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Nocturnos

No sé cómo me pude aguantar tanto tiempo. Siempre he sido de fantasear mucho y Pablo estaba en mis mejores fantasías. Ya llevábamos cinco años trabajando en la empresa, él era el jefe de logística y yo era la encargada de compras de un transporte internacional con sede en Mendoza. No hubo nunca una insinuación más que de trabajo, sin embargo por las noches a solas en mi habitación, me daba a mí misma los mejores orgasmos, imaginándonos desnudos en la cama de un hotel. O también en el depósito de la empresa, donde había un sofá cama que nadie usaba.

Pablo tiene mi edad, y una belleza que se me hacía irresistible. De gran contextura, morocho, de ojos oscuros al igual que los míos, con una larga barba pelirroja y prolijamente arreglada, y un tatuaje en el pecho que se le asomaba por el primer botón sin prender de la camisa.

Por nuestros puestos en la empresa, no era raro que nos quedásemos trabajando hasta tarde. Su oficina estaba enfrente de la mía. Fuera del horario normal, pasadas las ocho de la noche, éramos pocos los que algunos días seguíamos con trabajo.

Siempre he creído que las mejores cosas se dan de noche, quizá porque nos animamos a hacer cosas que de día jamás haríamos.

Recuerdo que ya eran casi las once de la noche de aquel viernes de enero, tan cercano al año viejo que aún me confundía con las fechas y escribía el año anterior. Cuando le di “apagar” a mi computadora, alcé la vista hacia la oficina vidriada de Pablo y lo vi, tecleaba frente a la pantalla. Me pareció más irresistible que de costumbre, pero ya se había hecho muy tarde y deseaba irme a mi casa.

Cerré la puerta de mi oficina y cuando me dirigía a la salida, oí su voz.

—¿Acaso no me vas a decir chau? —me gritó

—Perdoname. Te vi tan concentrado que no quise molestarte —le dije volviendo sobre mis pasos.

—Vos nunca me podrías molestar, ni siquiera queriendo —me respondió, y en ese momento se levantó de su escritorio, vino hacia donde yo estaba y se me puso muy cerca. Tan cerca, que podía sentir su respiración.

—Bueno, eh, te dejo, me tengo que ir, ya es muy tarde —alcancé a decirle, antes de que, sin aviso, me diese un beso en la boca. Beso que, al principio rechacé, pero después disfruté con ganas.

Estaba mal, no porque no quisiéramos ese beso, sino porque Pablo era casado. No tenía hijos, pero eso no hacía que la relación fuese menos importante.

—Pablo, no, no da —le dije.

—Lo que no da es aguantarnos estas ganas monstruosas de comernos enteros. ¿Te crees que no me doy cuenta? Preciosa, los dos nos comemos con la mirada. Probemos comernos de verdad —me dijo, y agarró con sus dientes mi labio inferior y lo mordió hasta el límite del dolor, pero su sentir fue dulce, a la vez que metía su mano derecha por debajo de mi pantalón y hundía suavemente sus dedos en mi sexo.

«Dios. A los dos nos pasa lo mismo», pensé para mis adentros, mientras que me masturbaba de una forma casi como si todo el tiempo hubiese sabido cómo hacerlo.

—No podemos seguir acá —le dije entre gemidos.

—Vamos al depósito —me susurró Pablo.

Siempre tuve la curiosidad de saber porqué en un depósito había un sofá cama, pero ahora pensaba en lo útil que era que estuviese ahí, disponible para nosotros sin que nadie nos observase. Pablo sacó una llave del primer cajón de su escritorio, con un llavero que decía “depósito A”. Me besó nuevamente, me tomó de la mano y me condujo por los pasillos hacia el depósito.

Apenas abrió la puerta del escritorio, le rodeé el cuello, y empecé a besarlo y a morderlo suavemente, de la manera en que tantas veces había imaginado morder su piel, a la vez que nos incendiábamos de pasión con cada caricia que nos propiciábamos. Él respondía a esas mordidas con pasión, besando y mordiéndome los labios, hasta que me sacó la camisa y yo le saqué la suya, y ahí estaba en todo su esplendor el tatuaje. Era un ciervo en blanco y negro con una cornamenta enorme, que llegaba incluso hasta a sus hombros.

Me desprendió el corpiño y me tiró encima del sofá, y sin preguntar, me sacó el pantalón, la bombacha y metió su cabeza de lleno en mi entrepierna, saboreando con su lengua y sus dedos a la vez, todo lo que pudiese saborear. Tenía el tacto de un profesional en la materia, yo me estremecía, pero él no paró hasta darme el primer orgasmo.

Yo quise que él sintiese el mismo placer que el mío, y metí mi mano por debajo del bóxer que tenía, solo para sentir aquella erección creciente. Sin pensarlo demasiado le bajé el pantalón, saqué su miembro y me lo metí de lleno en la boca.

Después de la felación, me miró a la cara, los dos sabíamos qué iba a pasar a continuación. Se acostó en la cama, se puso un preservativo, y me dijo «haceme tuyo».

No lo dudé, me subí arriba suyo y lo cabalgué como si hubiese estado esperando aquello durante muchísimo tiempo, cosa que era cierta. Aquellas masturbaciones nocturnas pensando en él, tantas veces que lo veía en el escritorio trabajando, todo todo, lo había deseado con muchísima intensidad.

Casi acabamos los dos al mismo tiempo, primero yo, y a los segundos él. Cuando sentí su placer me bajé y me recosté a su lado. Estábamos los dos desnudos y transpirados, pese a que el ventilador de techo estaba prendido.

—¿Deseábamos esto hace mucho tiempo, no? —Me animé a preguntarle.

—Sí. Y fui un tonto en no animarme antes —Me respondió.

—No quiero que esto sea algo de una sola vez.

—No lo será. Pero tengo que decirte que esto se quedará solamente entre las sábanas, los dos sabemos que no puede ir más allá —me dijo, hasta con incluso un dejo de tristeza.

—Sí, te entiendo. Lo resolveremos seguramente —le dije, y justo en ese momento envidié muchísimo a su mujer, a quien había visto una o dos veces en la fiesta de fin de año de la empresa. “Que suerte tener un hombre así» pensé para mis adentros.

Nos besamos apasionadamente, para darle fin al encuentro, y nos vestimos. Cuando salimos del depósito y cerramos la puerta con llave, los dos automáticamente pasamos a ser compañeros del trabajo, y nada más. Ambos sabíamos que eso no terminaba ahí, sino que sería el comienzo de un torbellino de pasión en el que yo, gustosa, entraría con él.

Continuará…

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