Historias improbables en Aviones

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El primer cuento que escribí en mi vida, era sobre dos amigas que se ganaban una beca para estudiar en Nueva York y tras un accidente aéreo debían sobrevivir en la selva brasilera. En algún lugar cerca de Manaos (la ciudad más aislada que encontramos en el Atlas con mi amiga y co-autora). Por entonces teníamos 10 años. Nuestras protagonistas, tras sobrevivir al accidente, tomaban el vuelo equivocado para volver y de algún modo se encontraban en Berlín buscando disfraces. Lógico, para conseguir trabajo de azafatas con el objetivo de volver a cruzar el Atlántico.

Esas cosas sólo pasan en historias que imaginan niñas prepúberes. Tanto como lo del sexo en el baño de los aviones sólo sucede en la imaginación de algunos adultos, donde los sanitarios son mucho más grandes y menos incómodos. Pero lo que sí puede pasar en la realidad es que pierdas vuelos, que debas pasar noches enteras en aeropuertos, o incluso que tengas que viajar con cabras en la cabina. Bueno, esto último le sucedió a un amigo, en un trayecto entre París y Ereván, la capital de Armenia. Yo le creo.

La última vez que me subí a un avión fue el 29 de febrero de 2020. Viajé con tapabocas pero no me hicieron firmar ningún papel sobre mi estado de salud ni me tomaron la fiebre, por suerte todavía no comenzaba la locura del COVID 19. Por otro lado, la primera vez que volé fue gracias a un vecino que le tenía ganas a mi madre. Era piloto y nos invitó a volar a La Rioja en un avión privado. Todo lo que recuerdo es el paquete de galletas Opera que llevé para el camino y las luces de Mendoza desde arriba.

Entre esos dos vuelos, ha sucedido de todo. Y ya que están cerradas las fronteras internacionales y las compañías aéreas están quebrando en todas partes, es un buen momento para recordar que volar no siempre es tan placentero. Sobretodo cuando estás a cargo de un grupo de 14 estudiantes en un viaje de estudios a Estados Unidos y no uno sino dos alumnos pierden el pasaje de vuelta. Con crisis de pánico y ambulancia en el aeropuerto incluida. Tampoco es placentero cuando Migraciones te pone problemas para entrar a Europa y todo lo que podés hacer antes de tomarte un avión que está a punto de despegar es dejarle a tu pareja un papel en el mesón de la puerta de embarque con un garabato de “nos vemos en Roma”, rezando porque consiga otro vuelo y no te corte por el abandono en la ciudad de los quesos.

Pero vamos por partes. Para poder subirte a un avión primero hay que poder salir de Mendoza. Hasta 2010 no era tan simple, menos si tenías ¡19 años! Necesitabas autorización escrita de tus padres para salir del país. A ver, podías votar, podías ir a la guerra, pero no podías viajar sin permiso. Yo tenía el bendito papel pero al oficial de migraciones no le gustó cómo estaba redactado, así que hubo que buscar a la escribana para que le explicara que mis padres sí me dejaban viajar. Obviamente, perdí el vuelo en el interín. Fue el primero y único que he perdido hasta ahora. Esa Ley se modificó. Ahora los chicos de 18 sí pueden salir sin permiso. Los de 17 no, aunque sí puedan votar al presidente. En fin.

Una vez que superás el umbral de la mayoría de edad, y si no sos de llegar tarde a todas partes, el principal riesgo que enfrentás a la hora de subirte a los aviones es el del alcance de nombre. Obvio que el peor de los escenarios es llamarte igual a algún narcotraficante y que te deriven al “cuarto pequeño” cuando estás entrando a EEUU. Pero también puede pasarte en Buenos Aires cuando estás esperando tu vuelo a Mendoza. Si tenés la mala suerte de tener un apellido común como “Silva” deberías chequear varias veces antes de atender al mensaje de “último llamado de embarque para pasajero Silva. Presentarse en la puerta 4, vuelo LAN422 con destino a Mendoza”. Sobretodo cuando tu pasaje es por Aerolíneas Argentinas. Sobretodo si te interesa que tu equipaje no vuele en otro avión. Y especialmente si querés evitarte la vergüenza de que te saque Seguridad de tu asiento cuando aparezca el Rodolfo Silva que sí viajaba en LAN. (Bueno, dado que la aerolínea chilena no volará más entre nuestra ciudad y la capital este último riesgo disminuye notablemente).

Lo bueno de haber viajado bastante y sobrevivido a todo tipo de situaciones estresantes es que puedo dar algunas recomendaciones. Por ejemplo: en general no pesan la valija de mano. Entonces, si has comprado muchos libros en el viaje, mejor ponerlos todos en la valija pequeña para no pagar sobrepeso en la grande. Podés meter hasta 32 kilos ahí (lo digo por experiencia propia). Pero en ese caso, es sumamente importante no colocar la valija megapesada en el compartimiento que está sobre tu asiento. Porque éstos soportan un peso máximo de 16 kgs según los carteles. Entonces, en caso de turbulencia se podrían abrir las puertitas. Como esas valijas no van identificadas con tu nombre, mejor ponérselas arriba de la cabeza a algún pasajero que te resulte particularmente desagradable. De última, si hay algún accidente, que sea positivo para el mundo.

Otro dato interesante es el de estar atento, cuando descendés del avión dejando atrás tu minúsculo asiento de clase turista, a los asientos de primera. Los que viajan ahí muchas veces no valoran los estuches que les dan con cremas y cepillos de dientes para pasar la noche, y ¡están buenísimos! Traen hasta medias. Podés agarrar disimuladamente el estuche despreciado y no solo te ahorrás de comprar shampoo y pasta de dientes, sino que hasta ganás una cartuchera. En la misma línea, y siempre que haya algún azafato más o menos rico, siempre es conveniente sonreir mucho y decir “gracias y por favor” cada vez que te dan un vaso de agua o te pasan un folleto. Podés conseguir que te sirvan un Coñac original en vaso de vidrio, de esos que están reservados para los “business”. Sólo tenés que esperar que pase el carrito que ofrece café después de la cena, y preguntar inocentemente si tienen algo de alcohol para ayudarte a dormir. Luego de que enumeran la lista, simplemente preguntar si no hay nada más. La estrategia siempre funciona, aunque no hayas sido Reina de la Vendimia.

Y el tercer consejo, y mejor de todos, es el de presentarte como voluntario para reprogramar el vuelo cuando éste ha sido sobrevendido. Sobretodo es una buena opción cuando has pasado toda la noche muerta de frío en el aeropuerto y no te queda plata ni para comprarte un café en el Dunkin Donuts de rigor. Te compensan con una noche en un hotel cuatro o cinco estrellas, con acceso al restaurant para servirte el mejor menú del viaje. Además, te regalan un voucher para hacer el mismo trayecto por 365 días. No conozco a nadie que haya aprovechado el viaje gratis, un año se pasa rápido. Pero esa noche en una cama caliente y sentir que le estás ganando un poquito al sistema no tienen precio. Y mucho mejor si lo podés compartir con una de tus personas favoritas en el mundo.

En fin. He tenido vuelos demorados en escalas de emergencia por que el tanque perdía combustible. Me han perdido el equipaje en el vuelo de ida y en el de vuelta. Me han dejado entrar a la cabina del piloto, y hasta he festejado el año nuevo brindando con una desconocida mientras los tripulantes de abordo nos repartían cotillón y silbatos (suele ser más barato volar el 31 de diciembre porque la gente prefiere brindar con su familia). También he pasado por 4 escalas para llegar a mi lugar de destino por ahorrarme algunos pesos, y he odiado a pilotos que conocí por Tinder. Pero a pesar de todo, lo cierto es que hay pocas cosas más lindas que ver a tu familia del otro lado de la puerta de vidrio cuando volvés a casa. Ojalá termine pronto la pandemia.

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