Mi fogosa fiesta de fin de año de la empresa

El amor y la pasión son sensaciones que pueden llevar décadas en ser encontrados por un alma. Sin embargo, hay veces en las que se encuentran en un solo momento. De un golpe y de un flechazo, casi como que te deja helado y con la sensación de que los relojes del mundo pararon y sus agujas apuntan hacia los dos.

Su mirada, que era inocente y penetrante al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de que, a pesar de haberla visto todos los días desde que estaba en ese lugar, la conexión de sus ojos con los míos en la antesala de un beso son aquellas sensaciones que un hombre debe sentir alguna vez en la vida. Ese día estaba particularmente distinguida, se destacaba sobre el resto, con un vestido rosado sutil, pero que acentuaba sus atributos más sexys. En esa fiesta hacía parecer que todas las luces del lugar apuntaban hacia ella.

Ese intercambio de miradas fue lo que precedió a un momento en el cual las miles de personas que estaban alrededor se callaron, y sin darse cuenta estaban siendo partícipes de un encuentro de almas, que fue concretado por el contacto de los labios. Al sentir sus labios, tan dulces que hacía imposible despegarse, mi cuerpo comenzó a tener una sensación de que ese momento debía, e iba a continuar.

Fue un beso de aquellos en los que a pesar de que solo participan la boca y los labios, se sentía como que participaba todo el cuerpo, con leves caricias en los rostros, toques de una pierna con otra y en la que cada músculo del cuerpo respiraba ese beso.

En un viaje de Uber, de algunos minutos, que parecieron eternidad en un coche, fue cuando los dos cuerpos comenzaron a conocerse mejor. Una leve caricia mía por su vagina, mezclada entre el abrazo y los besos, con la simpática complicidad del chofer que ignoraba nuestro momento, o al menos eso creíamos. Ella lanzó su primer suspiro, ese que dio en mi oreja, junto con un beso que me dejó paralizado y excitado, que levemente supo sentir, congeniando conmigo en una sonrisa pícara y atrevida, de que a los dos se nos avecinaba una noche de placer.

Llegado un momento, entre las caricias y los besos, nuestros cuerpos estaban con un escalofrío tan fuerte, que llegué a sentir que le pasaba a ella mi calor, y luego, con su lengua tocándose con la mía me lo devolvía con más fuerza. Cuando parecía que el encuentro estaba en su punto culmine, llegó el momento de bajar del coche e ir hasta mi departamento, donde tal cual película de Hollywood, nos besamos en la puerta, continuamos en el ascensor, hasta finalmente llegar al momento de encontrarnos en mi cuarto, con la cama esperando para ser protagonista.

Sutileza, esa es la palabra con la cual se puede describir al momento que siguió, mientras servía una copa de vino, con un blues de fondo, ella se desvestía lentamente y percibía cómo su sostén concentraba mi atención. Ella, consciente del poder que tenía sobre mí en ese momento me hizo sentarme en una silla mientras se movía lentamente, tomaba de mi copa de vino y me daba besos por el cuello, sin dejarme tocarla, ella esperó y esperó para que fuera un momento de por vez para cada uno.

Brindamos. Brindamos por lo que nos esperaba, por el sexo y el placer que nos estábamos dando y queríamos continuar dando y recibiendo. Esa mujer llegó a hacerme sentir, sin un mínimo de contacto sexual todavía, sensaciones orgásmicas para mi cuerpo, como ninguna otra pudo hacerlo.

Llegó mi momento, luego de un intenso beso, de aquellos donde llegamos a pensar que estamos sordos, porque los únicos sentidos que nos funcionan son el sensorial y el gustativo, es que comencé a besarle el cuerpo. Sentí que recuperé la audición por sus leves gemidos de placer, desde que empecé a besarle los pies, luego cada una de las piernas, mientras levemente tocaba en uno de sus pechos, de a uno por vez, pues tenían una perfección y una atracción que podrían dejar a un ejército totalmente paralizado.

Subí y la besé, besé sus suaves labios, los cuales tenían un gusto como si fuera un manjar de los dioses, para luego sentir el aroma de su cuello, con su perfume francés, de aquellos que se pueden sentir a metros y nos hacen recordar a momento inolvidables. Desde ese momento ese perfume me recuerda a ella y a esa noche.

Su cuello era su debilidad y ya mientras intercambiaba un lado y otro del cuello, nos terminamos de desvestir, hasta quedarnos completamente desnudos, sin sentir calor ni frio, el clima era perfecto para los dos en ese momento. Pude sentir el calor de sus pechos con mis labios, era de lo más lindo que un hombre podía ver, la femineidad en su máxima expresión acostada en mi cama.

Continué, pues aún quedaban muchos centímetros de piel para ser besados y quería contemplarlos y admirarlos a todos. Lentamente pasé por su panza y su ombligo, llegando hasta su parte más íntima, los labios que ya desplegaban un poco de líquido de placer por todo el momento previo que teníamos. Miré y luego la contemplé desde abajo, ella me miraba, ansiosa, expectante y se mordía la boca.

Comencé con leves caricias con los dedos, intercalando con suaves toques de lengua y la besé en su clítoris, junto con mis dedos levemente conociendo su piel interna. Fueron algunos minutos, unos 10, o tal vez 50, no consigo saberlo ahora, pero sé que mi lengua no sintió tal gusto nunca parecido. Era la lengua, los labios, los dedos, yo mismo sintiendo todo en ese momento y la mano de ella sobre mi pelo.

A pesar de lo mágico del momento, ella quiso parar, busqué un preservativo, pero ella me dijo que no, que lo usáramos al final, que quería sentir nuestra piel tocándose por dentro.

Subí arriba de ella y la abracé por la cabeza, casi sin darnos cuenta estaba en la mejor posición y la penetré. Fue un segundo, incluso menos, pero supimos que lo mejor estaba por comenzar. Entre leves movimientos y jadeos estuvimos compenetrando en el sexo, ella subió encima de mí, intercalamos besos con contemplaciones, sin en ningún momento parar de sentirnos uno adentro del otro.

Comenzamos por la cama, pero nuestras ganas eran de conocer todo el departamento, en una especie de tour orgásmico, en el cual estuvimos en el sillón de la sala, en la cocina, en el baño y hasta nos animamos a besarnos en el balcón, sin tener miedo de las miradas de las estrellas sobre nosotros.

Fue en el sillón nuevamente, donde nos encontramos en esa mezcla de cansancio, con ganas de dejar una parte nuestra en el otro, tomamos la precaución y nos miramos, ya dispuestos a sentir un orgasmo, simultáneo. Ella comenzó, la seguí y fue como si toda la vida se hubiera terminado en ese mismo momento, sin ningún misterio, simplemente con la sensación de haber encontrado la respuesta a la palabra pasión.

Escrito por FC para la sección:

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