Como a un gato

“Querer a las personas como se quiere un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin internar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”.
Julio Cortázar

No sé cuándo fue que nos agregamos, solo sé que, entre «me gustas» y reacciones, empezamos a hablarnos. Esto de las redes sociales tiene eso de hablarse con alguien como si nos conociéramos de toda una vida, y quizá así lo fue.

Diría que, como gusto personal, lo que más me gusta son los ojos. El cruce de miradas entre dos personas puede tener ese golpe de sensaciones, haciendo brotar en el ambiente una energía, provocando por los aires una tensión inquebrantable del cual uno no se puede resistir, o no queremos, y todo eso en fracciones de segundos.

Sus ojos fueron lo que me llamaron la atención, debo admitirlo. Eran sublimes, ese color que nunca había  visto. Tenían una calidez que me despertaban una calma y una paz interior, como quien observa el paisaje verdoso de un lugar al que pasa por primera vez. Lo mira y se deleita… así estaba yo, y sentí una inmensa tranquilidad que me recorría el cuerpo.

Entre juegos, reacciones e historias nos fuimos regalando palabras dulces para con el otro. Sus ojos, mis versos, mis poemas. Además de poseer una mirada esplendida, su sonrisa era tan delicada, tan transparente como el río al costado de los árboles del paisaje que dibujan los pintores en los retratos. Y así, como el pintor  dibuja el paisaje con sus trazos, mis versos salían solos.

No éramos de esos que se dejaban mensajes de “buenos días” o de “buenas noches”. Ni esos que se quedan hasta altas horas de la noche charlando entre ellos. Aunque algo de eso me hubiera gustado, ella no era de intercambiar chat’s ni menos entablar conversaciones casuales, hablando de sus días, de sus gustos, o de sus disgustos. Podían quedar conversaciones sin responder por días, como palabras al viento, sin destino.

Ella era así, colgada, despistada por momentos para contestar. No era lo suyo lo de tomar la iniciativa para una conversación improvisada solo por el gusto de intercambiar palabras con el otro. Me hubiese encantado entrar a leer los mensajes privados y ver alguno suyo, pero eso no pasó. Solo reacciones a las historias. Sin palabras. Nuestras charlas se limitaban solo a reacciones y me quedaba un gusto dulce amargo.

Pero siempre aparecía ella, de alguna forma u otra. Era cuestión de decirme una o dos palabras con un corazón, o algo tierno cuando le escribía algún poema en mi historia, con eso le bastaba para endulzarme y tenerme en las palmas de sus delicadas manos. Esa vorágine que me sacudía era un dulce tormento que me carcomía la cabeza, y me era inevitable el estar así, atrás suyo, a su merced. Era una cachetada a los sentidos. Ella era así. Y aprendí a quererla así, como quien quiere a un gato.

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