¡Busco a mi hermana de leche!

Existen dos meses en el calendario mendocino que representan el inicio de una nueva etapa. Uno es Enero con el “Año Nuevo”, y “si pasás Agosto, vivís un año más”, según reza el epitafio que tiene al viento Zonda por victimario, en segundo lugar.

Ambos meses fueron (y son) de los niños y las niñas. Por lo que, dos veces al año ligabas un juguete o por lo menos tus viejos no te llamaban la atención si los fastidiabas. En mi caso, mi papá nació un 25 de enero y mi mamá un 26 de agosto, doblemente especial.

Cabe aclarar, que la conmemoración del “Día de los Reyes Magos” es más antigua que la del “Día del Niño” en la provincia de Mendoza:

– En la sesión del Cabildo del 7 de enero de 1786, sus autoridades disponen se resuelvan las causas que están sin pena, luego del receso impuesto entre Pascua de Navidad y Reyes. (Fuente: Archivo General de la Provincia de Mendoza, Carpeta 17, Documento 1, Foja 5)

– Según el Archivo Digital del Diario Los Andes, la primera referencia al “Día del Niño” es del 23 de diciembre de 1911, cuando la sociedad mendocina consagra a esa fecha como el “Día del Niño Desvalido”. Más tarde, con el título: “Será conmemorado el Día del Niño en esta Capital”, se anuncia un corso a realizarse el 29 de setiembre de 1929 en la Avenida Sarmiento entre Paso de los Andes y Tiburcio Benegas. Después, por iniciativa del Departamento de Centros Maternos del Ministerio de Asistencia provincial, se instituía el “Día del Niño Sano” a partir del 29 de setiembre de 1957, con un examen médico a los peques todos los jueves a modo de prevención.

Pero, hubo que esperar hasta el domingo 7 de agosto de 1960 y con el título: “POR PRIMERA VEZ SE CELEBRA HOY EN LA PROVINCIA EL DÍA DEL NIÑO” y en todo el país por iniciativa de empresarios del juguete, a los festejos tal como lo conocemos hoy.

Entre los años 1961 a 1964 el “Día del Niño” se consolidó como una sana costumbre y al hábito de obsequiar un regalo en una tradición, al igual que lo era en el “Día de los Reyes Magos”; aunque, en ambos casos, no se extendían más allá del día en cuestión.

Al año siguiente, en su edición del sábado 31 de julio, el Diario Los Andes publicaba en su página 6: “MAÑANA SE LLEVARÁN A CABO EN TODA LA PROVINCIA LOS ACTOS DEL DÍA DEL NIÑO” y se realizarán los festejos centrales de la celebración de la “SEMANA DEL NIÑO”.

En ese último día del mes de julio del año 1965 y según mi acta de nacimiento, vine al mundo yo. Aunque no existe registro documental del porqué se extendieron a tantos días los actos y sabedor de ese lapsus en nuestra historia, me hice acreedor de esa semana a modo de homenaje. O sea…

¡Nací YO y se decretaron siete días de festejos!

¿Vas entendiendo?…

En Mendoza era un semidiós, era el Hunuc Huar de los Huarpes. Era más que el general José de San Martín, al que había degradado a soldado raso. Era la partícula de Dios o el bosón de Higgs, era el mismísimo Big Bang cuyano. Mis compañeros de primaria se la creyeron y me honraban. Mis compañeras de secundaria esperaban esa semana y se divertían con mis ocurrencias.

En resumen, era el único recién nacido en la historia de Mendoza que había sido agasajado con una semana de homenajes; sólo superado por el niño Jesús y las dos semanas antes de la llegada de los Reyes Magos a Belén.

La Gordi, mi mamá, siempre me cuenta de esa semana y mis primeros días en este mundo. Sus neuronas cansadas por tantos Agostos vividos, hacen un esfuerzo superlativo por recordar y no olvida detalle. El domingo por la tarde es la cita obligada -el mate nos une- tres de yerba por una de azúcar, una vez y otra vez; luego, aparece en escena su majestad el termo, más un séquito de “pepas” con cobertura de batata o membrillo, un clásico. Y siempre el mismo tema, aquel tema:

Papá + Mamá = Yo

La humanidad se maravillaba con E=MC2 de Einstein, yo sorprendía a Albert con una simple fórmula que demostraba los principios más básicos de su propia existencia. Ahora, debía recrear mi propia existencia y regresar a aquel momento de intimidad entre papá y mamá.

Tenía una cita con el pasado, mi objetivo: volver al antes de mi y previo a ser yo. En ese viaje imaginario debía enfrentarme a un gaucho de las pampas en una payada, al guapo del 900 en un duelo con cuchillo en una tanguería, a las patadas con Daniel San en Karate Kid y a la grulla del Señor Miyagi en yunta con la diabólica viola de Steve Vai en una Encrucijada.

Para defenderme de ellos, necesitaba al más grande pensador de todos los tiempos que me ayudaría a demostrar que el presente no existe, como única alternativa posible para regresar sano y salvo a mi pasado:

-El tiempo tiene una extraña forma de ser, porque una parte de él ya ha sido y no es, mientras que otra parte aún no ha sido y está por ser. -dijo Aristóteles.

-No hay presente si hay un pasado y un futuro; el tiempo del hoy es del ayer y el tiempo del mañana será del ayer a partir del hoy. -dije yo.

¡Noviembre del año 1964!

Previamente, había recorrido treinta Eneros en el ADN del Pi, mi papá, y la mitad de ellos como un movedizo embrión; aunque once años después Dios se lo llevó.

Papá + Yo = Yo + Mamá

Es decir, debía salir de mi papá y entrar en mi mamá…

¡Agarrate Rocío, Agarrate Catalina!

No era un número irracional, sino un teorema que Pitágoras con su papá y su mamá no pudieron resolver, por lo que tuve que resolverlo yo con el Pi y la Gordi por él:

“El lapso de tiempo que hay entre la existencia y la eternidad, se llama vida; comienza después del primer instante del… amor y acaba… con el último aliento y junto a Dios.”

¡Listo, salí y entré!

Estoy en el camino en busca de mi destino, somos muchos, tantos como infinito menos uno, es una carrera contra reloj y con un sólo objetivo: sobrevivir para tener una oportunidad de vivir.

Soy el elegido… soy el “alfa” y no la “omega”, soy el “uno” y no la “zeta”; nobleza obliga, corresponde despedirme de Rocío, Catalina y los que quedaron detrás:

“La mayor virtud del ser humano es el sacrificio, el peor defecto es no valorar el sacrificio de los demás.”

¡Comienzo a crecer!

Me muevo para un lado y para el otro, flexiono las piernas o las estiro y pateo un gol, duermo y sueño, despierto y juego. En algún lugar de Mendoza una escena similar, un calco exacto a la nuestra; se está gestando una niña, la bebé, una nueva vida.

¡Estoy apurado, quiero conocerla!

Un par de días antes del gran día, mi día, arribamos al nosocomio. El escenario: el viejo y querido Hospital Emilio Civit -hoy Parque de las Ciencias (Eureka)- en el Parque General San Martín de la Capital mendocina.

En la sala, dos camas y dos cunas, en una de ellas la Gordi y yo en la panza. Luego, ingresa una mamá (linda y de cabello negro, no sé más) y la bebé en su panza.

¡Ya es hora, es mi hora!

De la cama a la camilla, por cada luz que alumbra el pasillo le sigue un desgarrador grito de dolor, llegamos a la sala de parto, nos preparan, comienza el alumbramiento:

-Busca tu lugar en el mundo, siempre hay dónde ir; el camino no es fácil, caminar por él es difícil; si te cansas descansas, si sigues no te desanimes; en cada paso deja tu huella para que perdure en el recuerdo y no la borre el olvido. -dijo la panza de la Gordi, después de nueve meses de gestación y a modo de despedida.

¡Al fin, ya nací!

Sábado, dos y cuarto de la tarde. Un joven Doctor el primer ser humano que vi, las primeras manos que me sostuvieron; no recuerdo su rostro, pero sé que su voz -anunciando a un varón- deambula en algún rincón de mi corazón.

Después a la sala, nada de Gordi y a la cuna de una.

¡Ya es hora, es hora de la bebé!

La Mamá de la cama a la camilla, el mismo pasillo, el mismo dolor y el mismo Doctor, llegan a la sala de parto, las preparan, comienza el alumbramiento:

-Abre tus ojos y camina hasta el final, llega hasta donde más puedas y lucha hasta no dar más; no pierdas la esperanza y no dudes en ayudar; sé ejemplo para algunos y guía para los demás; pelea contra la adversidad y no retrocedas jamás; no creas que no eres nadie y convencete que alguien serás; que al final del camino tu luz por siempre y para siempre brillará. -dijo la panza de la Mamá, después de nueve meses de gestación y a modo de despedida.

¡Al fin, ya nació la bebé!

Hora de comer… mi primer alimento y el de ella también. Nuestras madres con pecho en mano y prestas a darnos la primera teta. La bebé comienza a llorar, sólo atiné a balbucear y no logro hacerme escuchar… ¿por qué no me entienden, por qué no la atienden?… ella sufre, yo también. A su mamá no le baja leche, sí infinita cantidad de lágrimas.

¡Bingo y cartón lleno!

Ingresó la enfermera de Neo, tomó suavemente a la bebé y la apoyó delicadamente sobre la Gordi. Se puso bien, no lloró más, me puse bien. Cientos, miles y millones de años de evolución resumidos en uno, dos y tres días de nuestra breve e ínfima existencia. Nos miramos fijamente a los ojos y compartimos la misma leche materna, estuvimos a una teta de distancia.

¡Cuarto día, nos dieron el alta!

Ellos se quedaron. Nuestras madres en la sala se fundieron en un fuerte abrazo, nuestros padres en el pasillo estrecharon sus manos y en un pacto de caballeros dijeron: “ojalá algún día se encuentren otra vez” pero, nunca más nos volvimos a ver.

Pasaron cincuenta y cuatro “Día del Niño”. Escribí una carta con un pedido y la coloqué junto a mis zapatos, cargué un recipiente con agua y junté un puñado de pasto. Puse un papel en blanco en mi máquina de escribir y pensé en el título de mi próximo relato…

¡Encontré a mi hermana de leche!

Serías el mejor obsequio en el “Día de los Reyes Magos”.

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