Crónicas de amor a la mendocina | El chico perfecto

Con la última película de Mujercitas, han surgido varias voces que celebran que Jo (Louisa M. Alcott) reivindicara su derecho a tener otros intereses más allá del amor romántico. Está muy bien, y es cierto, ahora muchas mujeres podemos tener carreras profesionales, decidir cuándo queremos ser madres (y cuándo no) y abandonar relaciones que no nos hacen bien, todo un triunfo desde aquella Mujer Rota de Simone de Beauvoir. Pero en mi caso, todo eso no quita que sea una romántica empedernida. Confieso que yo me enojé con la autora  cuando Jo rechazó a Laurie en la propuesta de matrimonio, y me pareció una estúpida por no enamorarse de su amigo ¿¡¿¡Publicar su libro, poner un colegio, enamorarse luego de alguien a quien no tuvimos el tiempo de querer, compensan de alguna manera haber perdido la historia de amor más potente de la familia March?!?!

En fin, la cuestión es que yo soy una romántica, y me encantan las historias de amor pintorescas, de amores fulminantes y apasionados, y ojalá que impliquen cruzar continentes y luchar contra viento y marea por alcanzar a la persona amada. Y bueno, pues… así he vivido mi vida. Alguna vez me di cuenta de que mis referencias para saber en qué año pasó algo, implicaban indefectiblemente asociarlo al novio que tenía en ese momento. También he notado que mis historias, que incluyen desde selvas con monos ahulladores hasta familias indias escandalizadas, pasando por decepciones vinculadas a micropenes y jóvenes que se hacen pasar por empleados del Banco Nación para llamar al teléfono fijo de mi casa, bueno, mis historias son bastante raras, sobre todo para nuestra ciudad de Mendoza. Mis amigas me insisten hace tiempo en que las escriba, asique aquí vamos. Chicas, espero que lo disfruten.

Podría empezar al revés, con las aventuras y desventuras en Tinder, con el perfil falso que me hicieron donde debajo de mi foto sonriente y angelical, tapada hasta el cuello en medio de la nieve, ponían que lo mío era el sadomasoquismo y que sólo me interesaban los chicos altos (esto último me hizo sospechar que efectivamente lo creó alguien que en verdad me conoce…) o el chico guapísimo que acababa de volver de hacer su doctorado en Inglaterra, y que me dio tantas vueltas para salir que al final eliminé la aplicación, porque conocí a otro con el que me puse de novia, y cuando años después me lo encontré (soltera) y toda nerviosa y arreglada porque sabía que él iba al evento, me di cuenta de que era tartamudo. Pero creo que lo mejor es empezar por el principio. Por la primera de las historias.

El chico perfecto

El chico perfecto, como sólo lo son aquellos que te invitan al cine y tardan media película en poner su mano al lado de la tuya en el posabrazos, y luego un cuarto más de dudosa obra de arte holliwoodense en montar su dedo meñique sobre tu dedo meñique, mientras en la pantalla no tenés idea de qué pasa, y tu corazón va a mil por hora y le rezás a todos los santos que no se dé cuenta que de tenés las manos empapadas de transpiración por los nervios.

Pero este chico era especialmente perfecto para mis estándares de niñita enamoradiza de 13 años. Iba a un colegio privado de abolengo (lo que me llamaba la atención, como alumna de escuela pública de toda la vida) pero aparte era el mejor estudiante de su curso, tenía medallas de atletismo y cuánto deporte hubiera, se parecía mucho a uno de los galanes de “8 Mujeres”, la novela que daban por entonces en Canal 9, y para colmo alguna vez me invitó a dar una vuelta en los caballos de su finca al atardecer.

El tiempo pasó entre salidas al shopping con aliadas que estaban el tiempo suficiente para que mis padres se quedaran tranquilos y no estaban el tiempo suficiente para que pudiera andar de la mano o darme algún beso con el susodicho. También hubo juntadas con amigos variopintos, bailes escolares con cumbia villera, cuarteto y música electrónica, alguna que otra discusión en términos dicotómicos sobre Néstor Kirchner y Ricardo López Murphy y caminatas en el parque del acceso este.

Pero un día como cualquier otro, en busca del drama que me ha perseguido toda la vida, se me ocurrió crear una cuenta de correo electrónico falsa y escribirle un mail donde le decía que era una chica que lo conocía del club y que me gustaba mucho y quería conocerlo. Por favor, no hagan eso. Si uno no confía en la pareja, no esté en pareja. Pero tenía 14, y era bastante huevona. También fue poco pillo él, porque respondió el correo. Y dijo que quería conocerme. (No hay que escribir correos falsos para buscar infidelidad, pero claramente tampoco hay que responder correos tan sospechosos… si quiere conocer gente, no sea sin códigos y mejor termine su relación). Bueno, sigamos. Como corresponde, ofendidísima, lo llamé del teléfono fijo de mi casa al teléfono fijo de su casa y le informé que cortábamos.

Ojalá hubiera terminado ahí. Tanto el chico perfecto como su ejército de amigos comenzaron a escribirme por Messenger (sí… fue hace unos años) para decirme que el tipo en cuestión estaba muy arrepentido y que quería volver conmigo. Luego de una semana de ruegos y argumentos de los más ingeniosos, y recordando que se trataba del chico perfecto, decidí volver a tomar mi teléfono fijo, marcar al suyo, y comunicarle que volvíamos a ser novios. Quedamos en ir a un baile ese viernes. Me puse la ropa más bonita que tenía. Lo vi de lejos en una terraza solo. Me acerqué contenta para abrazarlo y darle un beso de reconciliación, pero me detuvo algo raro en su cara. Sólo quería informarme que había pensado que era mejor que no siguiéramos juntos. Al chico perfecto no lo dejaba la niñita enamoradiza.

Pasó el tiempo, y como cantó Gardel volvió a buscarme. Pero yo ya tenía la cabeza y los intereses puestos en otro lado… Y esa es otra historia.

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