El alma blanca

Me levanté un tanto
asombrado, un tanto
confundido. El mundo
me pareció más
caótico de lo que en
realidad es.

Adrián Monetti

Todos en nuestras vidas hemos pasado por etapas adversas.

La mayoría nos acostamos por las noches, cerramos los ojos y hacemos un fugaz repaso de jornada, algunos hacen el resumen más minucioso y extenso, se ríen cuando recuerdan lo agradable y se enorgullecen con lo positivo, otros obviamente se amargan y preocupan cuando algo no salió como se pensaba.

Pero en general todos hemos tenido, afortunadamente, algo de qué arrepentirse o reflexionar, dije afortunadamente porque vamos a ver el lado positivo, de las malas experiencias aprendemos, nos maximizamos, para bien de nuestras personalidades.

Recuerdo que mi amigo el Negro, muchos años atrás, tuvo que naufragar por una etapa oscura y negativa, tan maligna que hasta  su propia voluntad quedó sumergida en un sitio tan sombrío que solo el mismo Satanás sabía que existía.

El Negro era joven, medianamente bien parecido y saludable,  le gustaba el deporte y  era dueño de una contextura física afortunada, obviamente sus problemas eran sólo de novias, dinero para divertirse y cosas insustanciales, pero tenía una doble cara, un matiz tenebroso y sombrío que  nunca reveló a sus amistades y que tuvo lugar en él un día maldito de noviembre. Fue una situación que sólo con ayuda del más allá podría salir. Se sentía como si una enorme campana se hubiera caído encima de él, que sonaba muy fuerte, que lo aturdía y que le era imposible salir. Sentía que perdía fuerzas, que estaba atrapado y nadie lo veía, eso le daba miedo, tenía la sensación que una pistola invisible sostenida por una mano desconocida apuntaba acertadamente sobre su cabeza real.

Su novia lo había dejado, lo que él pensó como una relación eterna y que solo él podría finalizar tuvo un triste desenlace. También tuvo inconvenientes en su trabajo y como si la mala suerte fuera un monstruo con múltiples tentáculos, se distanció de los amigos más cercanos, los que siempre estábamos a su lado en las buenas y en las malas.

Llevé al Negro a la iglesia, casi forzándolo,  para recibir ayuda espiritual, un alivio para el alma, pero él necesitaba reparar su corazón, lo tenía partido, necesitaba que alguien se lo extirpara, lo estrujara como a una esponja y se lo colocara nuevamente. Ésa era la única solución, empezar de cero, aparentemente.

Al domingo siguiente  él fue nuevamente a la iglesia, sin mí,  pero nada, el dolor interno seguía, se sentía desangelado y tomó la decisión equivocada, a la salida,  caminando desde la plaza Godoy Cruz  por calle Rivadavia hasta su casa, las más saladas lágrimas recorrieron su cara, no era dolor, no era alegría, era impotencia. Una lluvia fina y un frío inusual para noviembre hacían de su respiración  grandes bocanadas de vapor que desaparecían rápidamente en la noche, quizás como una profecía, un vaticinio de los acontecimientos que el destino tenía preparado para mi amigo el Negro. Las lágrimas no cesaban y por fin cerró sus ojos e invocó al diablo, le pidió auxilio, le exigió que lo ayudara. El corazón le latía a romper el pecho, apretó tanto los dientes que sangraron sus encías, sangre negra que la lluvia lavaba lentamente de su cara y caía manchando el cemento de la vereda como lo hacen las moras en verano. El Negro seguía caminando y volvió a realizar la petición, que las cosas cambiaran que ya no aguantaba, daría su alma a cambio. Necesitaba ver la luz aunque fuese recurriendo a la oscuridad. El Negro pidió dinero, pensó que eso sería la solución.                                         — Dame la posibilidad de obtener dinero, te lo pido con toda la fuerza, te doy mi alma blanca, ya no vale nada para mi… —, le dijo el Negro a Satanás mientras seguía caminando. Sabía que el mensaje llegaría a su destinatario, estaba seguro porque lo había pedido con vehemencia, desde lo más profundo de su abatido corazón. A esta altura de la noche ya todo era en blanco y negro.

Empezó a llover más grueso, la oscuridad crecía vertiginosamente, como si los minutos fuesen segundos, la noche avanzaba y el Negro llegó hasta las vías del ferrocarril antes del Makro, en cada paso que daba sentía que los pies se congelaban, decidió acelerar la caminata cuando un Fiat 128 blanco viejo y destartalado salió del carril y se estrelló contra un árbol, no venía rápido pero un montículo de tierra hizo que quedara volcado de lado, el paragolpes se despredió, cayendo diez metros a lo lejos, el Negro se acercó rápidamente para colaborar con los desafortunados ocupantes del automóvil. Sólo había una persona, el conductor, parecía saludable, sólo unos golpes que no revestían gravedad al menos a simple vista.

—¿Estás bien? —Preguntó mi amigo.

—Sí, estoy bien —Contestó riendo engreído la víctima, como si el accidente fuera algo de que enorgullecerse.

El Negro notó rápidamente que esa persona estaba borracha, que venía de tomar en abundancia, el olor a cerveza era general. Mi amigo odiaba a esas personas inescrupulosas, había tenido una desgracia cercana a su familia por culpa de gente que manejaba en estado de ebriedad.

El conductor herido le puso la mano en el hombro al Negro y con una sonrisa petulante le pidió un favor, en un papel anotó un número de teléfono, era de un celular por lo extenso, pero no parecía ser de un número convencional, era raro, le pidió que llamara y avisara a la persona que atendiera, que estaba bien. El Negro dijo que sí, que apenas llegara a su casa llamaría. Se colocó el papel en el bolsillo de la campera y siguió caminando, la lluvia era más intensa, igual que el frío. Antes de irse el Negro tropezó entre la oscuridad y el lodo con el guardabarros desprendido, memorizó la patente del auto, sólo por instinto y curiosidad: 999 WMI.

A pocos metros y alejándose de la escena del accidente, el Negro sintió la necesidad de girar su cabeza hacia atrás, notó algo diferente y llamativo en la frente del damnificado que continuaba riendo, unas protuberancias notorias al borde de lo escabroso, miró hacia el frente y aceleró el caminar.

Obviamente el Negro no llamó al número que el desconocido le había dado, no le haría un favor a un borracho que maneja a lo loco sin pensar en las consecuencias  que genera.

Pasaron pocas semanas y las fiestas de fin de año quedaron atrás, como así también aquel extraño accidente, el Negro estaba saliendo con una muchacha muy agradable, fue despedido del antiguo trabajo pero como él siempre dice, «no hay mal que por bien no venga», había comenzado un nuevo proyecto personal que le estaba dando muy buenos resultados económicamente hablando, hasta los amigos regresamos a su lado, como en las mejores épocas, ¡¡incluso alquiló un departamento más grande!!

Una tarde, mientras le ayudaba a embalar ropa para la mudanza a su nuevo hogar, encontramos la única campera que el Negro tenía, y él recordó el accidente que ése día presenció, ese domingo atípico y loco de noviembre de lluvia y frío.

Empezamos a especular sobre el futuro de ése pobre infeliz hasta que se nos ocurrió rastrearlo en la computadora, usando en número de la patente. El Negro lo tenía aún memorizado.

Ingresamos los números y después las letras pero nos daba error, no había auto alguno con esa matrícula. La curiosidad nos empujó a seguir indagando, no podía ser, algo no estaba correcto.  Pasaron dos horas al menos hasta que el Negro ya con cara de preocupación me dijo — Estaba oscura esa noche, la patente estaba tirada en el piso, había poca visibilidad.

Colocamos la matrícula a la inversa: IWM 666

Se nos congeló la espalda cuando la computadora dio los primeros datos,  efectivamente era de un Fiat 128, pero del año 1976,  siniestrado en un accidente en Tunuyán, en la cual falleció su conductor, más de 4 décadas atrás, murió por manejar alcoholizado, chocando contra un manzano. Una foto en blanco y negro de ese hombre acompañaba al reporte efectuado en esa época, en la sección policiales del diario Los Andes, era la misma persona que el Negro había visto.

Las tres primeras letras de esa matrícula eran de su primer nombre, la del medio y la de su apellido. De no creer. Nos dio terror los últimos tres números: 666. Tuvimos miedo, nuestras caras habían cambiado, hasta dudé del relato del Negro.

Sólo nos quedaba revisar el papel que esa noche el supuesto fantasma le había dado al Negro en su mano.  Esa era la prueba que yo necesitaba ver, para dar por verídico el relato de mi amigo. El Negro puso cara extraña, como de no querer encontrar ése papel, pero debíamos saber la verdad, llegar al fondo de esta locura.

En un bolsillo interno de la campera lo encontramos. No nos animamos a abrirlo en un principio, ninguno tenía la iniciativa, ni la valentía. El Negro hacía tiempo para que el coraje llegara a su cuerpo pero no… mientras más transcurrían los minutos, peor.

El Negro agarró el papel de un impulso, lo abrió rápido y efectivamente, sólo eran números, pero no de celular ni de un teléfono convencional.  La duda y el misterio nos habían tomado por completo.  Era de noche pero ni idea de la hora. Ingresamos esos números a la computadora otra vez, pero no eran de un teléfono, no eran de una dirección, ninguna fecha, nada, estábamos dándonos por vencidos cuando un dato escalofriante saltó en la pantalla, algo que solo dos personas tendrían la explicación, Dios y el Diablo.

Los números anotados en ése papel ése día, serían los del futuro boleto ganador de la lotería, el millonario Gordo de Navidad, sorteado tres semanas atrás.

El Negro estaba lívido y yo tuve que sentarme, mis piernas se doblaban.  No hablábamos… pasaron largos minutos y no podíamos creer lo que había sucedido. El Negro dijo —yo le pedí al diablo la posibilidad  de obtener dinero y él me la dio, si la hubiera tomado, él tendría mi alma —me confesó el Negro. Mi amigo cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás en la cama y agradeció a Dios no haber sabido interpretar el mensaje del demonio. ¿Que hubiera sucedido si ése día él hubiese complacido al fantasma haciendo esa llamada? No hay respuesta lógica.

Hoy en día el Negro sabe que el mal está cerca y todas las noches cuando nosotros cerramos los ojos para revisar la jornada, él le dedica unas palabras a Dios, le agradece eternamente por su ayuda y se disculpa por haber perdido la fe en un lapso de su vida, aunque de buenas maneras y gentilmente también le pide su intervención con más rapidez para la próxima, para salvar su alma blanca.

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