La ninfómana y los cavernícolas

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Ella es el ornamento de su sexo.
Charles Dickens

El mar era inconmensurable y el barco en su vientre era porfiado, se peleaba con la espuma de las olas, se negaba a sumergirse en las profundidades. Se llamaba “Flor de Saigón”, era un navío viejo, de madera podrida a punto de colapsar, con el naufragio latente en cada movimiento de la marea. Sus velámenes estaban rasgados, eran inútiles, aunque no había viento del cual aprovecharse; estaban en la calma chicha de un océano de gelatina.

La tripulación del “Flor de Saigón” constaba de unos marineros fantasmas que no tenían ganas de trabajar y que siempre estaban sedientos por beber aguardiente, pero no podían por ser incorpóreos. El capitán era el único ser vivo de la dotación, siempre estaba ebrio y llorando por una mujer que nunca existió, pero que para él era tan real como las nubes rojas y verdes sobre su cabeza.

El “Flor de Saigón” sólo llevaba un pasajero. Se llamaba Irene Fuentes, era una persona callada, serena y con la entrepierna a flor de piel; flaca, de huesos débiles y un pelo negro que le caía hasta la cintura como una catarata de algas. Había subido al “Flor de Saigón” en el puerto de Funchai, en Portugal, para navegar hasta Sudamérica. En la aduana alegó que el motivo de su viaje era ir a reclamar la parte de El dorado que le correspondía, a las claras era una excusa la causa de su travesía. Aunque en realidad lo que estaba buscando eran nuevos horizontes amatorios, lugares vírgenes para las apetencias incontrolables de su sexo devorador de otros sexos, cualquiera fuese su forma, su contenido y sus intenciones.
Irene Fuentes había viajado tanto que no se acordaba de dónde venía ni de su lengua de origen. Recorrió toda Europa en tren, parando en cada poblado y haciendo el amor con la mayor cantidad de hombres posibles, que estuviesen dispuestos a desagotar sus fluidos sin un interés por un compromiso vacuo disfrazado de sentimientos.

Un día, Irene vio a la tripulación del “Flor de Saigón” un tanto agitada, tuvo que recurrir a la Ouija para peguntarles qué les acontecía. Después de varios intentos fallidos al fin se pudo conectar, pero la comunicación era muy débil en la tabla de los espíritus, sobretodo en las vocales. Al fin pudo lograr una conversación gutural, basada en muchos sies, pocos noes y algún que otro tal vez.

Su interlocutor era un marinero griego, nacido en El Pireo hacía casi doscientos años y que había muerto de escorbuto y de la fiebre del Amor en las Antillas Holandesas. Después de fallecido, siendo un espectro hecho y derecho, se embarcó en ese buque que siempre estaba a punto de hundirse. El espectro le contó que estaban cerca de una isla maldita, que era el terror de los navegantes; toda la tripulación quería evitar pasar cerca de las costas del lugar, pero un designio oscuro se manifestó.

El “Flor de Saigón” encalló contra un atolón invisible. Una grieta cerca de la quilla hizo que el agua entrase sin permiso y a raudales. El barco se hundió de golpe, fue tan así que el capitán no tuvo tiempo de atarse al timón para hundirse dignamente con su nave. Quedó flotando entre los despojos, sin saber qué había pasado. Pensó que, quizás, el mundo se había dado vuelta y las aguas habían tomado el cielo. Entonces murió ahogado.

Los marineros fantasmas no se podían ahogar, ni nadar, ni ser comidos por los tiburones o atraídos por el canto de Parténope y el resto de las sirenas, así que quedaron a la deriva durante siglos. Por su parte, Irene Fuentes se aferró a una tabla salvadora que la llevó a tierra firme, muy dulcemente, sin vértigos de corrientes marinas desbocadas.

Irene Fuentes tragó un poco de agua y su salobridad la hizo vomitar un líquido ambarino que parecía oro transparente. Irene se desmayó mientras el sol la acariciaba y la espuma de las olas le hacía cosquillas en sus pies bellamente desnudos. Había arribado a la isla tan temida por los marineros fantasmas.

El hundimiento del barco no pasó desapercibido para los nativos, quienes sigilosamente se acercaron y observaron al cuerpo latiendo sobre la arena. Eran cavernícolas que escaparon de la evolución y se quedaron en un estado primitivo, viviendo en la burbuja social que les brindaba la isla y su fama maldita. Los naturales del lugar se distinguían por ser hombres fuertes de una resistencia física bestial. No quedaban mujeres en la isla, todas perecieron por los embates desproporcionados de los machos siempre en celo, a toda hora, en todo momento. Las féminas fueron pereciendo de a poco, por el cansancio, por las infecciones, por la lujuria desmedida. Hasta que no quedó ninguna. Los sobrevivientes masculinos se dedicaron a satisfacerse entre ellos, pero no les era suficiente, algo no les gustaba.

La entrepierna de Irene se despertó antes que ella, mojada, pulsando, deseando. Los recién llegados se acercaron ansiosos. Ella abrió sus piernas en una clara invitación.

Su clítoris gritó.

Los hombres de las cavernas se turnaron durante días, pero Irene no se cansaba, todo lo contrario, mientras más pasaba el tiempo más ansias sentía, más experiencia adquiría y más posiciones amatorias ideaba. Los falos enormes llenaban su vulva y su ano y su boca; litros de esperma corrían por su cuerpo en todo momento. Ella no menguaba en sus intenciones de tenerlo todo, por el contrario, se sumergía más y más en la vorágine de sexo.

Los cuerpos musculosos de los cavernícolas comenzaban a ceder ante la insaciabilidad de Irene Fuentes, los enormes y peludos seres iban cayendo agotados frente a la explosión de flujo de ella. Fueron cayendo uno a uno, con las articulaciones rotas y el orgullo menoscabado. Entonces, el último que quedaba en pie, intentó penetrarla hasta matarla, para ultimar a esa hembra a la que nada consumía. Por horas entró y salió de la vagina de Irene con su pene dolorosamente erguido, pero éste fue perdiendo su dureza para convertirse en un amasijo de carne laxo, ante la risa de Irene.

Se hizo el silencio, y la selva que poblaba la isla volvió a ser la reina de los sonidos.

Todos los cavernícolas estaban sumidos en un sueño cuasi eterno, o casi todos. El macho Alfa estaba por llegar.

Su inmenso sexo se anticipó a su llegada, a la magnitud exagerada de sus pasos. Era un ente gigante, más de dos metros; con más vello corporal que ideas. Ella estaba pringosa de semen, sudor y deseo, pero no estaba cansada, su cuerpo estaba tenso, su sexo estaba dispuesto.

El recién llegado no perdió el tiempo y la tomó por detrás, sin mediar más que un gruñido; el falo del Alfa era descomunal, más grande que el de sus congéneres, pero a Irene Fuentes solo le pareció una caricia. Por horas la sostuvo contra su miembro, bien profundo, hasta que el Alfa comenzó a dar muestras de agotamiento, jadeaba y sus movimientos perdieron la cadencia feroz para transformarse en convulsiones. Hasta que cayó al suelo, sin sentido.

Irene estaba en un paroxismo de lujuria y comenzó a masturbarse. Lo hizo por horas hasta que lentamente cayó en un sopor parecido al sueño.

El Alfa despertó, no podía más, no quería más. La miró mientras ella levitaba a centímetros del suelo. Sin poder comprender el concepto del sentimiento que nacía la besó en la boca, la mujer, sin pensarlo, le respondió tímidamente y respirando quedo.

Fue el primer beso que dieron en toda su vida.

Ella se sintió bajo un tsunami de flores amarillas, sus párpados se levantaron y sus ojos miraron las cosas de una forma nueva, el status quo de sus apetencias había cambiado.

Se quedaron observándose, sin parpadear, hasta que bien entrada la noche cerraron los ojos. Él durmió, ella se quedó en éxtasis.

Los ronquidos del Alfa llenaban el lugar, pero eso no la incomodaba, en cambio la sumergían en una pleamar mágica y misteriosa pero certera

Por primera vez en años su sexo estaba en paz, acarició la gigantesca mano que la tomaba de la cintura y en una epifanía absoluta supo lo que era el amor.

Irene Fuentes sonrió y su rostro se llenó de luz.

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