces un comensal dijo: póngale “La Facultad” porque todos venimos a aprender algo acá. Y así quedó.
Otro caso es el del Rodolfo. A veces cuando salíamos los sábados por la noche él venía con nosotros; era grandote, tosco al hablar y tenía una dentadura repleta de caries y dientes torcidamente negros. Una noche en que nos habían echado de todos los cumpleaños de quince de Mendoza fuimos a tomar un helado a Emilio Civit y Belgrano, exquisitos y de nariz parada. Habíamos tomado café al cognac y estábamos envalentonados. Nos sentamos con nuestros cucuruchos a charlar y esperar que pasara el primer colectivo para Luzuriaga. En eso se detiene un auto último modelo y vemos que en él iban dos hermosos especímenes del sexo femenino. Nos miraron más con miedo que con otra cosa. Entonces el café al cognac le sugirió al Rodolfo que las chicas lo miraban a él. Se levantó y se dirigió decidido hacia el auto con una sonrisa generosa en el rostro que mostraba todas las irregularidades de su dentadura. Al ver que se acercaba, las chicas empezaron a subir las ventanillas del auto raudamente al tiempo que decían: cerrá, cerrá, que ese tiene sonrisa de tiburón. Y así el Rodolfo pasó a ser el Tiburón.
Recuerdo al Carlitos Laporla del que ya les hablé. Era esmirriado, flaquito, de pelo crespo. Su madre, la Tota, era la peluquera del barrio; pequeñita y gordita, dueña de unos senos gigantes. Una tarde estábamos jugando al fútbol frente a la casa del Carlitos y, como todas las casas de Luzuriaga de esa época, estaba en construcción. Era un verano ardiente. Entonces empezó a llover. Unas gotas generosas, gruesas caían cuando la Tota salió de la casa gritándole enloquecida al Carlitos, que estaba de arquero: ¡Carlitos, la porla, se nos moja la porla! Mientras sus senos se bamboleaban bajo el agua. Carlitos miró a su madre sin saber qué hacer. Ya era tarde para las bolsas de cemento Port Land, que habían quedado inutilizables y para él, que quedó estigmatizado con el mote de Carlitos Laporla.
En un caso más reciente está el Miguel que tiene una rotisería en la esquina de mi casa, y un carácter volátil, explosivo. Se enoja por la cosa más nimia, y eso tiene sus costos. Hace poco, después de un berrinche se le paralizó la mitad derecha de la cara. No podía mover ni el ojo, ni el pómulo, ni la boca. Luego de mucha rehabilitación pudo recuperar el control del ojo y del pómulo, no así el de la boca. Por cómo le quedó de torcida le valió el mote de Siete de Espadas, por la seña en el truco.
A mí me dicen Toto, no es un apodo elegante, para nada, y como todos tiene su origen. Cursaba la carrera de cine y video en la escuela que quedaba en la calle Maipú y San Martín de Godoy Cruz, donde ahora existe un local de comidas rápidas. En primer año, en la materia Realización, había que presentar un cortometraje de tres minutos valiéndose de todo lo aprendido en el año lectivo. Mi cortometraje se basaba en hombres y mujeres desnudos pegándose (el día del rodaje fueron solo los hombres, pero eso no nos amilanó y grabamos igual) bajo el concepto de que la violencia tenía como uniforme la piel, solo eso. El resultado fue una serie de planos en donde hombres desnudos se pegaban a diestra y siniestra. Lo presenté en clase y mis compañeros quedaron boquiabiertos. Se generó un silencio atroz. Entonces el profesor, Alejandro no sé cuánto, dijo: tiene una estética de una película de Pier Paolo Pasolini. Lo dijo por decir algo y no decir que lo que había grabado era un delirio. Entonces la Beatriz, una compañera, dijo: a Pasolini le decián Toto, y así quedé, a la sombra del maestro Pier Paolo, y la verdad que mi apodo no me incomoda.
Y así es, nuestros apodos son tatuajes verbales. Con el tiempo los podemos odiar o sentirnos identificados. Pueden simbolizar una forma de aceptación o pueden estar motivados para despreciar o ridiculizar. Pero la realidad es que les pertenecemos, somos sus esclavos. Dejamos de ser nuestros nombres para ser lo que nos significa el apodo, y así andaremos por la vida orgullosos con la carga en nuestros hombros.
Tremenda nota! la anécdota del Cholicho es mundial!!!. Yo tengo un amigo que debe ser el que más apodos tiene en la historia. Como es medio petisón cualquier cosas que haga se lo gasta con el mote de «mini» por delante. Además les gusta escaviar y antes de estar en pareja le tiroteaba a cuanta vagina se le cruzase por encima. Y por si esto fuera poco, con su apellido se ha hecho su «apodo de pila» por el cuál el 90% de la sociedad lo conoce (no lo voy a nombrar acá porque lee el pasquín). Pero alguno de los apodos «extra» que le hemos puesto son los siguientes:
* Botellin – Botella – Petaca – Peruanito: por su gusto por la cerveza bien fría.
* Rebotech: por su mala suerte para el levante (en el pasado)
* El tipo es fachero, un día cayó con un peinado de jopo, estilo Gabriel Corrado, ahí le quedó «minicorrado»
* Otro día cayó con un sobretodo largo, entonces uno le tiró «eee que haces mini rodolfo bebán» y otro entre risas le dijo «rodolfo bebé» así que estuvimos un tiempo diciéndole rodolfo bebé.
* Una vez de vacaciones nos reíamos de un afiche de Emilio Disi que salía haciendo una seña con un dedo, la típica que él hace. Una noche, re contra en pedo, comenzó a imitar al emilio disi haciendo esa seña. Uno de los pibes le dice «afloja papa, sos la versión down de emilio disi» Y ahí lo bautizamos como «disidown» o «minidisidown»
* Otra vez estábamos en la Arístides y al lado de nosotros habían unos padres con un hijo gordito. Entonces el gordito no paraba de comer papas fritas y la madre le dice «davidsito dejá de comer que eso engorda mucho» nosotros nos cagamos de risa por el pobre gordito. Al tiempo, el mini había sacado una incipiente pancita porronera, entonces otro de los vagos lo bautizó «davidsito» así que cada vez que se engorda dice que esta re «davidsito»…. «minidavidsito»
Y hay varios irreproducibles que te los puedo comentar por privado…
Un amigo tenia un problema en la mandíbula, como un flemón, entonces le pusimos «caramelo de fierro»
¡Ajajajaja! ¡Me encantó esta nota! A mí me decían «Mich» en la secundaria… decían que era igual al muñeco Michelín. Jamás me jodió, siempre fui gordita y me la banqué bastante bien.
Los morochos (de pelo y tez), sobre todo en la secundaria no se escapaban, todos eran «el negro».
Pero en mi curso eramos varios, así que desde 1’er año eramos «negros nominados».
En mi caso era el «Negro Peralta» y así con todos.
Como decís ya son parte de nuestro ser.
bouling?
Jajajajajaja esta nota es mundial!!!
A mí me decían acuamán de inodoro, inspector de zócalos, Tarzán de maceta, chichón del suelo, y también Chun-Lí.
Pero si hay algo en que los hombres son buenos es en buscarle el defecto distintivo a alguien y recordárselo por el resto de la vida. Dulces!
Me gustó la nota. A mi me dicen «pita». Cuando era una niña me decían una palabra más larga, la última parte era «pita». No me gusta cómo me llamaban de niña, pero con el tiempo la cortaron y quedó, pita 🙂 Estoy acostumbrada, todos me llaman así, me parece raro cuando me dicen Yésica.
Siempre me dijeron negra, pero un apodo gracioso no tuve nunca.
A un amigo que andaba en moto y se hacia el Renegado le deciamos «Lorenzo Lastima»
A una compañera que tenia los ojos birolos le deciamos «Bizcachu»
Yo era mas bien de poner los apodos.
Yo tengo un amigo que le decimos «La Nutria». Las mujeres sonríen con el apodo, pero si vieran la foto de su infancia que le dio origen a su sobrenombre entenderían que no todo en la vida es el sexo. También hay niños que se parecen a las nutrias.
Excelente nota, Adrián!!
Jajajaja que culiado me cagué de risa, me hace acordar a unas anecdotas que me contaba un chabon de Rodeo del medio, los personajes del barrio:
Habia un chaboncito que le decian el soplatecho porque el chabon tenia labio leporino jajaja
El otro era el 50 mts, le decian asi porque el padre le pego a la madre y le pusieron una orden de restriccion.
Y el mejor de todos era el campeon del cubo magico. El chaboncito este tenia esclerosis multiple, entonces todo el tiempo parecia que estaba jugando con un cubo rubik.
Linda gente la de Rodeo. Saludos
Aguante el Beco, el chinguiado y el san eduardo papa!