Carta de Lucy a Mina sobre su experiencia sexual

Hace mucho que no te escribo, lo sé. Te tengo un poco abandonada pero comenzaré por lo más importante. Conseguí este trabajo nuevo, casi 8 horas de corrido en una oficina que quedaba a dos horas en colectivo de casa. Tengo que confesar que el primer mes fue lo más horrible que había vivido, mi jefe era un completo idiota, y mis compañeros no se quedaban atrás. Odiaba mi trabajo, no había nada entretenido, nada que distrajera y 8 horas que parecían meses, cada día que se terminaba en las dos eternas, pero liberadoras, horas que me quedaban de colectivo a casa, pensaba lo que faltaba de semana para terminar de sufrir tanto. Por supuesto, las cosas con mi novio iban de mal en peor, no teníamos sexo nunca, porque yo llegaba muy cansada o muy idiota o sin ganas ni de vivir.

Decidí que no iba a dejar que esto me superara y busqué distracciones, me revelé contra el idiota y su música tira pelos – escuchaba sin banderas – y puse Soda. Esa sensación de rebelde sin causa me llevó a desatarme.

Era la primera en llegar, preparaba el maldito café, me tomaba una taza enorme con un pucho y empezaba con la típica, constante y aburrida rutina.

Una mañana me sorprendió una camioneta que llego casi conmigo, ¡Desde tan temprano rompen las bolas! Y partí para la cocina, mi café y mi pucho no lo interrumpía nadie, si me necesitaban que me esperaran. Cuando pude darme cuenta la persona que había llegado estaba atrás mío, agarrando también una taza. Un morocho bonito. Sí, bonito nada más. ¿Esperabas, Mina, que te dijera que desarrollé una súper visión y lo escanee con la mirada? No, no lo hice.

-¿Es nuevo el café? – Dijo.

– Sí, lo acabo de hacer – Respondí casi sin mirar.

Se sirvió y se fue. Yo, con mi filosofía “nadie pasa por arriba mío”, lo seguí, tenía que averiguar quién era este hombre que no se había dignado a saludarme, ni a presentarse. Caminó hacía mi oficina, pero entró a otra que estaba justo al lado de mi escritorio.

Ese día teníamos auditorías, por ende, venía una tediosa reunión con los superiores. Preparé el salón de reuniones, me arrepentí de haberme puesto falda con medias finas negras y rogué a todos los dioses que ninguna silla me las rajara. Mientras preparaba el proyector puse play en mi reproductor, empezó a sonar “Canción Animal” y me acordé las noches de garche con este tema de fondo, nada mejor que un barítono me hable de sado para encenderme, al unísono se despertó en mi un calor intenso casi incontrolable; tenía hambre y mucho. Y ¿quién no sintió curiosidad por un poco de morbo en los ambientes profesionales? Ese, era el momento ideal para unos mimos propios, y aseguro que no hay quien sepa tocarme mejor que yo misma. Me aseguré que me quedara un tiempo sola, cerré los ojos y me deje llevar en con el tema. “Cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor”, me saque las medias y la tanga. “Nada más dulce que el deseo en cadenas”. Bajé mi mano izquierda y para mi sorpresa ya estaba muy mojada, me gustaba y mucho la situación, con mis jefes al otro lado de la puerta, sintiendo intensos espasmos de placer y tratando de no emitir ningún sonido que delate. Eso. Esa perversión era lo que me calentaba más.

Los escuché a tiempo para volver a lo que hacía, no pude acabar, me faltó tiempo y me cortó la inspiración imaginar un grupo de viejos verdes hablando de dólares. Apagué la música cuando el idiota de mi jefe abrió la puerta. Pero, ¿yo? Yo no pude ubicarme en espacio y tiempo, seguía muy caliente, muy mojada. Mis sentidos se habían agudizado mil veces, mi falda que rozaba directamente con mi cola, el corpiño que me incomodaba y mis muslos mojados, todo me hacía excitar aún más.

– Llega el gerente y empezamos – Me bajó de un tirón el idiota de mi jefe – ¿Por qué no traes el café nena?

– Sí señor, en seguida.

La picardía de estar rodeada de hombres que se tildan de dueños del mundo, y que ni se dieran cuenta lo caliente que estaba, me hacía sentir viva de vuelta.

– Creí haberte visto con medias finas negras – Me interrumpió una voz mientras cambiaba el filtro de la máquina. Era él, el imbécil que esa misma mañana pasó sin saludarme, ni presentarse, ni siquiera agradecer el café. Esta vez pude observarlo bien al inoportuno con aire de seguridad, el pelo negro desarreglado, unos labios muy carnosos que estaban delineados por una sombra de barba, y unos ojos verdes penetrantes. Todavía me ardía la piel, todavía no bajaba del cielo de los espasmos. Entre titubeos pude responder.

– Disculpame, no sé quién sos.

– Error mío, mi nombre es Pablo, vos debes ser Lucy, un gusto.

Rodó su mano por mi espalda tan abajo, que puedo jurar que me acarició la cola, se pegó tanto a mí que pude sentir su respiración, el movimiento de su pecho jugó un rato con mis pezones erectos y sensibles. “Hipnotismo de un flagelo, dulce tan dulce”. Una picazón tan profunda empezó a bajar despacio y con tal dulce tortura, necesitaba saciar esa sed inmediata de sexo, eso que él, con su saludo y su indiferencia, había causado. Necesitaba salir de ahí, necesitaba encontrar el consuelo a esa tortura.

– El gusto es mío Pablo.

– Sí, definitivamente tus piernas se ven mejor desnudas.

Se había dado cuenta, él me había mirado como hace mucho no lo hacían y yo no daba más. Caminé como pude al salón de conferencias, le metí un cuento barato a mi jefe de porque necesitaba ausentarme un rato de la reunión, algo de cosas de mujeres le dije.

– Todo bien Lucy, hasta que no llegue el gerente no empezamos, fíjate si podés volver rápido. Caminé, no, corrí hacia el baño busqué mis auriculares y con el volumen al palo, empezó “Entre Caníbales”, cerré la puerta con llave, y me desnudé casi al mismo ritmo del bajo, botón por botón de la camisa, jugando con mis pezones, la falda chocó contra el suelo cuando Cerati me empezó a cantar. Dándole la espalda al espejo apoyé mi pecho contra el cerámico frío, dulce antítesis de la temperatura de mi cuerpo, mis nerviosas manos paseaban por mis orejas, mi cuello, mis tetas, mi cintura, mi ombligo hasta que dieron con mi vulva, estaba a punto de explotar. En ese mismo instante, como si lo hubiera premeditado, tocaron la puerta, pensé en no contestar y tratar de seguir en lo mío.

– Soy yo.

Era Pablo, el responsable de ese placer anónimo que necesitaba, que deseaba alcanzar. ¿Acaso sabía lo que ahí adentro pasaba? Borracha de placer, abandonada por la cordura destrabé la puerta y entró. Debo aclararles que jamás me había animado a que un hombre me viera desnuda con tanta luz y con tanta atención, pero él no me importaba, ni siquiera tenía idea quien era, podía ser un completo y confiado extraño que sabía mi nombre, y eso, ese desinterés, la idea de algo que me salvara de la tediosa monotonía de mi vida me calentaba, muchísimo. No lo deje hablarme, le compartí un auricular y con muy poco equilibrio sobre mis tacos caminé hacía mi celular y puse play.

Esta vez, con el mismo ritmo del bajo, casi exacto lo desnudé a él, y besé cada centímetro de su pecho, todo marcado, del mismo color que el bronce. Apoyé mis tetas ahí, en ese desierto dorado casi tan frío como el cerámico, lo besé duro, mordí cada parte de su gruesa boca, chupaba su lengua mientras que sin coordinación alguna desabrochaba su cinturón.

– Dejame que lo saque yo – dijo.

Me puso de espaldas a él y me hizo inclinarme sobre la bacha, paso el cinturón entre mis piernas y apoyo el cuero en mi clítoris, un frío más que bienvenido a mi sucia entrepierna, y lo empezó a mover duro. Dulce dolor. “Ay, come de mí, come de mi carne”, fue la mejor masturbación que jamás me habían dado. Gemí. Se acercó a mi oído. – El que hace ruido pierde. Era un juego muy perverso, y tenía muchas ganas de ganar. Me di vuelta, me acerqué a su oído.

– Si vamos a jugar, nadie tiene ventaja. Y lo terminé de desnudar – Cuando lo vi no pude resistirme, se la chupé bien duro, quería asegurarme que jamás se olvidara de eso. Intentó gemir, con su verga todavía en mi boca lo mire y nos reímos.

– Quiero besarte – dijo.

Se acostó sobre el suelo, agarró mis caderas y me bajó hacia él, puso mi cola sobre su cara y me la empezó a chupar, y yo, yo necesitaba gritar, pero el hecho de que alguien podía escucharnos, el peligro de perder el laburo por un polvo sucio en el baño de la empresa me calentaba más. La tenía muy clara. Jugó con su lengua, me mordió, me extasió.

Casi me empujo para poder salirse de abajo mío, tomó mis manos y nos paramos del suelo, subió mis piernas hacía su cintura, y me garchó tan duro que no estoy muy segura si fueron horas, minutos o segundos, pero sí estoy segura de algo, finalmente había conseguido lo que necesitaba, un orgasmo tan intenso, tan profundo, tan liberador.

Nos vestimos en cuestión de segundos, casi sin hablarnos, solo miradas.

Agarre el picaporte para salir, pero el freno la puerta con una mano, con la otra me agarro la cara y me miró fijo, me penetró de nuevo, esta vez con la mirada. Me dio un beso seco, se acercó a mi oído y cantó casi en susurros “Incendiaste mi conciencia con tus demonios”. Y como reflejo yo susurré en la suya “Nene, nunca voy a ser un súper hombre”.

Con una sonrisa casi delatadora volví al salón de conferencias.

– ¿Te sentís bien? – Mi jefe arruinando todo mi humor post garche con su voz de flauta y su hipócrito interés por mi salud.

-Sí, gracias, ¿me perdí algo?

– No, todavía no llega el forro del gerente, es raro, recién vi su camioneta estacionada.

– ¿Quiere que lo llame?

– No, mira, ahí viene el pelotudo. – dijo y cambió de mueca – ¿Cómo estás Pablo?

– ¿Qué haces Rodrigo, cómo has estado? Disculpen la demora, tuve unos inconvenientes que necesitaba solucionar.

– Pero, no hay problema alguno. Te presento a mi asistente, Lucia.

– Que tal, un gusto.

– Igual.

Sé lo que te estás preguntando. No. Mi contrato caducó y no quise renovarlo. Intenté, pero no pude seguir trabajando con Pablo, simplemente no podía estar en la misma habitación que él.

Hace un año no laburo más ahí, pero te juro Mina que mi cuerpo no lo olvida, y espero algún día la vida nos cruce de nuevo, solo para volver a escuchar Soda Stereo juntos.

Escrito por Lucy Westenra para la sección:

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