Crónicas de amor a la mendocina: el día del estudiante y los guanacos

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La semana pasada, cuando nos estaban liberando del encierro y el famoso caso 98 todavía no había arruinado los planes de todos, hablamos de un campamento frustrado en Tupungato. Y de cómo si hubiera sabido cómo sería mi día del estudiante del año siguiente, habría estado dispuesta a cambiar lugares con mi amiga. Sí, esa que fue encontrada con las manos en la masa por sus escandalizados padres (bueno, todavía no tenía las manos en la masa exactamente, pero hacia allá avanzaban los acontecimientos).

Resulta que la madrugada del 22 de septiembre de 2008 sucedieron dos cosas memorables: a la sobrina de mi tío le pegaron un tiro en la cabeza cuando cazaba guanacos, y yo conocí lo que es estar internada en terapia intensiva, luego de que alguien le tirara una piedra al taxi en el que volvía de uno de los boliches de Chacras (¡ven! al final era más seguro ir de campamento al Carrizal, tomen nota) con tanta fuerza y sobre todo con tan buena puntería que no sólo rompieron el vidrio de la ventana, sino que también me fisuraron el cráneo y me entró aire al cerebro.

Lógicamente, dado que siempre me ha preocupado parecer tonta (mucho más que efectivamente serlo), mientras iba en la ambulancia al hospital practicaba tablas de multiplicación para asegurarme de que la mente todavía funcionaba. Aunque debo admitir que me quedé en la tabla del 3, si hubiera intentado con la del 7 me hubiera estresado demasiado. (Honestamente, ¿Alguien sabe, de manera automática, incluso sin dolor punzante de cabeza ni sangre saliendo del oído, cuánto es 7×8?).

Lo peor de la terapia intensiva, es que no sabés si es de día o no. En parte porque no hay ventanas y la luz está siempre prendida. Además, uno siempre está pseudo-dormitando con tantos analgésicos. Y en parte también el tiempo se percibe distinto porque de noche es muy difícil descansar con todos los ruidos de los aparatos y las agujas de los sueros en los brazos. Además, en verdad si estás ahí generalmente te sentís bastante mal y todo es incómodo. Yo juraba que era culpa de la almohada. Jodí a toda la familia para que me trajeran la mía lo antes posible. Como era de esperarse, cuando lo lograron no sirvió de nada. Pero una se pone irracional cuando no puede controlar nada de lo que le sucede.

Por otra parte, lo bueno de la terapia intensiva es que si todo sale bien, te pueden quedar un par de buenas anécdotas para contar en el Mendolotudo. Y gracias a mi experiencia, tengo algunos consejos: en primer lugar, por ningún motivo dejar que tu tía casamentera te agarre el teléfono y le escriba al chico que conociste la noche anterior en el boliche para decirle que no vas a poder responderle los mensajes debido a que estás internada en terapia intensiva. Ese tipo de información suele ser un poco matapasiones en los momentos iniciales de cualquier tipo de relación. Por supuesto que el susodicho nunca más escribió. Ahora que lo pienso, debería estar en el top 10 de mejores formas de cortarle el rostro a alguien. Solo que esa vez no era mi intención.

En segundo lugar, tampoco es recomendable pedirle a tu hermana que le avise a tus amigos que no podrás juntarte a jugar al TEG. Porque te puede pasar como a mí, y que tengas una hermana menor tan directa que le escriba a tu mejor amigo: Sara no podrá juntarse hoy porque está en terapia intensiva. En ese caso por suerte el mensaje fue bien interpretado, a pesar de que era bastante extraño. El problema en verdad es que por más que pasen los años, el impacto de un SMS de esa naturaleza resulta indeleble, y será echado en cara en cada fiesta de cumpleaños (de disfraces, de comida tibetana o lo que sea) que festejes de ahí en adelante.

Otra cosa para evitar en estos casos (en lo posible) es que se reúna el ganado en el pasillo del hospital. Cuando una es joven y soltera puede pasar que chamulle con más de algún galán al mismo tiempo. Sobretodo si ya hay internet y celulares, y más si estás en el periodo de tu vida en que para olvidarte del primer ex psicópata, salís prácticamente con cualquiera que te invite a ir al cine o a tomar unos mates al parque. De algún modo, las noticias sobre hospitales vuelan. Sobretodo si hay parientes bienintencionadas que manejan tu celular. Y entonces yo tenía que dirigir desde mi cama de terapia intensiva las estrategias de mis amigas y hermanas para que atendieran a cada uno de los candidatos teniendo especial cuidado en que no hablaran entre sí. La verdad es que de todos modos el tema me distraía de la almohada de mierda.

Eventualmente, dado que los coágulos se reabsorbieron, pude volver a mi casa. Pero quedé con fuertes dolores de cabeza, que se potenciaban con sonidos fuertes o luces estridentes. Como si hicieran falta más pruebas para demostrar que Murphy tenía razón con sus leyes, mis nuevos vecinos justo tenían una fiesta la primera noche que dormí en mi cama, y se habían conseguido un par de parlantes dignos de El Santo. Debo admitir que por mucho que amo las fiestas de cumpleaños, tuve llamar a la policía para que cortaran el mambo. Nunca confesé que fui yo y ahora somos amigos. Espero, una vez más, que no me lean.

Pero el tema de volver a la normalidad es que todos vuelven antes que uno a sus rutinas clásicas. Las llamadas y las visitas se van espaciando, pero una sigue convaleciente. Durante más de un mes no pude leer ni ver televisión ni usar la computadora. Nunca he tejido tantas bufandas en mi vida (y eso que con la cuarentena llevo varias). Pero tuve algunas ideas geniales: soborné a mis amigas para que me incluyeran en los trabajos prácticos grupales de la facu a cambio de chocotortas y tinturas de dudable calidad, y aprendí a cocinar un par de recetas italianas.

Por suerte, algunos años después develamos el misterio: la confusión con la cacería de guanacos surgió porque mi accidente fue justo frente a La Guanaca. Se trató un típico caso de teléfono descompuesto. Lo que es yo, ahora digo con orgullo que soy una rubia con aire en la cabeza.

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