Buenos Aires | Cap1: la ciudad

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Me hubiese gustado que las circunstancias fuesen diferentes. Que nuestras vidas fuesen diferentes, que no nos llevásemos casi veinte años de diferencia y que, pudiésemos estar juntos. Pero la vida no es como uno la quiere muchas veces y, lo único que nos queda es disfrutar la felicidad que nos toca, aunque sea con cuenta gotas.

Nos conocimos en el lugar de los solitarios. En internet. Nos empezamos a seguir, y la seducción se fue dando de a poco. No sé si por la edad o qué, pero era un hombre totalmente diferente a los que yo había conocido antes. El otro problema, aparte de la edad, era la distancia. Vivía en Montevideo, y yo, en Mendoza, a casi mil quinientos kilómetros de distancia, pero hubo algo dentro mío que me dijo “animate a conocerlo, puede llegar a valer la pena”. Y yo, que no he sido muy suertuda en el amor, me dije “vamos a ver”

Marcos era ingeniero civil y trabajaba en una empresa constructora. Si bien, hacían obras por todo el mundo, su residencia estaba en Uruguay, aunque hubiese nacido y vivido hasta los 19 años en Buenos Aires. “Tuve la posibilidad de venirme a vivir a Uruguay porque mi padre falleció, y como herencia me dejó una casa acá. Cuando terminé la secundaria ya me instalé y entré a la facultad”. Y yo. Bueno, nada fuera de lo común, estaba en último año de medicina y sentía que mi vida no iba hacia ningún lado. Pero ambos escuchábamos la misma música.

A medida que las charlas aumentaban su frecuencia, también así lo hacían las ganas de vernos. Fuimos de a poco compartiendo hechos de nuestra vida, mi separación, su divorcio, sus familiares en Buenos Aires (incluyendo una hija de casi mi edad), mis estudios. Hasta que un día, después de meses de hablarnos, me comentó una idea.

—¿Flaca, nos podemos ver en Baires? En un mes viajo para visitar a mi mamá y mi hija, y me gustaría verte. ¿Te podés hacer el viaje? —Y yo, que no estaba yendo todos los días a la facultad, encontré una ventana de tres días libres en donde me podía animar.

—Hecho. En un mes nos vemos personalmente —le contesté.

—Cuando te vea te voy a comer la boca —me dijo. Y yo, honestamente, así lo esperé.

Buenos Aires siempre me ha parecido una ciudad fascinante. El ritmo de vida es tan diferente al de mi Mendoza natal y, como cábala cuando la azafata informó que iniciábamos el descenso a la ciudad, me puse los auriculares y le puse play a “La ciudad de la furia” de Soda Stereo. No había mejor forma de recepción.

Yo llegué el viernes, y Marcos llegaba el sábado. Ese día me lo tomaría para recorrer la ciudad y ver una obra en el teatro Colón. Y eso hice. Cuando amanecí el sábado me llega un mensaje a mi celular “te espero en la estación Juramento, de la línea D, a las 11 de la mañana”. Yo estaba parando en Once, al lado de una de las paradas del subte, así que tenía que hacer una combinación y varios minutos de subte. A mí siempre me han gustado aquellos trenes subterráneos, así que esa mañana desayuné y me fui muy nerviosa a su encuentro.

¿Qué haría? ¿Qué diría? ¿Cómo lo saludaría? Ese viaje por el mundo subterráneo de Buenos Aires no hizo más que acrecentar mi ansiedad y mis nervios. “Va a estar todo bien” me dije, y  cuando faltaban cuatro estaciones para Juramento, me llega un mensaje suyo que dice “te estoy esperando dentro de la terminal”. Y ahí mi estómago decidió tomarse una licencia y subirse a la montaña rusa de los nervios, aquellos que vienen cuando espero frenéticamente algo. O alguien.

Cuando bajé del subte y subí las escaleras mecánicas, lo busqué. Y lo vi también buscándome, y por primera vez en mucho tiempo, me di cuenta que él si era igual que en las fotos, cosa que no sucede demasiado en la vida real. Cuando nuestros ojos se encontraron, en la cara de ambos se dibujó una sonrisa, y mis nervios dejaron de existir. Nos acercamos lentamente y, cuando estuvimos pegados el uno al otro, nos dimos el beso que veníamos esperando hacía mucho tiempo, y fue un beso despacio, saboreando todo lo que pudiésemos saborear, sin importarnos el murmullo de gente que había a nuestro alrededor. Me miró a los ojos y me dijo — bienvenida.

— Tengo planeado este finde para estar con vos —me dijo. Mi avión salía el lunes a las 9 de la mañana para Mendoza, así que yo también había planeado lo mismo.

Después de visitar un museo, fuimos a almorzar. Comimos una milanesa a la napolitana, que acompañamos con una cerveza. —Mañana te voy a llevar al Delta —me dijo. Después de almorzar me miró —ahora te voy a llevar a mi depto —Nos tomamos nuevamente un subte, y, después de hacer combinaciones y contarme que ese departamento lo había comprado hacía un tiempo, llegamos.

Octavo piso, departamento tres. No me voy a olvidar. Abrió la puerta, y dejé mis cosas arriba de una pequeña mesa que tenía en la entrada. Los grandes ventanales del departamento tenían como fondo al Río de la Plata. Se me acercó por detrás y me empezó a besar el cuello, despacio, encendiendo un fuego que demoraría en apagarse. Dejé caer mi campera al piso, me di vuelta y lo empecé a besar yo también, primero el cuello y, como dibujando un camino, después en su boca, cuyos labios mordí suavemente. Ese fue el disparador, me agarró de la mano, y me llevó a la única habitación que tenía el departamento y me sacó el sweater, dejándome solo con el pantalón y el corpiño. Yo le metí la mano por abajo del bóxer y noté una erección latente, yo por mi parte ya me había mojado.

Nos recostamos en la cama, nos fuimos sacando la ropa el uno al otro, y, sin preguntar, se hundió en mi entrepierna y me dio el mejor sexo oral que había tenido en mucho tiempo. Lo deseé tanto, lo disfrute tanto, que el primer orgasmo no se hizo esperar mucho, y le acabé en la boca. —Como más me gusta —me contestó, al saborear aquel líquido. Después él se recostó boca arriba en la cama, y yo sin pensarlo mucho, me le subí arriba y lo cabalgué. El segundo orgasmo llegó a la vez que el suyo, y, ya cansados del éxtasis mutuo, nos echamos a dormir desnudos, abrazados el uno al otro.

Cuándo nos despertamos ya el sol había bajado sobre la ciudad. Me dio un beso en la boca suavemente, se sentó sobre la cama, se puso el boxer y una remera manga corta, y me dijo —vos no te imaginas todo lo que planeé este momento, y fue mucho mejor de lo que lo esperaba, porque fue real —yo sonreí, hacía mucho tiempo que no era así de feliz, el pasado ya había pasado, el futuro aún no había llegado, y en este presente estaba bien, tranquila, y a su lado.

Continuará…

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